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Barbara Spinelli: El paso de Hollande para otra Europa

Posted By Raimon Obiols On 22 Mayo 2013 @ 17:22 In General,Política europea | No Comments

[1] hollande-merkel_8269-150x150Después de escribir mi [2] último post, sobre las tomas de posición de Hollande sobre Europa, he leído este artículo de Barbara Spinelli sobre el mismo tema. Como es bastante mejor que el mío, me veo obligado a traducirlo:

Un gobierno económico europeo, con un Presidente que pueda actuar por un largo plazo. Un gobierno que reduzca las deudas de los Estados, pero que extienda en paralelo la “convergencia social”, rechazando la idea – muy thatcheriana – que la competitividad lo es todo, y la sociedad poco. Es la promesa que Hollande ha hecho a los ciudadanos europeos, en la conferencia de prensa del 16 de mayo, y es el plan que presenta a los alemanes; para que se cierre el abismo abierto no sólo entre el centro de la Unión y la periferia, entre el Norte y el Sur, sino entre Europa y sus ciudadanos.

En realidad, no todo es claro, en las palabras que ha pronunciado. No se sabe con precisión que quiere decir, cuando reclama una Europa política: reducir la política a gobierno económico es un escamotage gracias al cual el poder es transmitido a oligarquías de técnicos que responden sólo a los mercados, despolitizando la democracia. Una Europa política quiere decir que los Estados transfieren a una autoridad federal superior gran parte de su soberanía, para recuperar la fuerza perdida. Hollande no dice eso, ni promete la política exterior y de defensa común que desde siempre pide Alemania. No está claro tampoco quien controla el gobierno económico, limitado a la zona euro.

Pero el paso adelante está ahí, y el malestar con el que ha sido acogido por la cancillería y por numerosos diarios alemanes lo confirma. Sobre todo un fragmento del discurso francés ha indispuesto Berlin: cuando Hollande propone inversiones europeas (industrias y sistemas de comunicación nuevos, energías renovables), una autónoma capacidad de presupuesto de la zona euro, y la posibilidad, progessiva, de endeudarse en común. Son puntos cruciales para la Europa política, aunque se reclame a media voz, no puede surgir si no es dotándose de recursos propios, y sin gestionar conjuntamente las deudas de sus provincias. América, bajo la guía del ministro del Tesoro, Alexander Hamilton, empezó así, en 1790, antes de mostrarse severa con los Estados morosos. Fue entonces cuando la Confederación intergubernamental se convirtió en Federación: un paso mental que Hollande no osa hacer.

Sean las que sean las ambigüedades francesas, Alemania tendrá que decir que es lo que en serio quiere. Desde hace años, sus gobiernos sostienen que el único Estado con vocación federalista es el suyo, y que Europa está bloqueada por el veto anti-federal de Francia. Es culpa de Paris si todavía no tenemos una Europa solidaria, una deuda común, y los eurobonos. Es Paris que no quiere ceder soberanía, impidiendo la unión política que los alemanes – como dice la vulgata - desean de una manera especial desde que nació la moneda única. A estas objeciones, Hollande replica esta vez con un reto: “Alemania ha dicho varias veces que está dispuesta a una Unión política, a una nueva etapa de la integración. También Francia está dispuesta a dar un contenido a esta Unión política: hagámosla en dos años“.

La fecha del 2015 es importante. La Unión siempre ha progresado así: fijándose un plazo. Esto quiere decir que ahora mismo, antes del voto de septiembre, toda Alemania (no sólo Merkel) deberá responder al reto, sin poder ya usar Paris como coartada. Ya no es posible decir, como repite el gobernador del Bundesbank Jens Weidmann, que los eurobonos, u otras acciones comunes, son objetivos insensatos en tanto que “el federalismo, es decir, la transferencia de soberanía que debe acompañar a los eurobonos, no existe porque en Francia este discurso no tiene apoyo”(Le Monde, 26 de junta de 2012).

El plan Hollande no es explícitamente federalista, pero extender mucho las políticas comunes implica forzosamente la revisión de los pactos existentes, y todos deben cesar el doble juego, empezando por los hegemónicos que hoy son en Berlin.

Les toca decir si el federalismo que profesan es un auténtico objetivo, o bien si lo esgrimen para acelerar el contrario: la evaporación de la soberanía política, su sumisión a los mercados incontrolados, la rebaja colectiva de todos los Estados europeos excepto el propio.

Mantener la coherencia con los propios principios ya no es cosa sencilla en Alemania, con el antieuropeísmo que crece. Los principios son adquisiciones, hábitos, ornamentos graciosos, constata Joseph Conrad: si falta una federación deliberada se van a can Pistraus al primer bache serio, cuando se viaja en las tinieblas. Cierto: no falta en Berlin quien rechaza la línea Merkel. Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a la cancillería, denuncia el empobrecimiento económico y también democrático de los países fragmentados por la austeridad. Pide para ellos un Plan Marshall. Recuerda lo que le dijo el presidente griego Papoulias: Grecia padecío hambre durante la ocupación nazi y ahora vuelve a padecer. Pero no entra en detalles, no critica los privilegios nacionalistas instalados en el Bundesbank y del que están excluidos los otros Bancos centrales del Eurosistema.

En el discurso que Steinbrück pronunció el 14 de mayo en Berlín, en ocasión del premio atribuido por la Fundación Ebert en el libro sobre Europa del escritor Robert Menasse, la distancia entre las palabras y la acción reaparece: no son los Estados el problema – como sostiene Menasse - sino quien los gobierna. Con el SPD en el gobierno en lugar de la Merkel, Europa cambiará. Es el engaño al que recurre Enrico Letta: después del voto alemán, vendrá el maná. Demasiado coraje habría para reconocer que los Estados nación europeos son hoy irrelevantes en el mundo. Demasiado imprudente sería decir que las oligarquías prosperan en el vacío de la política, y en la debilidad de los Estados que bajo el peso de los mercados se deshacen por dentro, hasta perder la noción de la ley y de la justicia.

Un papel indispensable corresponde en este momento a los pueblos europeos. Por primera vez, si los partidos y movimientos saben pensar europeo, los ciudadanos podrán indicar un Presidente de la Comisión, de aquí a un año, en las elecciones europeas, ya sacarlo si es necesario. No sólo eso: serán los ciudadanos los que pidan a las potencias clave – Berlin y Paris – que no invoquen más pretextos. Que hagan lo que dicen querer. Que haga posible el que parece imposible. Hollande fija una fecha: aunque sólo sea económico, el gobierno debe prepararse desde ahora.

Se debe preparar con los medios indicados por París (fondo por los jóvenes, política de energía única, activación de recursos europeos, deuda común) pero también aumentando el presupuesto de la Unión, escandalosamente reducido – con el acuerdo de Hollande y de Monti -  la cumbre de noviembre. Dotarse de una nueva capacidad de presupuesto significa conferir a la Unión un poder de imposición: deben formar parte de sus recursos a los provenientes de las tasas sobre las transacciones financieras, la carbon tax, un IVA europeo.

La política en Europa se resucita implicando a los ciudadanos, los grandes excluidos de la Unión, que se han hecho escépticos por razones serias, no populistas. Una tasa supranacional es difícil sin democracia. Sin una nueva Constitución que empiece, como la americana, con las palabras “Nosotros, los pueblos…”. No taxation without representation - todo impuesto es ilegítimo sin representación parlamentaria -: Este es el fundamento de la democracia, también en Europa.

Lo que se pide en Paris y Berlin es que eviten el engaño en que se complacen. Que no condenen la gran invención que ha sido Europa. Es posible, es necesario: precisamente porque estamos en el corazón de las tinieblas. Porque está volviendo la era de las sospechas, del desprecio, del equilibrio decimonónico entre potencias fuertes y débiles. Gracias, pues, señor Hollande, por habernos recordado que “la idea europea exige movimiento”. Exige su movimiento, y el nuestro.

Barbara Spinelli

[3] La Repubblica, 22 de mayo de 2012


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