Jordi Font – Notes d’estiu: L’article vetat. Per si algú el pot fer arribar a algú, enllà de l’Ebre.
M’assec a escriure una “Nota d’estiu” i ensopego, en el meu portàtil, amb un article encara inèdit, en la sintonia del federalisme plurinacional, que vaig escriure fa mesos per a la premsa d’abast espanyol i que va ser refusat reiteradament, també per la premsa que es té per “progre”. He publicat altres articles sobre la relació Catalunya-Espanya en aquesta premsa amb tota normalitat. I penso que aquest cop es tractava d’un article bo i important, modèstia a part. Cal dir, per als qui em coneguin poc, que, a la premsa catalana -a la més nacionalista-, m’he caracteritzat per la crítica frontal envers el conte de la lletera independentista i l’operació de camuflatge i refundació de CDC; i que ho he fet sense topar mai amb el més mínim impediment. Per això, el refús en qüestió em sembla especialment greu. I també significatiu de com els obstacles per a l’entesa no són només en el camp de la política sinó també en els cenacles que se senten guardians de les “essències” espanyoles i posseïdors de la facultat de determinar què hi entra i què no entra.
No, no és que l’article inclogués, encara que fos indirectament, cap mena de complicitat amb el terrorisme o amb la violència d’alguna naturalesa. Es limitava a glossar una frase de Salvador Espriu, santificat autor de “La pell de brau”. Una frase adreçada l’any 1983 als “Encuentros de Sitges” entre intel·lectuals catalans y castellans. El problema és, suposo, que el poeta toca os, arriba a aquell nivell de coses que alguns, més a la dreta o més a l’esquerra, consideren tabú a Espanya, que ha de restar a la penombra, perquè conté un mòbil fàctic que no es diu però que cal garantir. Suposo que és aquest: l’Estat espanyol ho ha de ser de la llengua castellana i de la cultura en castellà; i prou. Catalunya, la llengua i la cultura catalanes, en el millor dels casos, són assumibles com a excepció i situades al seu lloc, però mai en peu d’igualtat. És com si pensessin: “Hasta aquí podíamos llegar!”. Això posa de manifest la dificultat i el valor de la gent que, des de la política espanyola, tracta d’obrir les portes al diàleg sense restriccions. És evident que, als qui, des d’aquí o des d’allà, apostem pel diàleg i el pacte, se’ns gira una feinada que fa feredat… Alguns diuen que és una missió impossible. Altres creiem que, més enllà d’estèrils nacionalismes contraposats, és moralment obligada fins a la darrera engruna de possibilitat.
Essent que l’article va ser vetat i no va poder circular pels canals que haurien de ser normals, em sembla inexcusable no deixar que mori en el calaix. Per això, decideixo publicar-lo ara, en liquidar el vell curs, dins d’aquesta “Nota d’estiu”, tal com va ser escrit, en castellà, per si algú el vol “tuitejar” cap a les Espanyes o el vol reproduir en algun magazine digital en castellà. Vet aquí, l’article:
“LLULL Y CERVANTES, DE TU A TU”
Jordi Font
Algunos interlocutores hispanos de Catalunya, los mejores, se aprendieron y repiten aquellos versos de Salvador Espriu: “Sí, comprèn-la i fes-la teva, també, des de les oliveres, l’alta i senzilla veritat de la presa veu del vent: diverses són les parles i diversos els homes, i convindran molts noms a un sol amor”. Unas palabras que me recuerdan aquellas otras, más antiguas, de Joan Maragall: “Escolta, Espanya, la veu d’un fill que et parla en llengua no castellana: parlo en la llengua que m’ha donat la terra aspra; en aquesta llengua pocs t’han parlat; en l’altra, massa”. Ambas reflejan el viejo y loable empeño de Cataluña, que no sólo aspiró a un mayor o menor autogobierno fruto de una “conllevancia” de mal llevar, sino a la transformación del Estado español y de España en una realidad que se reconociera también en Cataluña y en la que Cataluña pudiera reconocerse.
Lo que está en la base del actual desencuentro no es sólo la necesidad de un mayor grado de autogobierno (competencia educativa, lingüística, recaudatoria…) o de superar la injusticia en el trato (reequilibrio de las balanzas fiscales y de la inversión del Estado, etc). Se trata también y muy especialmente de la concepción del Estado. En éste, persiste la España de lengua única y mentalidad uniforme, incapaz de conjugase en plural, que no ha cesado de desmentir la “nación de naciones” que planteó un día Anselmo Carretero, que anunció Felipe González en la transición democrática y que la Constitución estableció al reconocer la existencia de “nacionalidades” (es decir, naciones) y darles un trato diferente del dado a las regiones. Decía Miquel Iceta, no hace tanto: “Sólo podemos reconocernos en el escudo: es lo único que refleja las realidades constitutivas de España”.
Es este déficit esencial, alimentado por el martilleo del nacionalismo de Estado, lo que generó la “desafección” que devino en caldo de cultivo del otro nacionalismo, el de la Cataluña irredenta, que sólo puede realizarse mediante un Estado propio, sin mayores distingos, por fin con la gente suficientemente cabreada como para tratar de conseguirlo. Y, en medio, el resto: los defensores de la Sepharad soñada, antaño mayoritarios y hoy minorizados, con nuestro “federalismo plurinacional” en entredicho, por falta de interlocutores suficientemente claros al otro lado, al menos hasta ahora. El proceso estatutario, su estruendoso acompañamiento y algunos lamentables silencios, constituyeron la revelación de hasta que punto la concepción de España había retrocedido respecto de la que subyace en el pacto constitucional de 1978. Incluso las interlocuciones más favorables parecían orillar cualquier concepción plurinacional del Estado, dando la impresión de que sólo cabía un poco más de “café para todos”. Como se ha dicho tantas veces, no hay cuestión catalana sino cuestión española. Cataluña está ahí y es un hecho incuestionable, plural y distinto. El problema es si el Estado español o España, como prefieran, tiene bastante conciencia de la realidad que abarca como para reconocerse en Cataluña y en el catalán. Y, en consecuencia, para ejercer de Estado también de la “nacionalidad” o nación catalana y de su lengua, igual que de la nación y la lengua castellanas.
No digo que no sean muy importantes las cuestiones económicas y competenciales también planteadas. Lo son. Especialmente, la financiación, que no debe ser sólo solidaria sino también justa, y las inversiones del Estado y su eficiencia, gravemente en entredicho ante la pervivencia del periclitado e insostenible modelo de “kilómetro cero”, que compromete gravemente perspectivas estratégicas fundamentales para Cataluña y para otros territorios de la ribera oriental -y para el conjunto español- como el Eje Mediterráneo y la Euroregión del Arco Mediterráneo. Como sería también muy importante que España entendiera que el “demos” catalán, en aquello que le es esencial, no puede diluirse en las mayorías y minorías del “demos” español. Así lo entendió el Reino Unido respecto de Escocia o Canadá respecto del Quebec. ¿Es tan difícil entender que esta disolución -un clásico del absolutismo y del jacobinismo-, lamina los derechos individuales de los ciudadanos y ciudadanas de la nación menor, que deberían preservarse en lo que se refiere a sus rasgos diferenciales y a la formación de su voluntad colectiva?
Decía, sin embargo, que la cuestión de fondo es otra. ¿Es España, empezando por el Estado español, capaz de reconocer la realidad plurinacional y plurilingüe que engloba? ¿Y de reconocerse en ella? ¿De manera que, en su seno, obtenga pleno reconocimiento e igual “cuidado” la lengua catalana que la castellana? ¿Puede Cataluña y la lengua catalana hallar “su Estado” en el Estado español? Porque la lengua catalana no es sólo una cuestión privativa de Cataluña, sino que constituye una realidad más amplia, hoy gravemente preterida, cuando no escarnecida en algunos territorios. El Estado español debería, no ya respetar el modelo lingüístico de Cataluña, establecido por una inmensa mayoría parlamentaria y un pleno consenso social, sino también formular una política lingüística de Estado en defensa y por el pleno desarrollo de la lengua catalana, en sus distintas modalidades, tomando partido contra las actuaciones que se proponen dañarla y negar la evidencia ciudadana y académica de su unidad, unas actuaciones que han venido campeando a sus anchas hasta ahora.
Esta es la cuestión que demanda respuesta, del Estado como también de los partidos y de los mediadores intelectuales que pudieran jugar un papel a favor del entendimiento. Las medias palabras al respecto han sido una constante fatal desde la misma transición democrática, desde que se produjo el transversal olvido de las “nacionalidades” constitucionales. Pareció darse una entente trasversal y tácita entre cancerberos de signo diverso, como si hubieran convenido en olvidar este asunto y esperar a que el paso del tiempo “lo resolviera”. Una posición que parece remedar las famosas instrucciones secretas a los corregidores reales en Cataluña, en el XVIII: “que se consiga el efecto sin que se note el cuidado”. El “cuidado” fue, entonces, contundente, pero no funcionó, como tampoco funcionó el “cuidado” feroz de Franco. Menos iba a funcionar, después, en democracia. Sólo sirvió para que se instalara, progresivamente, en Cataluña, el convencimiento de que no había nada que hacer. España nunca debió olvidar la letra -“nacionalidades”– y el espíritu -“nación de naciones”- del pacto constitucional de 1978.
En los Encuentros de Sitges de junio de 1983, entre intelectuales de ambos lados del Ebro, se esperaba a Salvador Espriu que, enfermo, se limitó a mandar una nota que fue leída con la gran expectación y respeto que el poeta de “La pell de brau” suscitaba. Era una llamada al mutuo conocimiento y reconocimiento, pero no retórico sino de verdad, tratando de abrir la única senda común imaginable, en la que él creyó, la misma en la que había creído Joan Maragall. Espriu culminaba su escrito con una frase definitiva, para quien, en Sepharad, debía escuchar: “Llull y Cervantes, de tu a tu”. Esta es la cuestión de fondo. Ni más ni menos.




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