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    Jon Cruddas: La crisis del partido laborista

    Publicado por Raimon Obiols | 4 Septiembre, 2009


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    cruddas-415x409 El Partido Laborista ha vivido dos momentos de crisis real, desde 1900, y ahora está a punto de entrar en un tercero. El primero siguió a la crisis de 1929, cuando la segunda administración laborista se derrumbó y Ramsay MacDonald formó un gobierno de unidad nacional. El segundo momento de crisis llegó con la derrota del partido en 1979, el ascenso del neoliberalismo, o thatcherismo, y la posibilidad de que el Partido Laborista fuera eclipsado por un nuevo tercer partido en los primeros años 80. Si el declive del Partido Laborista, comenzado en 1997, continúa, se producirá una tercera crisis tras las elecciones del año próximo. Se necesitaron casi 15 años de trabajo para volver al poder después de cada una de las dos crisis anteriores y las derrotas electorales de 1931 y de 1983. Lo que hoy está en juego, pues, no podría ser más importante.

    Hemos perdido millones de votantes desde 1997. Hemos perdido cientos de miles de afiliados. Hemos pasado a ser criticados por las generaciones más jóvenes que nos ven como el partido del establishment, la guerra y la inseguridad. Nuestra ortodoxia ha derrotado a nuestro radicalismo. Hablamos un idioma desecado de objetivos; nuestra historia, nuestra ética esencial, se han sacrificado en el altar de los focus groups. Hemos retrocedido esencialmente hacia un utilitarismo hobbesiano, que considera el interés propio como el único principio rector. Alan Milburn dijo hace poco que nuestra misión era equipar a la gente para “ganar por cuenta propia”, es reducir toda aspiración a la noción de adquisición. Nos hemos quedado en el más puro materialismo; hemos perdido la esperanza de construir una sociedad diferente.

    El psicoanalista Erik Erikson dijo en una ocasión que “la esperanza es el ingrediente básico de toda vitalidad”. En estos tiempos de crisis e incertidumbre, el partido laborista se gira a menudo hacia su figura fundadora, Keir Hardie, buscando una esperanza. Pero se ha convertido en un mito más que una figura histórica. Tendemos a buscar en él una seguridad, en lugar de hacernos preguntas incómodas. Hardie inspiró una devoción total. A su muerte, fue descrito como el “Miembro de la Humanidad”; Sylvia Pankhurst (su amiga y amante) lo veía como “el ser humano de nuestro tiempo”. Fue adorado por las bases del partido. Algunos lo consideraban, literalmente, un profeta.

    Al mismo tiempo, muchos lo consideraban extremista, intransigente, poco fiable e indisciplinado. TD Benson, del Partido Laborista Independiente, dijo que Hardie era “por su propia naturaleza, incapaz de trabajar en un partido”. A veces estaba aislado, e incluso parecía un paria. Su socialismo pertenecía a una esquema más grande que el del día a día parlamentario. Según su biógrafo, el historiador Kenneth Morgan: “Para un hombre del temperamento poético e intuitivo de Hardie, el trabajo poco heroico y constructivo no era suficiente. Más allá de la táctica del día a día había que definir y luchar por una causa política, moral y emocional más profunda”.

    Fue esta actitud y el idealismo al que se asoció lo que inspiró tanta esperanza y vitalidad en el amplio conjunto del partido. Con Hardie, los detalles de las políticas o el programa no eran el verdadero motor del partido laborista. Lo era la “creencia en la fraternidad y la igualdad”: qué tipo de sociedad se buscaba, más que el cálculo táctico en el Parlamento.

    Ciertamente, Hardie era un hombre de contradicciones. Nació en la clase obrera, pero nunca fue realmente parte de la misma. De hecho, no encajaba plenamente en ningún ámbito en la sociedad. No fué nunca convencional, sino un bohemio en el vestir, un ferviente partidario del feminismo y del nacionalismo galés. Su inconformismo le hizo ser un brillante constructor de alianzas y un político pragmático.

    Desde su regreso a la Cámara de los Comunes en 1900, Hardie se convirtió, como describe Morgan, en “el profeta del socialismo radical en su modalidad Merthyr [1] más pura”. Se trataba de un socialismo surgido de la historia de Merthyr, del cartismo temprano; de la elección, en 1868, del pacifista Henry Richard; del movimiento de las cooperativas de Merthyr y Aberdare, de los seis meses de huelga de los mineros de 1898; de las tradiciones cristianas del evangelio “social” y, más tarde, del  ILP (el Partido Laborista Independiente). Acumulativamente, todo ello forjó un movimiento y una cultura, nada doctrinaria, de la clase trabajadora, y un socialismo ético que debía poco a la ciencia o a la idea de “superar las derechas y las izquierdas”; y en cambio sí mucho a una política de alianzas progresistas.

    ¿Qué puede enseñarnos hoy día aquel Hardie con todas sus contradicciones? Al igual que Robin Cook mucho más tarde, él nunca fue un “hombre del partido”, instalado en el partido como en casa. Entendió que un partido debe dar forma a una clase y una clase debe crear un partido a su imagen – y que esto implica una interdependencia de los sentimientos y del pensamiento. En contraste con el creciente secularismo del moderno Partido Laborista, expresó esto en términos religiosos tomados de Tennyson: “Fuera del anillo de tinieblas de la tierra, / nos agrupamos en el anillo de Cristo.” Hablaba a la gente en una lengua casi mesiánica, y le comunicaba un sentido de  valor y  capacidad para cambiar la sociedad. Les daba autoestima, confianza y una creencia. A cambio, la gente le devolvía amor y lealtad. David Farrell, miembro del ILP, le escribió: “Tengo más amor y respeto por usted que lo que siento por mi padre.”

    Sin embargo, Hardie fue mucho más que un gran comunicador. También fue un gran estratega político, dispuesto a hacer alianzas para avanzar en el objetivo de la emancipación de la clase trabajadora. Su socialismo nunca fue rígido, doctrinal o dogmático. En 1903, había llegado a formar una coalición electoral con los liberales, con el ILP como columna vertebral. Más tarde, como líder del partido, Hardie trabajó con Sir Charles Dilke – presidente no oficial de los “radicales sociales” en el campo liberal – en cuestiones laborales. Incluso en las dos elecciones de 1910, mantuvo el apoyo a la alianza con los liberales. Sin embargo, en 1912 se peleó duramente con ellos, a raíz de las disputas brutales con los patrones y la respuesta represiva del Estado en Tonypandy y Aberdare. Su relación de contingencia, condicional, con el liberalismo progresista fue el sello distintivo de su brillantez táctica.

    Aunque consideramos Hardie como el fundador del Partido Laborista, él también operaba en el espacio entre las variantes en competencia del liberalismo: el ala radical, hija de un liberalismo individualista, y el liberalismo más social y colectivista. Un debate similar está surgiendo en el Partido Laborista de hoy. Pensadores como Will Hutton, Richard Reeves y Philip Collins afirman que el laborismo debe volver a sus raíces ancestrales y inspirarse en las ideas y los principios del liberalismo británico. Pero el liberalismo que tratan de rehabilitar es estrecho e individualista.

    Muchos miembros de las primera generación de líderes laboristas, como Hardie, habían sido miembros activos del Partido Liberal de William Gladstone y habían roto con él a regañadientes. Su objetivo no era repudiar el liberalismo de su juventud, sino alcanzar sus objetivos de libertad y emancipación humana en las nuevas condiciones más difíciles del capitalismo industrial.

    El liberalismo abarca una amplia gama de ideas y creencias, no todos ellos compatibles. El escritor y académico Mark Garnett ha identificado dos modos rivales del pensamiento liberal: el “lleno” y el “vacío”: “el primero mantiene una estrecha semejanza con las ideas de los grandes pensadores liberales, que eran optimistas sobre la naturaleza humana y preveían una sociedad formada por individuos libres y racionales, respetándose a sí mismos y a los otros. El segundo, en cambio, sólo satisface los requisitos básicos del pensamiento liberal. Reduce los conceptos de razón y de realización individual al mínimo común denominador, identificándolos con la búsqueda del interés material inmediato. Para el liberal “vacío”, los otros son únicamente medios para alcanzar un objetivo, u obstáculos que hay que dejar de lado. En lugar de igualdad de respeto se trata más bien de igualdad de desprecio“.

    Esta tensión atraviesa el pensamiento liberal desde Adam Smith hasta la actualidad. En su variante extrema del laissez-faire, el liberalismo clásico asume un modelo de comportamiento humano de interés racional, codicioso y sin piedad. Su forma “llena” fue desarrollada por el filósofo idealista TH Green, y luego por LT Hobhouse y JA Hobson. Green rechazó el individualismo atomista que ve los seres humanos como unidades impermeables y autosuficientes, disfrutando de los derechos naturales pero sin las obligaciones sociales correspondientes. En contraposición, veía la sociedad y los individuos dentro de ella como fundamentalmente interdependientes: “Sin la sociedad, no hay personas, esto es tan cierto como que, sin las personas … no puede haber sociedad tal como la conocemos”.

    Este nuevo liberalismo partió significativamente de muchos de los preceptos del liberalismo clásico. Los nuevos liberales creían en la tributación progresiva para compensar el poder de negociación desigual del mercado y para pagar las pensiones y otras formas de seguridad social. Abogaban por la propiedad común de los monopolios naturales y de los servicios públicos vitales. Consideraban los derechos de propiedad como condicionales, no absolutos, sujetos a ciertas restricciones en función del interés público. Pidieron la limitación de las horas de trabajo y nuevas regulaciones para garantizar la salud y la seguridad en el lugar de trabajo. Estaban movidos por la visión de una comunidad cooperativa construida sobre cimientos explícitamente morales. Como Hobhouse dijo: “Queremos un nuevo espíritu en la economía – el espíritu de ayuda mutua, el sentido de un bien común. Queremos que cada hombre sienta que su trabajo diario es un servicio a sus semejantes, y que la ociosidad y el trabajo antisocial son una vergüenza“.

    Hobhouse se definía como un socialista liberal y, a diferencia de Mill, lo decía sin ambigüedades. Hobson y varios otros nuevos liberales dieron un paso más y se unieron al Partido Laborista. De hecho, Green, Hobhouse y Hobson son considerados con razón los pioneros de la tradición británica del socialismo ético. Su influencia sobre los líderes intelectuales del laborismo de principios del siglo XX – RH Tawney, GDHCole y Harold Laski – fue a la vez profunda y libremente reconocida.

    En el movimiento para aclarar y volver a conectar las tradiciones liberales en nuestro partido está implícita la opinión de que la fundación de un Partido Laborista Independiente, con una visión claramente socialista, fue un camino histórico equivocado, y que habría sido mejor que la izquierda progresista hubiera dedicado sus energías a la creación de una base electoral firme para un Partido Liberal fuerte y reformado. Esta conclusión no se declara abiertamente, pero está implícita en buena parte de la discusión actual. Hardie, sin embargo, se habría horrorizado. Y también tenemos que hacerlo hoy.

    Si el New Labour, en su mejor momento, encarnó las aspiraciones del liberalismo “lleno”, su comprensión limitada de las posibilidades de cambio llevó a la traición de las concepciones cínicas de su alter ego “vacío”. El New Labour habló con razón de la necesidad de que el partido ampliara su atractivo para ganar el apoyo de votantes que “aspiraban” algo, pero equiparó esta aspiración a nada más que la codicia material – el “ganar por cuenta propia”.

    En la biblia del New Labour, “The Unfinished Revolution”, Philip Gould hizo una distinción reveladora cuando describió sus padres como personas que “querían hacer lo correcto, no lo que los promocionaría” ( “wanted to do what was right, not what was aspirational “). Esto revela una mentalidad fundamentalmente neoliberal, y es toda una declaración extraordinaria de lo que pensamos que quieren las personas. La posibilidad de que lo que es correcto y la aspiración puedan coincidir, aunque sea mínimamente, no es tenida en cuenta.

    Como señaló GA Cohen en sus últimos tiempos, el problema es de diseño. La tecnología para dar primacía a nuestros deseos adquisitivos y egoístas ya existe en forma de una economía de mercado capitalista. Pero aún no hemos desarrollado adecuadamente la tecnología social capaz de dar plena expresión a la parte generosa y altruista de nuestra personalidad. Esta es la tarea principal de toda izquierda futura.

    El socialismo ético ofrece una política materialista de la persona arraigada en los bienes sociales que dan sentido a la vida de la gente: hogar, familia, amistades, un buen trabajo, comunidades locales y virtuales de pertenencia. Este es el marco que inspiró al Partido Laborista en sus mejores momentos, trascendiendo las ortodoxias estériles de izquierda y derecha, y sigue siendo la piedra angular del radicalismo en nuestro partido. Fue captado por el genio de Hardie como estratega socialista, radical y liberal. Se construye alrededor de una concepción radicalmente diferente de la condición humana de la del neoliberalismo.

    Un eco de las palabras de Hardie, el ensayo de Tawney “The Choice before the Labour Party” ( “La alternativa ante el Partido Laborista”), aunque escrito en 1932, sigue siendo el mejor análisis de la crisis que enfrenta hoy en día el Partido Laborista. Fue escrito en el momento de crisis real del laborismo y pone de relieve el dilema en el corazón del partido: la tensión entre ortodoxia y radicalismo, agravada por una falta de convicción básica.

    Cada una de estas crisis ha sido atribuida a acontecimientos externos, o a los cambios de época, a las transformaciones históricas impulsadas por la recesión económica. Pero no deberíamos olvidar la incapacidad del partido para resolver sus contradicciones internas: históricamente, ha sido no tanto una comunidad amplia sino una colección de fragmentos en busca de la unidad. Escribiendo sobre la debacle del Partido Laborista en 1931, Tawney describe como el gobierno “no cayó con gran estruendo, sino que fué arrastrado lentamente a su destino”.

    Las palabras de Tawney resuenan a través de los años. “La más grave debilidad del Partido Laborista británico es … la falta de convicción. El Partido Laborista es dubitativo en la acción porque tiene la mente dividida. No consigue lo que podría, porque no sabe lo que quiere. Hay, dice, un “vacío en la mente del partido” que nos lleva a “la timidez intelectual, el conservadurismo, el convencionalismo, que mantiene la política siguiendo tardíamente a la realidad”.

    Hardie y Tawney forman parte de una tradición que nos da esperanza y vitalidad, y traza una manera de salir de la trampa de la ortodoxia. Ahora es el momento de redescubrir esta tradición.

    Jon Cruddas

    Artículo publicado en la revista New Statesman, 3 de septiembre de 2009.


    [1] Merthyr es ua localidad del sur de Gales famosa por un levantamiento obrero, el Merthyr Rising de 1831.

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