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Contra la ley de la gravedad

Posted By Raimon Obiols On 6 Octubre 2010 @ 10:03 In Política catalana | No Comments

[1] La conferencia que Lluis Foix pronunció en la Paeria de Lleida con motivo del Once de Septiembre de este año es un texto interesantísimo, no sólo por sus ideas sobre las orientaciones futuras del catalanismo sino también por sus comentarios sobre las próximas elecciones al Parlamento catalán. Foix ha alertado, en concreto, sobre el hecho de que “como el concierto económico, la federalización de España o la independencia son desiderátum ahora irrealizables”, los próximos cuatro años pueden ser “una legislatura de frustración”.

Es una observación justa y exacta. Si los partidos que defienden la independencia, el concierto o el federalismo se centran y se limitan, durante y después de la campaña electoral (sea cual sea su resultado) a discutir los respectivos méritos, inconvenientes y obstáculos, la frustración está garantizada . Tendremos gesticulación, discusiones, discursos y exabruptos, pero el resultado, de manera inevitable, será una mayor dispersión del catalanismo y un aumento de la distancia entre la política y la sociedad catalana real, una distancia que se mide en abstención creciente.

Leyendo la conferencia de Foix, recordé que en Gran Bretaña existe un partido de nombre extravagante (el Official Monster Raving Loony Party). Es una especie de movimiento de protesta política en clave satírica que fundó David Stutch (más conocido como Screaming Lord Stutch), un cantante de rock que fue candidato por primera vez en 1963, y luego en más de cuarenta elecciones. Nunca elegido, pero siempre con un considerable eco en los medios, en alguna ocasión hizo decantar los resultados en las circunscripciones donde se presentaba. En política, decía Andreotti, “hay gente que baila y bailando, bailando, van haciendo carrera”. La de Stutch (que se presentaba siempre “contra los políticos”), fue una de las carreras políticas personales más largas que se recuerdan en su país.

Murió en 1999, pero su partido sigue. En las elecciones británicas de este año ha presentado veintisiete candidatos, todos ellos con propuestas más o menos excéntricas, imposibles o absurdas. Uno de ellos, por ejemplo, ha propuesto una plataforma electoral “contra la ley de la gravedad”.

A este, yo quizás lo habría votado. También yo soy contrario al fatalismo de la gravitación universal. Que la humanidad ha luchado desde siempre contra la ley de la gravedad es uno de los hechos más evidentes y positivos de nuestra especie. Caminamos derechos, sobre nuestras piernas, porque el homo sapiens se sublevó contra la ley de la gravedad, a diferencia de sus (y nuestras) ancestros, que andaban a cuatro patas. Construimos edificios y puentes, y enviamos cohetes a la Luna (entre otras muchas cosas admirables), porque no nos resignamos a la ley de la gravedad.

Pero evidentemente antes de votar al candidato anti-gravitación hubiera leído con detalle su programa. A ver qué cosas concretas proponía para hacerlo realidad. Porque es del todo evidente que limitándonos a proclamar a gritos “¡Muera la ley de la gravedad” o “Viva la aviación!” No habríamos llegado nunca a volar.

Me parece que prácticamente nadie discute que en los próximos cuatro años no veremos la realización de la independencia, ni del concierto, ni del federalismo plurinacional. Se trata de perspectivas más lejanas, que pueden inspirar pero no pueden sustituir a los programas políticos concretos. Es positivo que se discuta sobre estas grandes fórmulas del largo plazo, pero con ellas pasa como con los perfumes: pueden servir para identificar, distinguir, disimular, estimular … Pero beber directamente del frasco significa hacerse daño.

Si no queremos caer en la frustración colectiva, como nos alerta Foix, hay que superar las confrontaciones genéricas y maniqueas sobre el futuro, los exabruptos y las descalificaciones innecesarias e improductivas. Lo ha escrito Ferran Mascarell y tiene razón: “No nos conviene nada un Parlamento dedicado a cultivar las pequeñas diferencias y los narcisismos personalistas. No avanzaremos si el Parlamento se convierte en un artefacto tan cacofónico que la sociedad ni se lo escucha”. Me parece que la mayoría de nuestra sociedad lo que quiere es otra cosa. Quiere que se pongan en el centro unos objetivos al alcance de la Cataluña de los próximos años. Quiere unos ideales concretos para la gente concreta de nuestro país real. No quiere divisiones ni dispersiones. Quiere que se garantice en todo momento la unidad civil de nuestro pueblo. Quiere amplios acuerdos de país.

Porque una cosa es evidente: una Cataluña dividida no puede ganar. Ojalá la campaña electoral y la composición del nuevo Parlamento sirvan para avanzar en esta dirección. Sólo así se podrá actuar con eficacia contra la ley de la gravedad.


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