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    Cambio climático

    Publicado por Raimon Obiols | 10 Diciembre, 2007


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    Parece que las conversaciones de las NNUU sobre el cambio climático que tienen lugar en Bali han topado hoy con una negativa de los Estados Unidos, Japón y Canadá, de cara a comprometerse en cifras concretas con respecto a la reducción de las emisiones de gases con efecto invernadero de aquí al año 2020. El borrador preveía una reducción del 25-40 % por debajo de los niveles de 1990, pero según ha dicho un delegado “las cifras han salido de la última versión”.

    Las conversaciones (de 190 países, con más de 10.000 delegados) pretenden iniciar negociaciones por un nuevo tratado mundial sobre el clima que sustituya el Protocolo de Kioto a partir de 2012. Desgraciadamente, los gobiernos de los Estados Unidos y de algunos otros países ricos no son demasiados receptivos. Sus portavoces hablan de un exceso de alarmismo sobre la cuestión.

    Ahora: ¿qué hay de científico y qué de sensacionalismo mediático en las campañas actuales sobre el calentamiento del planeta, especialmente en las de Al Gore y otros propagandistas globales?

    El clima de nuestro planeta es una cosa muy delicada y complicada. Muchos factores lo influencian y hay entre ellos todo tipo de interacciones sutiles. Un conjunto de elementos han ido llevando a la comunidad científica y a buena parte de la opinión pública de todo el mundo a la conclusión que éste se está calentando, que este calentamiento es debido a que la actividad humana incrementa el nivel de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, y que si estas emisiones continúan sin que se produzcan reducciones significativas, se pueden derivar consecuencias muy serias.

    Probablemente una parte de la comunidad científica puede considerar que, más allá del carácter más o menos científico de las previsiones y proyecciones que se formulan, ya es bueno que se genere un estado de alarma generalizada, con el fin de influir en el comportamiento social y en la acción de los gobiernos y de las empresas. Pero conviene constatar el hecho de que actualmente hay un consenso claramente mayoritario en la comunidad científica sobre el calentamiento de la atmósfera y sobre sus causas. Los expertos del IPCC (Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático), reunidos en Valencia, en noviembre de 2007, señalaron que en los últimos 50 años la temperatura global ha subido más que en los últimos cinco siglos y las emisiones de dióxido de carbono han aumentado en un 80% entre en 1974 y en el 2004.

    Un ex economista en cabeza del Banco Mundial, Nicholas Stern, ha dicho que el cambio climático es el mayor fracaso histórico del mercado: un sistema económico que únicamente valora el rendimiento financiero de una inversión y es incapaz de tomar en cuenta otras consecuencias nos está llevando a una crisis ecológica y económica mayor. Stern insiste en el hecho de que la crisis ambiental anunciada tendría graves consecuencias económicas: en el peor de los escenarios posibles, la economía mundial podría contraerse un 20 por ciento. Sería mucho más barato evitarlo, añade Stern: solo pediría un gasto equivalente al uno por ciento del producto mundial bruto.

    Pero cada vez hay gente que se plantea que hace falta ir más allá, que hay que poner en cuestión al modelo actual de producción y de consumo, reducir la actual “voracidad energética”, y contener la demanda de energía. En este sentido, Ramon Folch ha señalado que “La energía fósil está en el centro del debate. Una energía fósil que se agota a marchas forzadas, además. Doble problema, pues. Cuando un recurso se convierte en escaso, cambiar de proveedor no garantiza gran cosa. Que ante el cambio climático y del progresivo agotamiento del petróleo hayamos girado la vista hacia las energías renovables es una medida prudente, pero del todo insuficiente … El planeta tiene todavía reservas de gas y de carbón para un par de siglos, pero nuestro sistema socioeconómico seguramente no soportaría la conmoción climática que generaría su total combustión en tan poco tiempo”.

    Si bien las fuentes alternativas de energía renovable están cada vez más al alcance, su uso tendría que crecer a un ritmo extraordinario (muy improbable) para hacer frente al aumento continuo de demanda energética. La conclusión es que hace falta una estrategia orientada no solo a desarrollar las energías renovables sino también a reducir el uso de la energía. Persuadir las opiniones públicas es, en este sentido, una cuestión primordial, porque ningún gobierno podrá imponer los necesarios cambios de modelo de consumo y producción sin un ancho apoyo público. Las ideas básicas de este necesario cambio social son: 1) el riesgo de un cambio climático es muy serio y está aumentando; 2) Puede tener consecuencias muy directas y dramáticas (algunos dicen catastróficas) para nuestras sociedades; 3) Estas consecuencias pueden ser precavidas sólo si los gobiernos desarrollan acciones inmediatas para reducir las emisiones, desarrollar la producción de energía neta y renovable, y se produce una evolución rápida hacia formas de consumo y producción que reduzcan la demanda energética. “Nos hacen falta las energías renovables y necesitamos más eficiencia transformadora”, dice Ramon Folch,” pero sobre todo tenemos que ser capaces de contener nuestra demanda. Esta tercera pata es decisiva. Decisiva, simple y difícil. Topa con el egoísmo y la pereza. Costará conseguirla. Es imprescindible”.

    Plantea, añadiríamos nosotros, la necesidad creciente de “otro mundo posible”, de un ciclo de reformas globales en sentido socialista. Surge aquí la profecía del socialista chileno Viera-Gallo: “el socialismo solo puede llegar en bicicleta”.

    * Sobre la cuestión, ver el dossier “Climate change: En guide for the perplexed” de la revista New Scientist.
    * El informe de Nicholas Stern sobre las consecuencias económicas del cambio climático se encuentra aquí.


    [1]
    Para conseguir que las energías renovables suministraran el 75% del total a unos 40 años vista se necesitaría un crecimiento de las mismas de un 10% anual.

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