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Josep Fontana,
director del Instituto Universitario Jaume Vicens Vives acaba de publicar
La
construcció de la identitat (La construcción de la identidad),
Editorial Base, Barcelona, 2006. Un volumen que reúne unos textos de
distinta procedencia y que tienen en común que abordan temas de actualidad.
Desde la polémica
del Estado-nación hasta la globalización o la historiografía sobre el 23 de
febrero de 1981 y la transición española. Los escritos, son por encima de
todo, una reflexión sobre la historia y la función del historiador. Sobre
las posibles manipulaciones del pasado con voluntad de dominación en el
presente y en el futuro. Propone para hacerle frente la revisión constante
de la historia.
Pregunta.
Este libro presenta distintas cuestiones. Una de ellas parece muy
actual: el debate sobre el Estado-nación.
Respuesta.
Esto del Estado-nación es una cosa que me angustiaba y me angustia, porque
aún estamos con todo este asunto de si España es la nación. Se está usando
de una forma siniestra. Intentaba decir algo que me parece necesario: que
la nación nace de un sentimiento compartido. Aquí no hay legislación que
valga. La prueba es que ese sentimiento, en Cataluña, sobrevivió a todos
los años de prohibición del franquismo sin que quedase mínimamente
afectado. En cada hogar se perpetuaba la sensación de pertenecer a una
comunidad con la que tenías cosas en común y a la que querías pertenecer.
Ni la Constitución ni el Estatut tienen nada que decir al respecto.
Cuestión aparte son las funciones que pertenecen al Estado.
P.
Lo que
parece una crítica a algunos aspectos de la polémica acerca del Estatut.
R.
Yo diría
que debería criticarse el hecho de que seguimos usando todos los elementos
separadores y agresivos que la teoría del Estado-nación ha generado. Y que
ha causado millones de muertes totalmente innecesarias. La gente debe
entender que el Estado plurinacional no es una forma de utopía del futuro,
sino la forma natural de vivir. Lo fue hasta que, a finales del siglo XVIII
y principios del XIX, a determinadas finalidades convino otra cosa.
P.
¿Así pues las naciones son unidades de convivencia?
R.
Son
unidades de convivencia. Nacen más del sentimiento de la gente que de
ninguna otra cosa. Estos sentimientos compartidos a veces se basan en la
lengua, pero no siempre, ni únicamente. La lengua no se convierte en
elemento definidor hasta el siglo XIX. Con el romanticismo. Aquí, durante
la guerra, mucha gente se expresaba en castellano y no pasaba nada. El
bilingüismo era algo perfectamente común. Pero había cosas, en conjunto,
que era lo que los hombres definían como sus derechos y libertades, la
existencia de unas reglas políticas y unas formas de organizarse y de vivir
que satisfacían sus intereses. Los de arriba, en la medida que les iban
bien y garantizaban el desarrollo económico, pero también los de abajo, las
compartían como algo que los caracterizaba. Eso era el núcleo del hecho
nación. Después llega un poder que liquida esta nación, pero la gente
sigue con la sensación de comunidad. Y la prueba de que no es necesario que
haya un apoyo político para que exista el sentimiento de comunidad es que
con el final del franquismo la gente no precisa ser adiestrada en el
sentido de pertenecer a una nación catalana. El Estado es otra cosa.
P.
Por el
contrario el Estado…
R.
Para la
idea del Estado es esencial pensar en el contrato social. Hay obligaciones
y derechos, y esto puede negociarse perfectamente. De hecho, la mayoría de
cosas que se negocian con el Estatut guardan más relación con el Estado que
con la nación. Lo peor es que aún es posible manipular estos sentimientos
con todo el trasfondo que tienen de prejuicios y de aspectos que más
valdría dejar muertos y no removerlos.
P.
Manipular sentimientos es más fácil que actuar con la razón.
R.
Es más
fácil, en la medida en que entraña no solamente el sentimiento que uno
puede formular, sino también aquellas zonas obscuras donde están los
prejuicios que uno normalmente no expresaría, pero que, cuando lo pinchan,
saltan. El anticatalanismo no ha nacido hoy, ni lo ha creado el PP; nace de
un trasfondo sembrado de todo tipo de prejuicios,
malentendidos y manipulaciones que, cuando rascas, afloran. La primera vez
que se discutió sobre los papeles de Salamanca fue en una Junta de
Archivos. A mi me había nombrado la última ministra socialista y de momento
Esperanza Aguirre no había tocado nada. Después sí, nos echó a todos.
Estábamos discutiendo y teníamos el sentimiento de que era preciso devolver
todos aquellos papeles, con la anuencia de gentes como Antonio Elorza o
Santos Juliá, de origen castellano pero que estaban de acuerdo en discutir.
Entonces intervino un humanista y dijo que no estaba de acuerdo, porque a
“los catalanes, cuando les dan una cosa, se lo llevan luego todo”. Esto no
era un sentimiento razonable; nacía del fondo, de una cloaca que todos
llevamos dentro.
P.
En su
libro habla del nacionalismo como de un antídoto contra el universalismo
socialista.
R.
¿Qué se
entiende por socialismo? Tengo un amigo que es un historiador checo. Una
persona espléndida. Nunca fue miembro del partido y vivió de forma modesta.
Después de la revolución de terciopelo, me explicaba las cosas y los
problemas, cómo habían aumentado los alquileres, etcétera. Y añadía: “Pero
yo, aún me siento socialista”. ¿Qué quería decir? Una cosa que no
deberíamos olvidar: el nombre propio, legítimo, de socialismo debería de
corresponderse con aquella aspiración que desde comienzos del XIX sentía
mucha gente por una sociedad más igualitaria y más justa. No es preciso
asociarle definiciones como la propiedad estatal de los medios de
producción. Que ahora no esté de moda y que el término socialismo
haya sido prostituido, no quiere decir que no haya cierta legitimidad para
pensar que se puede organizar la sociedad de una forma más equitativa.
P.
Usted
propone revisar la historia.
R.
La idea que tanto escandaliza al PP de revisar la historia… ¡Claro que hay
que revisar la historia! ¡Constantemente! Por muchas razones. En primer
lugar para eliminar errores y abusos.
P.
¿Hay muchos abusos?
R.
En la
Editorial Crítica estamos a punto de publicar un libro de Jeffrey Reagan
(quien ya había escrito una historia de la incompetencia militar, también
publicada en Crítica) que llevará por título Guerras, políticos y
mentiras, donde denuncia la enorme cantidad de mentiras a las que da
cauce una historia dirigida desde arriba. Y hay otro libro, Les mentides
que m’explicava el meu mestre (Las mentiras que me contaba mi maestro),
que relata los problemas que tienen los profesores norteamericanos
presionados por el entorno social, no por el gobierno. Se sienten obligados
a exponer una versión no conflictiva. No pueden abordar cuestiones como la
bomba atómica, o Vietnam, porque provocan protestas de los padres. Aquí, si
uno toma la historia académica al uso, verá que se puede hacer un listado
de los amantes de Isabel II e inferencias razonables sobre la identidad del
padre de sus hijos. En cambio, no se dice nada de un fenómeno importante
que se produce a mediados de siglo: la caída de los salarios reales y del
nivel de vida de los campesinos, variables que explican que en 1868 los
insurgentes tuvieran el apoyo de grupos campesinos descontentos. Los libros
no hablan de eso; sin embargo, entran en averiguaciones sobre la identidad
del padre de Alfonso XII o del de la Xata.
P.
En su
libro hay una referencia constante a la idea de progreso.
R.
Es un
elemento que ha tenido una función clave en el eurocentrismo y en la
legitimación del imperialismo. Es la idea de que hay un hilo conductor que
va del hombre de las cavernas al norteamericano de hoy. Una idea falsa; no
hay un camino, sino muchos. Y no parece que el que gana sea el mejor. En
1936 se produce en España una ruptura que impide que lo que representaba la
II República, un intento de reformismo, con escolarización, tenga éxito, y
triunfa contrariamente lo que en aquellos momentos tiene el apoyo de las
potencias fascistas, y el apoyo pasivo y la simpatía de Estados Unidos,
Gran Bretaña, etc. No es verdad que el ganador sea el mejor. Es el más
fuerte. No siempre la opción triunfadora es la mejor. Romper con esta
imagen del progreso es conveniente por muchas razones, entre otras, porque
servía para justificar la responsabilidad del hombre blanco. Es decir, la
legitimidad de la empresa civilizatoria del hombre blanco europeo en las
colonias. No gratis, naturalmente. En las colonias africanas francesas, el
trabajo obligatorio no se abolió hasta 1945, y se abolió por la resistencia
de los indígenas. Aún hoy tenemos a los norteamericanos yendo al Oriente
Medio a llevarles la democracia. Hay progresos, naturalmente, pero también
retrocesos. Yo tenía un gran afecto por Ramón Carande, y una vez un
periodista le dijo: “Don Ramón, resúmame usted en dos palabras la historia
de España”. Y don Ramón le dijo: “Demasiados retrocesos”. Es como aquellos
versos de Jaime Gil de Biedma, que dicen que “de todas las historias de la
historia, la más triste es la de España porque termina mal”. Hay cosas que
se ganan, y cuando se ganan ya no se pueden arrebatar a la gente. Eso es
evidente.
P.
Esto
rompe también la propuesta del fin de la historia…
R.
La
historia es el producto de las luchas humanas. El producto de la acción
colectiva. Con batallas ganadas y batallas perdidas. La idea del fin de la
historia es la consecuencia del progreso lineal. Fukuyama. Se ha
demostrado, dice, que el ideal es la sociedad liberal-capitalista. Yo
tengo, en cambio, una perspectiva de caminos distintos, con enfrentamientos
y opciones que conducen a una línea que no está legitimada por el solo
hecho de imponerse.
P.
Su libro incluye una visión personal de la transición, y explica por qué
dejó el PSUC…
R.
Lo
explico de forma anecdótica. Aquel día decidí que no me seguirían tomando
el pelo.
P.
Quizá
porque a la izquierda la honestidad se le supone.
R.
Es muy
difícil decir qué es esto de las izquierdas. Para mi ser de izquierdas
quiere decir no estar nunca contento con la situación del momento. Porque
obviamente es mejorable. Ir contra corriente y ser siempre una persona que
molesta. Si la izquierda está en el poder, es más difícil. A menudo, cuesta
entender que una determinada izquierda es de izquierdas. A mí me cuesta
mucho pensar que el señor [José] Bono pertenece a un colectivo de
izquierdas. A veces descubres con cierto espanto que los políticos acaban
asumiendo lo que hacen como si de una mera profesión se tratara, que ven su
actividad como la representación de un papel. Todos son, entonces, colegas.
Quedé estupefacto cuando escuché a un ministro socialista hablar de Fraga
como de un colega. Una cosa así da que pensar; es como si realmente
terminaran por considerarse más allá del bien y del mal. La función de una
persona de izquierdas es mantener una actividad crítica. No solamente para
tocar las narices. Hay que ser conscientes, por decirlo en términos
gramscianos, de que el entorno es mejorable. Y por tanto, la satisfacción y
la complacencia son ilegítimas para una persona con una actitud de este
tipo. Hay que criticar lo que está mal y crear consciencia alrededor, el
material más escaso, y aún más en esta sociedad nuestra que en la de hace
50 años: conciencia crítica colectiva.
Josep Fontana
es catedrático de Historia y dirige el Instituto Universitario de Historia
Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Maestro
indiscutible de varias generaciones de historiadores y científicos sociales
españoles, investigador de prestigio internacional e introductor en el
mundo editorial hispánico, entre muchas otras cosas, de la gran tradición
historiográfica marxista británica contemporánea, Fontana fue una de las
más emblemáticas figuras de la resistencia democrática al franquismo y es
un historiador militante e incansablemente comprometido con la causa de la
democracia y del socialismo. Josep Fontana es miembro del Consejo Editorial
de SINPERMISO.
Traducción para
www.sinpermiso.info:
Daniel Raventós
Quadern, suplemento catalán de El País, 23-3-2006 |