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    Los cuatro principios de Tarradellas

    Publicado por Raimon Obiols | 23 Octubre, 2007


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    Alguna vez me he preguntado qué debía pensar el president Tarradellas durante las inacabables tardes de invierno de los años 50 o 60 del pasado siglo, en su exilio de Saint Martin-le-Beau, cuando se hacía de noche y el teléfono no sonaba. Elegido en 1953 presidente de la Generalitat por los parlamentarios, en México, había dicho que regresaría a Catalunya como president y solo como president. En Barcelona y Madrid, los enterados se reían a carcajadas, y los años iban pasando.
    No sé qué pensaría Tarradellas en esos momentos, aunque puedo imaginármelo. Pero sí puedo constatar que una situación tan propicia al desánimo y a la neurosis produjo sin embargo unos excelentes resultados. No solo porque la batalla, la suya y la nuestra, por el retorno del president al Palau de la Generalitat se ganó, contra el pronóstico de todos los realistas y todos los espabilados. No solo porque así se enlazaba, con honor, la legalidad republicana que el franquismo quiso destruir para siempre con la nueva legalidad surgida de la voluntad popular en las elecciones de 1977. También, porque la personalidad de Tarradellas maduró magníficamente en su penoso exilio, como un buen vino, de modo que su retorno a Catalunya, el episodio más puro y luminoso de una transición en claroscuro, fue el retorno de un president sabio.

    LA SUYA ERA una sabiduría tan simple y sólida que no me resulta difícil resumir. Descansaba, a mi entender, en cuatro principios. El primer principio era una “cierta idea de Catalunya”, una concepción no esencialista ni identitaria de la nación. Como decía Joan Reventós, “su visión de Catalunya era la del conjunto de ciudadanos y ciudadanas que vivían en el país, por encima de ideologías, idioma o cultura de origen”. El “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!” pronunciado desde el balcón de la Generalitat, la tarde de su regreso, condensaba en extremo esta concepción democrática, en un mensaje que fue captado inmediatamente por el grueso de la opinión pública. El segundo principio es el de la necesaria unidad: Catalunya es un país suficientemente grande para que quepamos todos, y suficientemente pequeño para que nos necesitemos los unos a los otros. Es un país que no puede permitirse el lujo de las confrontaciones y divisiones internas. Tarradellas repetía así, incansablemente, una idea obvia y difícil de practicar: la unidad nos hace fuertes y la división nos lleva a la ruina.

    El tercer principio de Tarradellas es la necesidad de una gestión no partidista de las instituciones nacionales de autogobierno, sustentada en la seriedad personal, la excelencia profesional, el rigor administrativo e institucional y un máximo respeto a lo que llamaba “liturgia del poder”. La Generalitat era Estado, no podía ser patrimonio de ningún partido, tenía que ser de todos, igual que Catalunya era también de todos sus ciudadanos y ciudadanas.

    El cuarto principio es, finalmente, la práctica de un determinado estilo político, de un cierto “modo de hacer las cosas”, que en su caso derivaba de la experiencia de las pésimas consecuencias políticas que siempre se desprenden de las retóricas desatadas y de las huidas hacia adelante. El president Tarradellas era ciertamente, como escribió Josep Pla, un homenot “antisentimental, antiefectista y antidemagogo”. Hizo de la firmeza sin gesticulaciones y de la tenacidad a toda prueba un determinado estilo de conducta que demostró ser de un elevado rendimiento político. Quizá se necesitaron muchas tardes de invierno para forjar ese carácter. En cualquier caso, el resultado fue espléndido y también la lección que de ella se desprende todavía hoy. La trayectoria de Tarradellas nos dice que la voluntad política puede hacer milagros, y que el ridículo lo acaban haciendo siempre los escépticos, los que siempre están de vuelta, los excesivamente prudentes y los exasperados. Pero nos dice también que con la voluntad política no basta, que hay que mantenerla y ejercitarla dentro de unos límites marcados por la autocontención de las conductas individuales y colectivas, por el realismo de la inteligencia y por la evaluación permanente, no solo de la justedad de nuestras posiciones, sino también de las consecuencias que se desprenden de nuestros actos.
    Tarradellas era un gran tenaz, como lo demuestra su aventura vital y su trayectoria política; pero su obstinada determinación no era la del “fiat justitia ruat caelum” (que se haga justicia aunque todo se hunda). Tarradellas no era un obseso sino un obstinado inteligente y consecuencialista. Era un gran político, un estadista.

    DESEARÍA CREER que el legado del viejo president es una memoria que sigue viva en Catalunya. No estoy seguro: han pasado muchos años, y se dieron mucha prisa en enterrarlo. Pero fíjense que he querido comentar estos cuatro principios del president Tarradellas en tiempo presente. Es porque creo que nos son más necesarios que nunca. Y que en cualquier caso pueden servir, a los que deseen hacerlo, como vara de medir, para calibrar, más allá de las confrontaciones y las anécdotas del día a día, las cosas verdaderamente importantes del presente y el futuro de nuestro país.

    Raimon Obiols
    El Periódico de Catalunya, 23/10/07

    Categorias: General, Política catalana, Semblanzas | Sin Comentarios »

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