Notas de Bruselas

Presentación

Raimon Obiols publica en este blog sus comentarios sobre la actualidad.

Twitter

App para iPhone


Raimon Obiols NdB

Etiquetas

Traductor

Últimas noticias

Blogs y enlaces

  • RSS
  • Atom
  • « | Inicio | »

    Intervención de Raimon Obiols en el debate “Libertad y progreso en el siglo XXI” (Catalunya Causa Comuna, 25/01/10)

    Publicado por Raimon Obiols | 25 Enero, 2010


    Imprimir Imprimir

    Ernest_Lluch-300x155Este es un debate que a veces tiende a realizarse sobre la base de una asimetría en los planteamientos, cuando el tratamiento lógico que se hace de los términos “liberalismo” y “socialismo” no es el mismo.

    Tanto el término “socialismo” como el término “liberalismo” son polisémicos: cada uno de ellos puede expresar distintos significados.

    Pasa, entonces, que aquellos que hacen la crítica liberal del socialismo tienden a reducir el significado de éste a las experiencias del mal llamado “socialismo real” o bien a las del reformismo socialdemócrata en varios Estados-nación europeos, a lo largo del siglo XX. En cambio, utilizan el término “liberalismo” en su acepción ideológica clásica, sin las cargas del “liberalismo realmente existente“, o de las actuales realidades neoliberales (que tienen poco que ver con la primigenia concepción del liberalismo que defendía la laicización del poder, la afirmación del ciudadano y de la soberanía popular, el dominio del derecho y los efectos positivos, inofensivos y benévolos del “dulce comercio“).

    También, a la inversa, hay quienes hacen la fácil amalgama entre liberalismo y capitalismo neoliberal.

    Limpiar” conceptualmente el debate, y eliminar las trampas lógicas, me parece, pues, imprescindible.

    Deshecho este equívoco, se puede decir que entre socialismo y liberalismo hay valores compartidos, y una historia común. El socialismo que incorpora la identidad más fecunda de la izquierda no se opone al liberalismo. Más: sin las conquistas del movimiento obrero (del que el socialismo ha sido el mainstream) por sufragio universal y los derechos sociales y políticos, las democracias contemporáneas liberales no serían lo que son.

    Pero las diferencias entre socialismo y liberalismo son considerables, y los grupos sociales, políticos y culturales que se identifican con uno u otro referente son bastante persistentes. Es positivo que sea así: las diferencias son potencialmente creativas y la indeferenciación tiende a generar actitudes indiferentes.

    Quisiera hablar primero de las diferencias, y hablar después de las confluencias, que no sólo me parecen posibles sino necesarias.

    Una primera diferencia es de perspectiva de ubicación: para decirlo con Bobbio, el socialismo ha significado “ver la historia desde el punto de vista de los oprimidos“. Sigue significando hoy ver las cosas desde la perspectiva de los de abajo: de la gente trabajadora, de las mujeres subordinadas, de los jóvenes precarios, los inmigrantes, los pueblos del sur, los pobres del mundo.

    Me parece que el mundo liberal es, en general, más business-minded, más “de arriba“, mientras que una sensibilidad socialista se opondrá siempre a la competitividad desenfrenada, al individualismo implacable en el que sobreviven los más fuertes y al culto del dinero. Esto no es ninguna afirmación de superioridad moral. Constituye un símbolo muy negativo y una gran señal de alerta sobre la deriva socialdemócrata de los últimos años en algunos países europeos que, por ejemplo, al abandonar el liderazgo, Blair fichara por la banca Morgan y Schroeder por Gazprom. Pero en la topología del socialismo debe haber siempre dos sistemas de coordenadas: no sólo “derecha-izquierda“, también “los de arriba-los de abajo“. El segundo es esencial: hay una dimensión en el socialismo que hay que mantener y que conlleva los principios de no contradictoriedad y de ejemplaridad.

    Una segunda diferencia radica en la relación con el capitalismo. Lo expresó con sencillez el economista y filósofo italiano Claudio Napoleoni, diciendo que de lo que se trata, por el socialismo, es de “ampliar al máximo de lo posible la diferencia entre sociedad y capitalismo“. Lo cuenta André Gorz: “Cuando un contradictor en un debate público le lanzó (a Napoleoni): “Claudio, donde es la puerta? (se entiende: la puerta de salida del capitalismo), Napoleoni respondió: “No se trata de salir del capitalismo para entrar en otra cosa, se trata de ampliar al máximo la diferencia entre sociedad y capitalismo, de ampliar la zona de no identificación del hombre con la subjetividad alienada “[1] [1].

    Una tercera distinción es la siguiente: el liberalismo suele vincular más a la defensa de los derechos negativos o de no interferencia, el socialismo más a los derechos positivos.

    Por el socialismo, que defiende todas las libertades, éstas son vistas no como una ausencia de apremio o dominación, sino también como suma de condiciones (psicológicas, culturales, sociales, políticas) que le dan al individuo una potencia efectiva de acción.

    El socialismo no separa la dimensión política de la social y la económica: pone el acento no sólo en las libertades y derechos fundamentales de la persona, sino en los bienes sociales básicos: la protección frente a la indigencia y la enfermedad; el acceso al educación y al trabajo; la equidad, calidad y dignidad de la vida social. Como ha escrito Amartya Sen, “no sólo las condiciones de la supervivencia, sino los bienes que permiten a los ciudadanos actuar como ciudadanos“.

    No se trata de confrontar el colectivo al individuo, sino todo lo contrario: el socialismo se plantea el reto de crear las condiciones sociales que permitan sacar al individuo fuera de la masificación. Jaurés decía que “el socialismo es la afirmación suprema del derecho individual “y que era “el individualismo lógico y completo”.

    Finalmente hay una cuarta distinción: la cuestión del Estado. De un lado: la critica liberal en los efectos indeseables de la hipertrofia del Estado como instrumento de control social, de generación de dinámicas de dependencia y asistencialismo, a una estatización de la vida social, de apremio de la sociedad civil. Por otro, la evidente deriva estatalista de diversas experiencias socialistas.

    Una crítica liberal al poder del Estado, en lo que éste tenga de dominación, opresión o anquilosis, debería ir siempre acompañada de una crítica paralela al poder antidemocrático del capitalismo y de las oligarquías que controlan hoy nuestro sistema de mercado. También aquí hay que sacar lecciones no sólo del “socialismo real” sino del “liberalismo realmente existente”.

    Lo que no tiene sentido es buscar, con razones supuestamente liberales, una reducción del poder del Estado, si la consecuencia es simplemente un fortalecimiento aún mayor de los actores privados más poderosos, en los ámbitos financieros, empresariales o mediáticos, a nivel estatal e internacional. Un intercambio de poder de la esfera estatal a la privada en esta dirección no tiene nada de liberal.

    Nuestro socialismo no es estatista. Al mismo tiempo, nuestro socialismo no es ingenuo: es evidente que ante una estructura con tanta potencia como el mercado capitalista es necesaria una estructura igualmente potente para combatir sus efectos nocivos y limitarlos o superarlos. Pero una crítica del estatismo forma parte del tipo de socialismo en el que creemos y que nos gustaría ver en el liderazgo político de Europa y el mundo a lo largo del siglo XXI.

    Sobre esta base de debate sobre las diferencias, es evidente que entre nosotros hay confluencias evidentes sinergias posibles. Tal vez imprescindibles. Hablemos.

    Debemos hacerlo desde la claridad. Hay quien dice que en la situación actual no hay, de hecho, una diferencia de programas entre el socialismo y el liberalismo, y plantea una confluencia hacia nuevos partidos en Europa de características inspiradas, por ejemplo, en el partido demócrata de Estados Unidos.

    Más allá de las coyunturas políticas en uno u otro país, lo que se plantea es el interrogante de fondo de si, finalmente, hay que ir “más allá del socialismo“, hacia otras señas de identidad [2] [2].

    Antonio Polito, un viejo periodista de L’Unità, que ahora es senador del Partito Democratico y autor de un libro que se titula precisamente “Oltre il socialismo” (“Más allá del socialismo“) dice que hay que “confundir” la tradición socialista con la liberal. Confundir es en este caso un verbo muy ilustrativo (también aquí topamos con la polisemia): puede significar “reunir, mezclar (cosas) de manera que no se pueden distinguir unas de otras“, pero también puede significar “turbar, desconcertar, desbaratar, reduciendo a la impotencia y dejando sin saber qué decir “(GEC).

    Este es un debate que debemos hacer, pues, desde la claridad de las posiciones y los proyectos.

    En el proceso contradictorio que llevó a la formación del Partito Democratico, en Italia, Massimo D’Alema habló de la necesidad de realizar una “revolución liberal” de unir en una sola fuerza y un solo proyecto las corrientes provenientes de la izquierda y los procedentes del campo liberal y democristiano.

    Norberto Bobbio comentó entonces que “hubiera preferido que un gran partido de izquierda, en lugar de dejarse seducir por la reproposición de la revolución liberal, cuando de hecho todos se han convertido en liberales y naturalmente en primer lugar los adversarios, levantara la bandera de la justicia social que había sido siempre aquella bajo la cual han recorrido un largo camino los millones de hombres y mujeres que han hecho la historia del socialismo“.

    Pero este es también un debate que debemos hacer sin desconfianzas, con la comodidad de sentirnos cercanos y solidarios. Especialmente en Cataluña.

    Carlo Roselli, que tanto gustaba a Ernest Lluch (no sólo tenían una gran afinidad ideológica sino otro rasgo común: ambos murieron por sus ideas), escribió un libro “Socialismo liberal“, que hoy sigue teniendo vigencia. Lo evoco ahora para recordar que cuando vino a luchar con nosotros en la guerra civil, lo hizo por Barcelona, no por Albacete.

    Esta opción no fue casual: tenía que ver con el carácter de la izquierda del 36 en Cataluña: más libertaria y societaria, menos estatista que el “mainstream” de la izquierda europea de la época. Esto se debía a sus raíces, a su tradición social y cultural, que es la nuestra.

    Quizás habría que recordar también otro rasgo que nos une. Los primeros que se plantearon la pregunta “¿Ha servido de nada perder?“, Para extraer lecciones de la derrota de la República y la Generalitat de 1939, fueron los socialistas catalanes y los liberales de Acció Catalana.

    Esta es una fuerza que nos viene del pasado y que tenemos que proyectar de cara al futuro.

    [1] [3] André Gorz, Misères du présent, richesse du possible, Editions Galilée, Paris 1997.

    [2] [3] Monique Canto-Sperber, por ejemplo, escribe que “el socialismo debe ser comprendido como una interpretación del liberalismo“, o que “el socialismo liberal es la continuación o el cumplimiento del liberalismo” (M. Canto-Sperber, Les règles de la liberté, Plon, Paris 2003).

    Categorias: General | Sin Comentarios »

    Comentarios

    Security Code: