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Con motivo de las desacertadas palabras de José María Cuevas (esas opas a la catalana) se han producido dos acontecimientos empresariales de gran relevancia: de un lado, la dura respuesta del presidente del Foment, Rosell, que mantiene temporalmente la inasistencia de los representantes catalanes a las reuniones de la Ceoe y, de otro lado, la oferta de Pimec (Petita i mitjana empresa catalana) al Foment de crear una organización empresarial de obediencia estrictamente catalana. En resumidas cuentas, se trata de una reacción contundente a la conocida manifestación del líder de la Ceoe. Que, por cierto, no es la primera que se expresa en unos términos aproximadamente parecidos de escasa benevolencia a los catalanes. Algo impensable, por ejemplo, en el caso de los colegas europeos de José María Cuevas. Sin ningún género de dudas, la actitud de Rosell ha ido más lejos de lo que se espera en estos casos. Y tengo para mí que el presidente del Foment no ha actuado (como han insinuado algunos) de manera despechada, esto es, como respuesta airada a quien le puso la proa para que optara a la presidencia de la patronal española. La respuesta de Rosell no tiene esa clave sino en defensa de la personalidad de los empresarios catalanes. Pero no es sobre este aspecto lo que me motiva a tomar la pluma o, por mejor decir, abrir las puertas del ordenador.
La segunda cuestión –vale decir, la propuesta de Pimec-- es la que mayormente me interesa comentar por dos motivos: 1) por la importancia de la oferta, y 2) por su carácter insólito. Es importante y novedosa porque trata de las relaciones entre las dos organizaciones empresariales catalanas; es insólita porque no se hace en una clave de intereses sino de identidades. Otra cosa, bien distinta, sería que el planteamiento fuera la unificación de ambas patronales sin el requisito identitario. Esto es, dadas las grandes transformaciones en curso, la oferta de agrupar a todo el empresariado orgánico tiene todo el sentido. Lo digo porque parto de la siguiente consideración: a un empresariado fuerte le corresponde una contraparte (el sindicalismo confederal) no menos potente; o, lo que parece similar: unas patronales disgregadas, o cada cual a la suya, no se corresponden con un sujeto social con fuerte capacidad representativa y de proyecto. Es desde esta visión instrumental donde articulo mis reflexiones.
Ahora bien, incluso más allá del mencionado carácter insólito de la propuesta de Pimec (es decir, que no está concebida en clave de intereses) existe otra razón, dicho rortyanamente, pragmática. Veamos, ¿tiene sentido en estos tiempos de gigantescas mutaciones de época en los aparatos productivos, financieros y de servicios, crear una patronal de obediencia estrictamente catalana? ¿es útil poner en marcha una organización de esas características en estos tiempos de consolidación acelerada de los procesos globalizadores? Y, en un orden menor, ¿qué relación lógica puede haber entre los desaciertos de José María Cuevas y la construcción de una patronal tal como plantea Pimec? Sinceramente, no veo por parte alguna un adecuado hilo conductor entre lo uno y lo otro.
Me parece que las cosas van en otra dirección: las patronales fuertes no casan bien cuando se instalan en la “autarquía”. Y, en el caso concreto que se comenta, la traducción práctica sería una vuelta atrás: a los planteamientos empresariales de finales del siglo XIX cuando Foment era un conjunto de retales provinciales sin apenas conexión entre ellos. Por otra parte, en el caso hipotético de que Foment accediera, el embrollo en la negociación colectiva sería superlativo. ¿Qué ocurriría, por ejemplo, en los convenios colectivos de los textiles, químicos, gráficos y un largo etcétera? La respuesta parece clara: sería un desaguisado. O, peor aún, la deconstrucción del carácter de tales convenios en iguales o parecidos términos de lo que plantea mi amigo Pietro Ichino, un afamado iuslaboralista lombardo, cuyas propuestas afortunadamente todavía no han llegado a España. Por otra parte, andando el tiempo, esta hipotética patronal de obediencia estrictamente catalana –todo un constructo identitario que tiene poco que ver con las cosas de comer-- entraría en una deriva solipsista en relación a las economías abiertas del mundo contemporáneo. De ahí que esté cantada la negativa del Foment.
Josep González, el presidente de Pimec, es una persona inteligente; de ahí que podamos sospechar que sólo tenía una explicación verosímil: mostrar su contrariedad a la inaudita verborragia de Cuevas en el sitio donde podía hacerle más impacto. Pero el problema es que no ha caído en la cuenta de lo que acertadamente dejó dicho un filósofo menor: lo que no puede ser, no puede ser; y, además, es imposible. Más todavía, si la oferta fuera la de una patronal catalana, adherida a la CEOE –tal vez con fórmulas más flexibles-- Josep González podría aportar su probada sensibilidad intelectual sobre las cuestiones de las pequeñas y pequeñísimas empresas. Març 2006 |