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    Mundo del trabajo y sindicatos

    Publicado por Raimon Obiols | 11 Diciembre, 2007


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    “Como viejo sindicalista deseo transmitir un mensaje: hemos tenido retrasos porque no hay nada menos espontáneo que la independencia sindical y no hay nada más espontáneo que la burocracia y la tentación de dormirse en los viejos laureles. Por eso nos hace falta una batalla permanente, que requiere una fuerte carga de voluntarismo y una constante capacidad de renovación. Capacidad de renovar la relación entre dirigentes y dirigidos; de renovar la representación. Ésta es la savia vital que puede dar fuerza en la autonomía cultural del sindicato y a su dinamismo; y su capacidad de transformar el debate entre sindicato y partidos en un mutuo enriquecimiento, no en una celosa lucha de competencias”. Con estas palabras cerraba Bruno Trentin hace unos años una conferencia en la escuela de verano de la Federación Minerometalúrgica de CCOO, en Madrid.

    Esta “batalla permanente” por la innovación sindical no es una cuestión que tenga que interesar únicamente a los trabajadores, sino al conjunto de la sociedad. Es un tema político porque la cuestión de los sindicatos no es solamente una cuestión de defensa de intereses o de mejora social; es también una gran cuestión democrática. Lo señalaba Trentin en la mencionada conferencia: si en nuestras sociedades va creciendo un área de la población que vive en condiciones de individualidad y de exclusión de toda articulación y perspectiva colectivas porque no encuentran una posibilidad o un incentivo de inclusión en la vida social y democrática, en primer lugar del sindicato, el riesgo de pasar a una desestabilización democrática , si se produce una situación de crisis social, es evidente. Una población excluida, disgregada, aislada, puede llegar a estar disponible para aventuras autoritarias, cuando se ve enfrentada a una etapa de dificultades sociales.

    Ahora: agrupar a los asalariados, en una sociedad fragmentada y en un mundo del trabajo heterogéneo, es un trabajo de una enorme complejidad. Es, no obstante, una tarea imprescindible. La superación del fordismo, la progresiva diversificación del mercado del trabajo, la automatización y el desarrollo de la economía del conocimiento, el rápido crecimiento de los servicios, han hecho muy heterogéneo el mundo del trabajo. Por otra parte, la evaluación individualizada de los rendimientos, el culto de la urgencia, los rendimientos a corto plazo, los contratos por objetivos, han producido también cambios “culturales” entre los trabajadores: han reducido las relaciones de confianza, las lealtades colectivas, la conciencia de clase. Es un proceso general que lleva a las personas a sentirse singulares y autónomas, con todo lo que eso puede tener de positivo, pero que genera a la vez aburrimiento, soledad psíquica y social, y el “stress” de la vida progresivamente individualizada.[1]

    En este contexto, conviene no caer en la trampa de los que propagan el fin del mundo del trabajo y la progresiva extinción del sindicalismo. Bruno Trentin se sublevaba contra libros de éxito de los años ochenta y noventa del siglo pasado, como “El fin del trabajo” de Jeremy Rifkin, “El trabajo, un valor en peligro en extinción” de Dominique Meda, o “El horror económico” de Viviane Forrester, porque “estos textos y muchos subproductos derivados de ellos parecía que dictaran los contenidos y las formas de un fin de la historia y, para las fuerzas socialistas y los sindicatos, del fin de cualquier proyecto de sociedad que tuviera como uno de sus sujetos el mundo del trabajo y las clases trabajadoras”.

    En realidad, decía Trentin[2] , el gran cambio que marcó el fin de la era fordista no significaba el fin del trabajo (en los términos de Rifkin) sino, paradójicamente, en la fase en que se sucedían los procesos de reconversión y de despidos de masas, una expansión a escala mundial de todas las formas de trabajo, empezando por el subordinado y el asalariado, a un ritmo que no se había visto nunca en el pasado” (El subrayado es mío). “No se trataba del fin del trabajo”, añadía Trentin, “sino de un cambio del trabajo y de las relaciones laborales, y del papel que el trabajo jugaba en la economía y en la sociedad de los países implicados en los procesos de mundialización”. Entender qué es el trabajo hoy, entender cuáles son los cambios objetivos y subjetivos que se producen (entender qué sucede en la cabeza de la gente que trabaja) es uno de los retos más importantes de la izquierda de hoy. Entender el carácter de los cambios que la transformación posfordista de las relaciones de producción está introduciendo en el trabajo humano.

    Sigamos a Trentin en su reflexión sobre la nueva centralidad del trabajo: “El uso flexible de las nuevas tecnologías, el cambio que se desprende en las relaciones entre producción y mercado, la frecuencia de la tasa de innovación y el envejecimiento rápido de las tecnologías y de las competencias, la necesidad de compensarlas con la innovación y el conocimiento, y la responsabilización del trabajo ejecutor para garantizar la calidad de los resultados, harán del mismo trabajo, al menos en las actividades más innovadoras, el primer factor de competitividad de la empresa”. “Ésta es la tendencia, cada vez más predominante, que unifica en cierta manera (incluidas las nuevas necesidades de seguridad que comportan estas transformaciones), un mundo del trabajo cada vez más desarticulado en sus formas contractuales e incluso en sus culturas; un mundo del trabajo que está viviendo un proceso de contaminación entre los vínculos de un trabajo subordinado y los espacios de libertad de un trabajo independiente”.

    Por una parte, el mundo del trabajo se amplía: si definimos los trabajadores y las trabajadoras como las personas “que voluntariamente prestan sus servicios retribuidos por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización de otra persona, física o jurídica, denominada empleador o empresario”[3] , cualquier retórica sobre la progresiva disminución o desaparición de la clase trabajadora choca frontalmente con la realidad. Pero por otra parte, la revolución posfordista diversifica y hace cada vez más heterogénea la clase de los trabajadores y trabajadoras asalariados. Como señala Isidor Boix, entre los factores que contribuyen a esta heterogeneidad hay “la estabilidad o precariedad del trabajo, la condición de ocupado o parado con voluntad de trabajar en un momento determinado, la edad, la modalidad contractual, el género, el país de origen, la cultura en el sentido más ancho, la formación profesional, la relación entre el puesto de trabajo y la vivienda … además de la diversa expresión y la muy diversa significación de cada uno de estos aspectos en los diversos rincones del mundo a partir de realidades económicas, sociales y políticas muy dispares”.

    Los movimientos sindicales, sociales y políticos se constituyen tanto por una comunidad de intereses y problemas como también para los relatos que sus miembros se hacen para sí mismos y cuentan a los demás. Sean cuáles sean sus orígenes y características, un elemento es común a todas estas narrativas: se construyen a partir de las ideas que las personas y los grupos sociales van haciéndose sobre la naturaleza de su condición, sus expectativas de futuro, la conveniencia o la necesidad de actuar (o de no hacerlo).

    Ira Katznelson[5], distingue, en el desarrollo histórico de la clase trabajadora y sus narrativas, lo que son los datos estructurales, definidos por la propia naturaleza del desarrollo económico capitalista (nivel I); el conjunto de formas de organización laboral y de vida y relaciones sociales, en el puesto de trabajo, la vida cotidiana en el barrio y en casa (nivel II); el surgimiento y coalescencia de narrativas que dan una interpretación a los niveles anteriores, asignándoles un sentido identidades y sentimientos colectivos (nivel III); y eventualmente la constitución y desarrollo de movimientos y proyectos colectivos (nivel IV).

    Si partimos de estas pautas, podríamos decir que hoy asistimos a una nueva situación del mundo de trabajo, que mantiene el nivel I (el trabajo no ha cambiado el esencial de su naturaleza asalariada); modifica sustancialmente el nivel II (asistimos aquí una verdadera mutación); plantea un reto fundamental de nuevos desarrollos en el nivel III (hace falta una nueva narrativa por el mundo del trabajo global del siglo XXI); y también un reto de renovación profunda del nivel IV.

    Yo creo que, para los socialistas, la prioridad es hoy el trabajo en el nivel III, entendiendo aquí por narrativa el relato argumentado (con su contenido de análisis y de razones, de valores y sentimientos) que constituye el eje racional y sentimental sobre el cual la gente se motiva a sí misma y motiva los demás para establecer opciones y consensos democráticos, conformar y efectuar acciones y campañas colectivas, y desarrollar agregaciones, movimientos y organizaciones de carácter sindical, social y político.

    El mundo del trabajo ha sido una gran narrativa. Las mutaciones del mundo del trabajo proyectan esta narrativa hacia el futuro y la modifican. No tenemos que prefigurar de manera prematura cuáles serán estos cambios, pero si partimos del hecho evidente que se producen a partir de los cambios concretos de la realidad del mundo del trabajo, es evidente que hay que prestar una atención prioritaria a aquello que sucede en el campo de los llamados trabajadores autónomos de segunda generación, los profesionales, los knowledge workers (trabajadores del conocimiento), los jóvenes precarios, los inmigrados.

    Las rápidas transformaciones del mundo del trabajo implican un gran reto para los sindicatos, con el fin de hacerlos representativos de sectores que, para bien de estar vinculados por una común condición asalariada, no tienen siempre una homogeneidad de intereses. Una serie de problemas (el desempleo, la precarización, la globalización económica, la economía del conocimiento, la inmigración, el desarrollo del trabajo informal, etc.) obliga a los sindicatos a una extraordinaria dosis de innovación programática y organizativa, y a una creciente asunción de un papel de carácter político (en el sentido de no limitarse al ámbito de la negociación colectiva y de hacer frente a problemas de ámbito general, como la fiscalidad o la seguridad social). Trentin hablaba, en este sentido, de la necesidad del sindicato general.

    En el mundo del trabajo posfordista, el sindicalismo tiene que organizar nuevas formas de representación, en función de los grandes cambios en la tecnología y en la organización del trabajo, que ven surgir nuevas formas emergentes de trabajo y nuevas subjetividad colectiva. En el mundo de la economía crecientemente globalizada, el sindicalismo tiene que organizar nuevas formas de organización y de acción transnacionales.

    Esta autorreforma de los sindicatos es un tema vital para la izquierda. José Luis López Bulla ha comparado el alcance de este proceso a lo que tuvo lugar en la transformación de los sindicatos de oficio en federaciones de industria; hay que sacarlo adelante, ha dicho, “con tanto coraje como en su día lo hizo nuestro Joan Peiró a pesar de la cara de ´pocos amigos’ de muchos de sus compañeros de la legendaria CNT en el famoso Congreso de Sants”[6] .

    [1] En Francia, una encuesta TNS-Sofres del 2007 indicaba que un 78% de trabajadores activos escogía la palabra “stress” para calificar su entorno laboral, y que un 92% creía que había aumentado “mucho o bastante” en los últimos años.

    [2] Bruno Trentin, Cambios y transformaciones, Libros del CTESC, Consejo de Trabajo, Económico y Social de Cataluña (CTESC), Barcelona 2005.

    [3] Artículo 1 del Estatuto de los trabajadores.

    [4] Encima el presente y futuro del sindicalismo, Fundación sindical de estudios, Madrid 2006.

    [5]Ira Katznelson et al. “Working – Class formation: Ninetennth Century Patterns in Western Europe and the United States”, Princeton University Press,Princeton 1986.

    [6] Prefacio en Bruno Trentin, Cambios y transformaciones, Libros del CTESC, Barcelona 2005.

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