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Sobre calamidades, manipulaciones y democracia

Posted By Raimon Obiols On 1 Noviembre 2010 @ 18:57 In América Latina,Mundo,Política catalana | No Comments

[1] Dilma Rousseff, la candidata del PT, ha ganado las elecciones y será la próxima presidenta de Brasil. Es una gran victoria personal, de su partido y también del titánico esfuerzo comunicador de Lula que, en un país donde la manipulación mediática de la derecha es brutal, demostró hace ocho años, contra todos los pronósticos y las encuestas, que la mayoría del pueblo podía vencer democráticamente contra los poderosos y su dominio de los medios de comunicación. Yo he oído a Lula quejarse amargamente, en términos que no quiero ahora reproducir, de las brutales acometidas que ha recibido, permanentemente, antes y después de ser presidente, de la derecha mediática brasileña.

Lula deja la presidencia con más del 80% de apoyo popular. Cuando fue elegido presidente de Brasil dijo que no podía equivocarse y explicó las razones. No se podía permitir ese lujo, dijo, “porque no he sido elegido con el apoyo de los grandes canales de la televisión privada, ni gracias al apoyo del sistema financiero ni de los grandes grupos económicos”.

Los partidos y coaliciones que no son sumisamente “pro business”, que no están a las órdenes de los poderosos, que no cuentan con apoyos financieros y mediáticos, cuando llegan al gobierno deben hilar muy fino, deben trabajar muy bien y han de ingeniárselas como sea para llegar a la opinión pública. A lo largo de ocho años (por no hablar de antes de ser presidente) Lula no ha tenido más remedio que hablar continuamente, pronunciando miles de alocuciones públicas, justamente debido a que tenía en contra los medios de comunicación de la derecha.

En las encuestas realizadas últimamente en Cataluña aparece un fenómeno que sólo en apariencia es contradictorio. Una mayoría valora positivamente el trabajo realizado por el gobierno de Entesa, pero en cambio una mayoría similar se muestra crítica con este mismo gobierno del que se le valora positivamente la gestión. ¿Contradicción? Si y no.

No, si se tiene en cuenta la hostilidad persistente de la mayoría de los medios de comunicación. Desde los insultos y exabruptos de la derecha mediática española hasta la opinión publicada y expresada en prácticamente todos los medios de comunicación en Cataluña, los ataques han sido permanentes, constantes, implacables.

Desde los primeros momentos de la presidencia Maragall, la derecha mediática, dominante tanto en España como en Cataluña, comenzó una operación de asfixia del gobierno de la Generalitat, con resultados evidentes. Para empezar, impuso la nomenclatura: nada de “gobierno de Entesa”, porque tenía una connotación positiva; había que imponer el término de “Tripartit”. Después fue definiendo el término: “Tripartito” era sinónimo de desorden. Los errores, las contradicciones, las discusiones entre los grupos de la mayoría, han sido señalados enfáticamente, exagerados, repetidos y comentados, una y otra vez. Se han convertido en tópicos dominantes. Siete años después, la cosa ha adquirido una dimensión que, con la crisis aguda de los medios de comunicación, tiende a contaminar a todos.

“Cuando enciendo la tele, sólo veo calamidades, y esto no ayuda a resolver ningún problema”, comentó Lula en alguna ocasión. Veo calamidades y también obscenidades: hace unas semanas, en una gran cadena de televisión brasileña, su propietario, un viejo de rostro hinchado por el bótox y con el pelo reteñido, empezó a sacarse billetes de banco de los bolsillos, arrojándolos al público asistente al programa, que se peleaba por atraparlos.

Me dicen que en algunas tertulias televisivas han estado hablando de lanzar a Belén Esteban a hacer una carrera política y afirman que es “especialmente popular” en Cataluña. “¿Qué tienen los políticos catalanes que no tenga la Esteban?”, exclaman, y se quedan tan anchos. Todo esto puede parecer anecdótico y ridículo, pero no es inocente y puede tener, a la larga, unos efectos deletéreos. Es una truculencia creciente que desprestigia la política, fomenta el cinismo difuso, hace desesperar de las soluciones colectivas, estimula la lucha competitiva de “todos contra todos”, hace crecer los sentimientos de inseguridad y de miedo al futuro. En Italia, este fenómeno de manipulación telecrática ha sido, durante años, el poder de Berlusconi. Ahora, el Cavaliere se tambalea debido a nuevos escándalos probablemente insostenibles. Pero deja la democracia italiana y el propio país en una situación tremenda.


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