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    Congreso del PSC (4): nuestro catalanismo

    Publicado por Raimon Obiols | 24 Julio, 2008


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    Con respecto al catalanismo, en el congreso del PSC que tendrá lugar esta semana no pretendemos inventar la pólvora, sino precisar claramente nuestra perspectiva, nuestra idea de Cataluña.

    Plantear “refundaciones” unilaterales es innecesario y pretencioso. Aquello que hoy en Cataluña hay que debatir es la mejor manera de concretar, en términos de presente y de futuro, la herencia y la promesa del catalanismo. Somos herederos de un pasado, y solo si somos fieles seremos herederos del futuro. Éste es el punto de partida para formular una idea y una acción para la Cataluña de los próximos años.

    Ahora que en el mundo volvemos a ver peligrosamente en acción los identitarismos, las políticas de fabricación de confrontaciones identitarias, es necesario afirmar que la cuestión más vital por la Cataluña del siglo XXI será mantener y hacer crecer la conciencia de ciudadanía y de destino común de todos sus ciudadanos y ciudadanas.

    El rasgo histórico más positivo del catalanismo ha sido su enorme capacidad de producción de conciencia comuna, respetuosa de las identidades personales. De eso hemos dicho la Cataluña crisol: un país unido, de ciudadanos y ciudadanas venidos de todos los horizontes. Tal como se expresó en los lemas de la Transición, hoy más que nunca necesarios: “somos y seremos un solo pueblo” y “la lengua no nos dividirá“.

    En el contexto histórico actual de Cataluña, sería grave reforzar ideologías que afirman la nación como una unidad de orden superior, místico, que trasciende a las personas y a la que las personas tienen que subordinarse. No se trata de “no “convertirse” en la nación, a un “nosotros” de dimensión exclusiva y excluyente, sino de “constituir” entre todos la nación, de manera plural y democrática, como una obra voluntaria, un proyecto común e intencional de progreso compartido. Con un “nosotros” que no se opone ni se superpone al “yo” de cada uno y que, con el fin de afirmarse, no necesita confrontarse con los “otros“. Dando una significación concreta a la ciudadanía catalana: un sentido de libertad y de progreso personal y colectivo. Un sentido compartido para los hombres y mujeres de Cataluña, sean cuáles sean sus países de origen, su habla, sus referencias identitarias.

    El proyecto general del catalanismo de los próximos años no tiene que tener un sentido de divisiones en función de la subjetividad identitaria, sino de unidad cívica y democrática, de reconocimiento colectivo de nuestra pluralidad, de promesa de futuro compartido de los ciudadanos y ciudadanas que constituyen y quieren seguir constituyendo un solo pueblo. Con un énfasis no en la retórica ni en la gesticulación, sino en la  contenida firmeza de los comportamientos, la ejemplaridad de la obra bien hecha, el respeto, la solidaridad.

    La radicalización de los nacionalismos implicaría una centrifugación multicultural y civil, una progresiva confrontación de identitarismos, una división cultural y política de la nación (los casos, bien diferentes, de Euskadi y el País Valenciano nos tendrían que alertar). Lo peor que podría suceder a Cataluña sería que se produjera la secuencia siguiente:

    1/ divorcio progresivo entre políticas nacionalistas cada vez más radicales y una sociedad cada vez más escéptica, fragmentada y abstencionista;

    2/ consolidación en la sociedad catalana, autóctona e inmigrada, de coágulos persistentes de identidades comunitarias aisladas;

    3/ instrumentalización de esta situación por los nacionalismos y identitarismos antagónicos;

    y 4/ la fractura del proceso de unidad civil y de fusión colectiva y su sustitución por el “choque de identidades” en el interior de Cataluña.

    Eso significaría la división permanente, el declive, la instrumentalización de Cataluña para unas minorías interesadas en la confrontación.

    La historia del catalanismo hasta hoy mismo ha sido un proceso por el reconocimiento y el reconocimiento por parte de nosotros mismos y de los otros. Queremos reconocernos y queremos que se nos reconozca en términos de realidad viva y de capacidad de realizaciones presentes y futuras. No únicamente en aquello que somos sino en aquello que queremos ser y que podemos ser. Si en el recorrido del catalanismo ha habido confrontación y lucha, ha sido porque se enfrentaba a obstáculos, a menudo brutales y opresivos, al libre desarrollo de nuestra capacidad colectiva para construir un futuro común mejor, por los coetáneos y para las futuras generaciones.

    Pero la dinámica del catalanismo, en sus expresiones plurales, ha buscado siempre, con grandes aciertos y no pocos errores, un denominador común: superar unidos los obstáculos de reconocimiento y de capacidad del pueblo de Cataluña. Y hacerlo de una manera democrática, entre todos, con la fuerza de todos.

    Cualquier intento gesticulador y maníqueo, pretendidamente radicalizando, separando entre “buenos” y “malos catalanes“, ha significado siempre una dilapidación de esta herencia y una pérdida de fuerza y de oportunidades. Distorsionar la formulación compartida del catalanismo (y de su semántica) no sería un paso adelante sino un debilitamiento.

    Nos hace falta, por el contrario, la madurez de un nuevo ciclo positivo del catalanismo y la centralidad que proponemos quiere decir eso: contención y respeto en las palabras; firmeza y unidad en las reivindicaciones; excelencia de las instituciones; iniciativa y empuje en una sociedad unida y con proyectos de futuro. Ésta es la herencia y la promesa del catalanismo, en las que nos tenemos que mantener fieles. Es la perspectiva de que da sentido a nuestra política; la que motiva nuestra acción federadora.

    Categorias: General, Política catalana, Socialismo | Sin Comentarios »

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