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    ¿Hay que estar contra la riqueza?

    Publicado por Raimon Obiols | 27 Octubre, 2007


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    Walter Veltroni, que ha sido elegido hace unos días nuevo líder del “Partito Democratico” italiano (en unas primarias que dicen que movilizaron tres millones y medio de personas, cifra impresionante), afirmó, en el acto de presentación de su candidatura: “no estoy contra la riqueza sino contra la pobreza“.

    Se puede estar de acuerdo si se tiene en cuenta que cuando se quieren ganar elecciones y se quiere gobernar no se tiene que alarmar a nadie y, sobre todo, no se tienen que dar pretextos para contraataques demagógicos de la derecha. La izquierda de gobierno hace bien de asumir, en este sentido, unos planteamientos “business minded” (para usar una expresión que gusta a Pujol).

    Ahora: yo (que no me planteo, al menos en primera persona, objetivos electorales y de gobierno), quizás me puedo permitir decir, sin caer en la demagogia, que hay que estar contra aspectos concretos de la riqueza en el mundo actual (que sí es demagógico, en el sentido que utilizaba hace años Fernández de Castro cuando hablaba de “la demagogia de los hechos“).

    Por ejemplo: hay que estar en contra del hecho “demagógico” de la realidad que señala Jacques Attali cuando dice que, según sus cuentas, “ochenta y ocho familias en el mundo poseen el equivalente del patrimonio del conjunto de los chinos“, que son unos 1.300 millones de personas (El dato es, creo recordar, del informe del PNUD de 1999). 

    Un profesor de Harvard, Howard Gardner, ha afirmado que “cuando un joven gestor de fondos de inversión puede llevarse a casa una suma que recuerda el PIB de un país pequeño, algo no va bien. Cuando un empresario puede acumular dinero suficiente para comprar un país, hay algo que va realmente mal . Es imposible negar que el fundamentalismo de mercado ha llegado demasiado lejos“.

    Gardner propone (me parece que con ironía y sin demasiadas esperanzas) “dos maneras modestas y generosas para cambiar esta situación“. En primer lugar, “no se tendría que permitir que una persona pueda llevarse a casa una cantidad más de cien veces superior a lo que gana un trabajador medio de su país en un año“. En segundo lugar, propone que, de la misma manera que se fija un salario mínimo, haya también un patrimonio transmisible máximo (que él sugiere fijar, en los EE.UU., en 200 millones de dolares). “El resto“, dice, “tendría que ir a causas humanitarias o al gobierno“. Algunos consideran que esta relación de 100 en 1 que Gardner propone en los emolumentos es muy elevada, y recuerdan (también con ironía, teñida de nostalgia) que Henry Ford había hablado, en su tiempo, de una proporción de 40 a 1.

    Ya me excusaréis si estos comentarios os parecen “demagógicos“. Escribo esta nota desde Guatemala, donde el espectáculo de la riqueza es tan obsceno como el de la pobreza. El economista Robert Frank ha hablado de un fenómeno actual que llama la “fiebre del lujo“. Y ha señalado algo que me parece evidente: la intensidad de esta “fiebre” varía enormemente, y viene determinada por el nivel de desigualdad económica existente en cada país. En sociedades relativamente igualitarias,  la codicia y la obsesión por la acumulación y el lujo son fenómenos relativamente menores. Pero cuanto más se amplía la distancia entre los que tienen menos y los que tienen más, éstos últimos tienden a perder toda contención. Guatemala es un buen ejemplo. También los Estados Unidos: si queréis un ejemplo y tenéis un poco de tiempo, mirad estas tablas sobre los emolumentos de los altos ejecutivos norteamericanos y sus incrementos anuales.

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