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CARTA A LULA
LUIS DE SEBASTIÁN
Article publicat a El País, el 17 de gener de 2003
Señor
presidente:
Soy
uno de tantos ciudadanos españoles que se ha alegrado inmensamente por su
triunfo electoral. Quisiera con toda mi alma que pueda usted hacer de Brasil
y, por contagio, de toda América Latina una tierra más próspera y más
justa. Pero tengo miedo.
Llevo
más de cuarenta años observando, estudiando y viviendo los esfuerzos de
los pueblos de América Latina para superar la opresión y la pobreza, y mi
experiencia se interpone como una sombra ante mis ojos cuando trato de mirar
al futuro. Viví muchos años en El Salvador, donde casi dejo mi piel por
ponerme del lado de aquellos que le han elegido a usted. Luego fui empleado
del Banco Interamericano de Desarrollo y en esa capacidad trabajé en Brasil
y pude formarme una opinión técnica sobre la complejidad y los
desequilibrios de su economía. Ahora le escribo porque, en medio de mi
entusiasmo por su victoria, me asalta el miedo de que la oligarquía
tradicional, ese 5% de la población de Brasil que posee más de la mitad -¡Dios
sabe cuánto!- de la riqueza del país y que recibe cada año el 60% de su
renta nacional, no le deje llevar a cabo sus proyectos de reforma social.
Recuerdo
que, cuando el presidente Allende comenzaba a poner en marcha su experimento
reformista en Chile, un padre jesuita, que entonces apoyaba a la Unidad
Popular, pasó por nuestra universidad en El Salvador a explicarnos el
proyecto. Después de oírle entusiasmados, uno de los profesores, sin duda
"maleado" por la experiencia política de Centroamérica, le
preguntó con toda ingenuidad: "Pero ¿ustedes no temen un
golpe?". El jesuita chileno le miró con una cierta superioridad rayana
en el desprecio y respondió: "Hombre, Chile es una democracia madura.
No estamos, con perdón, en una república bananera". Meses después
supimos que sí lo estaban. ¿Entiende mis temores?
En
El Salvador, el país más pequeño de América Latina, donde los fenómenos
sociales se dan a escala reducida y, por lo tanto, son más fáciles de
observar y analizar, aprendí de primera mano cómo piensa, analiza,
conspira y actúa una oligarquía. La oligarquía de Brasil, a la que usted
va a tener que enfrentarse para desarrollar su proyecto, será más amplia,
compleja, sofisticada, política y negociadora que la de El Salvador en los
años setenta, pero en el fondo no es diferente. Como no lo es la de
Venezuela. A sus miembros los mueven los mismos estímulos: la avaricia, un
desmedido apetito de poder, la decisión de mantener íntegros sus
posesiones y privilegios, y una determinación extrema para defenderlos
hasta sus últimas consecuencias. Por eso las oligarquías latinoamericanas
-y la brasileña no es excepción- han resistido con éxito todos los
intentos de cambio social, originados tanto en el centro como en la
izquierda. La "sociedad dual", de la que Brasil es un ejemplo
eximio, se mantiene intacta a través de los tiempos.
La
oligarquía brasileña ahora no tiene prisa, porque, aunque usted haya
ganado las elecciones presidenciales, ella conserva bien agarradas las
palancas del poder real, que es el poder económico. Además, usted no tiene
mayoría en el Congreso y ellos están contando y reorganizando sus fuerzas
para hacer una oposición decisiva cuando llegue el momento. Ya habrán
comenzado a estudiar uno a uno a los componentes de su Gabinete y de todo su
equipo técnico de gobierno, para detectar quiénes pueden ser más
"accesibles" y más "razonables".
Su
primera estrategia será, como ya lo estamos viendo, la co-optación. Tratarán
de borrar las enormes diferencias que separan las demandas de sus electores
de los proyectos que ellos estarían dispuestos a aceptar. Alabarán su
moderación y su sensatez con la esperanza de llevarle poco a poco a aceptar
que la defensa de los intereses oligárquicos es una tarea propia del buen
gobierno. Le dejaran hacer gestos progresistas, como el de renunciar a la
compra de aviones de guerra, lo cual no les afecta realmente, y le apoyarán
si toma medidas para aumentar la seguridad ciudadana, combatir la mendicidad
en las calles y aliviar la miseria más visible de las grandes ciudades.
Respaldarán probablemente su posición negociadora sobre el Tratado de
Libre Comercio para América Latina (ALCA), porque asegura a las empresas
brasileñas la protección de que ahora gozan, y en el fondo, porque saben
que los Estados Unidos no tienen un interés vital en que el tratado
funcione. Le aplaudirán los gestos, un tanto desesperados, de su Gobierno
para renegociar la deuda externa, siempre que no mencione su rechazo, porque
la mayor parte de ella es privada, consiste en bonos y en todo caso será
muy difícil de renegociar. En resumen, que, al principio, la oligarquía le
puede dar la impresión de que está con usted.
Pero
en cuanto toque, o pretenda tocar, la propiedad de la tierra, o la del suelo
urbano, los impuestos, la seguridad social, las leyes laborales, y en
general, en cuanto pretenda imponer las medidas redistributivas que son
normales en las economías de mercado socialmente avanzadas, tendrá que
enfrentarse con ella. No lo dude. Si en casi doscientos años de
independencia no ha permitido que se hiciera nada para eliminar las
condiciones feudales o semifeudales en que vive una gran parte de la población
brasileña, ¿por qué lo van a hacer ahora precisamente, cuando se ha
acabado la guerra fría y ya no existe el peligro de una revolución armada
como la bolchevique?
Cuando
llegue ese momento, la oligarquía emprenderá el conocido camino de las
campañas de prensa, la desestabilización económica, el bloque
parlamentario, las movilizaciones y caceroladas de sus servidores, los
ruidos de sables, los cierres empresariales y todo lo que haga falta para
dar la sensación de desgobierno e ingobernabilidad, que prepare el camino a
otras elecciones o a un golpe de Estado cruento o incruento. Lo hemos vistos
tantas veces... La incógnita aquí estaría en la actitud de los Estados
Unidos, porque ya no pueden temer que Brasil se alinee con la desaparecida
Unión Soviética. Pero pueden temer una unión suya con Chávez y Castro
para limitar el poder económico norteamericano en el continente. Puede que
no les guste y pongan en movimiento sus peones especializados en la subversión
de regímenes elegidos popularmente. Amigo Lula, no pierda de vista a los
militares, que en toda América Latina constituyen la quinta columna del
imperio.
Le
espera una dura lucha. A sus seguidores hágalos ver que la esperanza no es
incompatible ni con la paciencia ni con la prudencia que se necesitan para
gobernar. No deje que nadie corrompa a su Gobierno ni a los altos cargos de
la Administración, porque la corrupción, con el fanatismo y la soberbia de
las vanguardias, son el cáncer que puede corroer por dentro su proyecto de
progreso. Organice a las bases que le han encumbrado a la presidencia para
que defiendan los proyectos que les benefician. Negocie con decisión y
fuerza con los poderes económicos y hágalos ver que una desestabilización
de la economía brasileña (por medio de una fuga de capitales, por ejemplo)
sumiría al país en una crisis financiera de graves consecuencias para
todos.
En
fin, señor presidente, le deseo mejor suerte que la que tuvieron Arbenz,
Allende, Torrijos, Bishop -y ahora está teniendo Chávez- y la de todos los
gobernantes reformistas, cuyos proyectos cayeron víctimas de "la
alianza contra el progreso" entre las oligarquías nacionales, los ejércitos
herodianos, las multinacionales y los agentes de la guerra fría.
El
mundo entero le contempla lleno de esperanza. No nos defraude. Y si una vez
más tratan de impedir que algo cambie en Brasil, le prometo unirme a la
movilización universal que se dará en defensa de su proyecto democrático
de progreso y reforma.
Suyo
afectísimo.
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