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    Dos comentarios sobre el futuro de los partidos

    Publicado por Raimon Obiols | 11 Julio, 2007


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    Mañana tendrá lugar la primera sesión de la “Convenció pel Futur”. Me han pedido que participe en uno de los ámbitos de debate, que discutirá sobre “Los partidos del siglo XXI”. He aquí la nota de trabajo que he preparado, sugiriendo algunos elementos de discusión:   

    1. Cuestiones de confianza  

    En el debate sobre los partidos del futuro se mezclan múltiples cuestiones: los rápidos cambios sociales y culturales en nuestras sociedades; las crecientes carencias de capacidad de las democracias ante una economía y unos mercados que “se escapan” al ritmo acelerado de la globalización; la potente interacción entre comunicación y relaciones de poder en el nuevo contexto tecnológico de nuestras sociedades; la distancia en aumento entre ciudadanía y partidos; etc. A la vez, una multiplicidad de nuevos actores, con formas de actuación innovadoras y autónomas, han aparecido en la arena política. En particular, movimientos que, en su diversidad, tienen unos rasgos comunes: horizontalidad, autoorganización, y también una profunda desconfianza hacia las organizaciones formales de la política “realmente existente”. Estos movimientos han mostrado, desde los años noventa del siglo pasado (Seattle, en 1999; los FSM, etc.) su capacidad de autoorganización, movilización y agregación, muy a menudo sin jerarquías formales, y una considerable creatividad colectiva, sobre todo en el uso de las tecnologías de comunicación interactiva.  

    En la expresión que ha reunido movimientos muy variados (“Otro mundo es posible”) se encuentra la tensión contradictoria (entre “alteridad” y posibilidades concretas de cambio) que tendría que ser el tema de atención prioritaria de aquéllos que vemos, por un lado, las posibilidades y los límites de la denuncia y la movilización; y por otro, las contradicciones y los peligros de una política institucional (de los partidos y parlamentos) que a menudo deriva hacia el autorreferencialidad y la falta de capacidad transformadora. Si el socialismo ha sido, en cierto aspecto, una lucha contra el “imposibilismo”, esta prioridad no requiere de muchas explicaciones. Los nuevos movimientos “horizontalistas“[1] se hallan enfrentados a un dilema: si no participan en la política de los partidos y en las competiciones electorales, si no se relacionan sinérgicamente con ellos, pueden contribuir a ceder el poder a la derecha. Pero si participan en el juego con los partidos y las elecciones, pueden perder o subvertir sus elementos de creatividad, de impulso transformador y de igualitarismo alternativo. Este dilema se hace más agudo y urgente justamente a causa de la gravedad global de las situaciones que los movimientos denuncian.  

    Hay algunas secuencias nacionales relativamente recientes que son interesante en este aspecto. Una dialéctica positiva es la que se produjo en España en el 2004: “movilizaciones contra la guerra de Irak – elecciones y cambio de gobierno – retirada de las tropas españolas”. En cambio, una dialéctica negativa se produjo Francia a partir de la victoria del “no” a la Constitución europea: “pausa de reflexión” y contraofensiva intergubernamentalista en Europa – división y fragmentación de las izquierdas – incapacidad de creación de una sinergia mayoritaria – victoria electoral de Sarkozy”. No se pueden extraer lecciones generales de estas secuencias, pero parece que en cualquier caso el objetivo tiene que ser encontrar un punto de interrelación, de sinergia, entre el poder de cambio que se genera dentro de la sociedad (donde los movimientos sociales pueden jugar un papel a veces decisivo) y las posibilidades concretas de cambio en el gobierno institucional de nuestras sociedades (y del mundo), cosa que depende en buena medida de la construcción de mayorías democráticas en las instituciones.  

    Si, como creo, hay que explorar las posibilidades de una interacción positiva entre sujetos sociales (individuales y colectivos), movimientos sociales, y partidos de progreso, se tienen que crear las condiciones para un nuevo tipo de relaciones que permitan superar el estadio de las descalificaciones y fragmentaciones improductivas y, sobre la base de la independencia de todos, construir terrenos comunes de crítica del presente y de discusión sobre el futuro. Eso requiere, de entrada, actitudes de abertura e inclusión; y también un esfuerzo de producción de nueva cultura política, de creatividad programática y de acción.  

    2. Los “debates de frontera”  

    No es posible prefigurar las formas que irán tomando los partidos del futuro. Sin duda implicarán nuevos mecanismos de participación, y probablemente nuevas formas flexibles de relación y de agregación en los “interfaces” entre sociedad y política, entre ciudadanía y partidos, y entre movimientos e instituciones. La Convenció pel Futur es una tentativa en esta dirección. Quiere producir “debates de frontera” (que siempre suelen ser los más interesantes, los más fecundos). Hace falta un cierto coraje para estos debates: salir de los territorios conocidos, de las certezas apriorísticas, de las ideas y frases hechas. Hay que inventar nuevos vocabularios, salir de la falsa seguridad de los planteamientos convencionales. Los independientes, la gente de los movimientos “horizontales”, de los sindicatos y asociaciones, puede encontrar una manera de salir de pautas autorreferenciales que pueden aislar de los contextos sociales y políticos más amplios. La gente que trabaja en el ámbito de la política institucional necesita todavía más vitalmente estos “debates de frontera”.

    En este sentido, la Convenció es una iniciativa que parte de dos consideraciones: 1) para la izquierda, el objetivo no puede ser otro que la construcción de una acción política colectiva, social y participativa. El triunfo de la derecha consiste precisamente en la atomización de los individuos, solos e inermes ante el mercado y las relaciones de poder. Las respuestas “modernizadoras” de los quien desde la izquierda dan éso como ineluctable no tienen, creo, ninguna viabilidad a medio plazo (y me parece que ya se está viendo: la “política de mercado”, centrada en liderazgos mediáticos, “spin doctors” y demoscopia está envejeciendo rápidamente y deja la puerta abierta a nuevas posibilidades inéditas, que son las que tenemos que explorar);  

    2) Las cuestiones de método serán fundamentales, y se refieren, básicamente, a una adecuación coherente de medios y finalidades, estilos de actuación y motivaciones políticas. Ante la sociedad de la desconfianza y de la disgregación individualista (el campo abonado de la derecha), la regeneración de confianza colectiva es vital para nosotros y depende de algunas cosas simples e indispensables: métodos abiertos, igualdad de condiciones en la actuación política, motivaciones comunes por encima de las personales, solidaridades efectivas, creación de poder social. Hay que distinguir siempre entre dos sentidos diferentes del término “poder”: 1) como capacidad colectiva de transformación, y 2) como dominación que crea asimetrías entre los que disponen de poder y aquéllos sobre los cuales el poder es aplicado. El principal objetivo de un partido socialista digno de este nombre ha consistido siempre en luchar por el primer poder y contra el segundo. Eso implica una función básica: trasladar el poder transformador de la sociedad a las instituciones; traducir en cambios legales y en obra de gobierno los proyectos generados con la sociedad y dentro de la sociedad. En la situación actual este objetivo se enfrenta a nuevos retos y contradicciones, que no nos tienen que hacer perder de vista dos cosas básicas:  

    Primero: la característica básica de los partidos (instrumentos dirigidos a la aplicación de poder mediante el acceso al gobierno) no es modificable y, aunque  la acción política no es reducible a la de los partidos, resulta ilusoria y estéril toda pretensión de superar la democracia de partidos.  

    Segundo: también es ilusorio no ver que se está produciendo una erosión del propio sentido de los partidos (de izquierda), con riesgo de que se conviertan en simples “multiplicadores” de poder institucional, referidos prioritariamente a las necesidades de autorreproducción de sus miembros profesionalizados, y perdiendo la conexión con la fuerza potencialmente transformadora de sus bases sociales. En este sentido, la reducción de la base de los partidos de masas, con sus sentimientos colectivos, sus opiniones y discusiones, su actividad cultural y social, es consecuencia y causa, a la vez, de una situación de distancia y pasividad del electorado, que hace que la idea de representación pierda legitimidad y se asocie a separación entre el pueblo y “los políticos”, a pérdida de confianza. contribuyen a esta situación las pugnas electorales más marcadas por la confrontación mediática de líderes y partidos (paradójicamente cada vez más dura y con propuestas más indistinguibles), que en la movilización de unos proyectos alternativos. La principal cuestión que nos tenemos que plantear, a la hora de luchar contra esta situación, es cómo agregar y como movilizar energías por los cambios posibles en una dirección de más igualdad, más libertad y más cooperación. Eso plantea retos de contenidos (nuevos análisis, nuevos programas) y también, como he indicado, fundamentalmente cuestiones de método, de nuevos métodos para el mundo del trabajo “post-fordista”, de la economía del conocimiento, de la sociedad individualizada y mediatizada. De lo que se trata es de plantearse un reto de cultura política, de batalla de las ideas, no en circuito cerrado, sino dirigiéndose a una gran parte de la sociedad.  

    Estamos en una situación que resulta de una victoria de los planteamientos de hegemonía de la derecha en Occidente, desde los años setenta y ochenta, que ha creado un modelo cultural dominante. Con la eclosión de la sociedad mediática, este modelo dominante se ha extendido y ha penetrado de forma capilar, en las percepciones individuales, incluidas las de los sectores populares, del mundo del trabajo: lo muestran las victorias iniciales de Bush, las de Berlusconi, o la reciente de Sarkozy. Plantean la cuestión de la centralidad necesaria, para nosotros, de la cuestión del trabajo. Las batallas por los derechos individuales son necesarias, pero no tienen que hacernos olvidar este hecho. Se ha hablado mucho sobre la “post-fordismo”, el final del obrero-masa, de la desaparición de la fábrica. Pero no se tiene que tirar el niño con el agua de la bañera, y el destino de la izquierda se jugará, en las próximas décadas, en su capacidad de agregar a los trabajadores, los profesionales de la nueva economía, el mundo del precariado calificado y no calificado, y el mundo de la inmigración 

    Las dificultades de esta tarea son muy grandes, pero las posibilidades lo son también. Hay que tener en cuenta una, muy especialmente: una contradicción básica de la economía del conocimiento es que las mismas nuevas tecnologías que producen una expansión de la mercantilización y la comercialización en nuevos ámbitos de la vida de los trabajadores y de los consumidores (creando simultáneamente nuevos mercados y nuevas condiciones de trabajo), generan también inéditas posibilidades de resistencia y respuesta alternativa a los poderes económicos dominantes, sobre todo sobre la base de las redes de comunicación interactiva horizontal. Aquí, en la “networked politics” se construye el terreno básico donde se jugará el proceso de un nuevo ciclo de la izquierda y el desarrollo futuro de sus partidos.  

    ——————————————————————————–  

    [1] Hablo de “horizontalismo” sobre la base del léxico que estos movimientos han utilizado en los últimos años: “democracia participativa”, “cooperación no jerárquica”, “autonomía”, “descentralización”, “autoorganización”, etc. 

    [2] “Si el diagnóstico de los movimientos sociales sobre la situación mundial es correcto, no tenemos tiempo a perder“, ha escrito Lluc Peláez, que se pide: “Cuál tiene que ser la estrategia de emergencia?”.

    Categorias: General, Política catalana, Socialismo | Sin Comentarios »

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