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    Palestina-Israel: la desolación

    Publicado por Raimon Obiols | 2 Julio, 2007


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    Desde que leí el prefacio que escribió para la edición de 1990 de “L’étrange defaite” de Marc Bloch (uno de los libros que más efecto me han producido), he tratado de conocer los textos de Stanley Hoffman, gran profesor francoamericano (¿o al revés?) de las relaciones internacionales. Es un liberal realista, enemigo de dogmas y utopías, que cree que el unilateralismo norteamericano está causando desastres.

    Hoffman es un “camusiano”: “Hay dos ideas básicas que aprendí de Camus.”, ha escrito, “Una es que no existe el progreso lineal. La roca tenderá siempre a rodar de nuevo hacia abajo, y no se puede dar nunca nada por cumplido. La otra es que se tiene que volver a intentar; que la roca ruede abajo de nuevo no tiene que hacernos desistir de empujarla hacia arriba”.

    Este año, sin embargo, Hoffman no ha aplicado sus ideas. No ha dado sus cursos en Harvard, y no sólo por razones de edad, según explica: “Una razón por la que no he enseñado relaciones internacionales este año es que lo encuentro descorazonador. No puedo plantar cara. Si alguien me hubiera dicho que después del final de la guerra fría no oiríamos hablar de otra cosa que de terrorismo, atentados suicidas, gente desplazada y genocidios, no me lo habría podido creer”.

    En 1975, Hoffmann escribió un artículo recomendando a Israel una nueva política para alcanzar la paz (“un ensayo que ahora se podría publicar sin cambiar una palabra” dijo hace poco, añadiendo que “al menos la mitad del terrorismo actual desaparecería si el conflicto entre Israel y Palestina se resolviera”).

    Me ha venido Hoffman a la cabeza hoy, después de una larga jornada en la comisión política de la APEM (la Asamblea parlamentaria euromediterránea) y también en el seminario que el grupo socialista del parlamento europeo ha celebrado sobre el “proceso de paz” en Oriente Próximo. Escuchando hoy a unos y otros (judíos y palestinos), y aún a los demás (europeos y norteamericanos), no me he podido privar de pensar, y de decir, que en el juego continuado de los reproches mutuos, de las críticas “a los otros”, corremos el riesgo de que, en el conflicto Israel-Palestina, la roca caiga tan al  fondo,  que se quede allí durante generaciones. La situación, en la franja de Gaza (mañana quizás en Cisjordania), si no se producen cambios radicales de enfoque de unos y otros, que de momento no se avistan, puede degenerar todavía en una situación más catastrófica y prolongada.

    Hace unos años me parecía que la única solución de futuro para la paz (y para hacer viable el propio Estado de Israel, como José Ignacio Urenda no se cansaba de repetir) eran dos Estados soberanos. Ahora empiezo a pensar que quizás tenían razón los minoritarios que, desde hace décadas (desde los orígenes del movimiento sionista hasta Edward Said), creían que la única solución posible pasaba por un Estado binacional. Pero hoy ésta sería una verdad trágica porque sólo podría plantearse como una perspectiva posible después de décadas y de generaciones sometidas a terribles sufrimientos. Evocarla no haría probablemente otra cosa que empeorar las cosas. Entretanto, ¿qué hay sino el esfuerzo de Sísifo, con la tenue esperanza de que la tesis del “cuánto peor mejor” a veces se verifica?

    Abu Mazen (Mahmoud Abbas) habló por teléfono con Bush después de los acontecimientos fratricidas de la franja de Gaza. Según nos ha explicado hoy uno de sus consejeros, el presidente palestino felicitó al presidente norteamericano: “ha conseguido usted una buena base de Al Qaida en Gaza”. Así están las cosas.

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