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MARAGALL: CAMINO A LA SOBERANÍA MÍNIMA XAVIER
RUBERT DE VENTÓS ¿Me
permitirán una pizca de psicología de baratillo? Oigo hablar tanto de quién
es, de cómo es Pasqual Maragall, que se me ocurre apuntar algún rasgo de su
personalidad que no es quizás tan notorio. Yo siempre he pensado que no debería
nunca darse el Poder a aquellos tan neuróticos o tan inseguros como para
necesitarlo. Lo malo es que son esos necesitados, ellos precisamente, quienes
con más ahínco pugnan para conseguirlo. ¿Pero es imposible imaginar un mundo
donde se dedicaran a la política aquellos a quienes no hace falta; aquellos
que no precisan doblegar a los otros para creer en sí mismos, y que pueden
contemplar el mundo con el "desinterés" estético y el "interés"
ético de quienes no necesitan mandar
para saber que existen? Hegel
respondió que no es posible: que se trata de un círculo vicioso insalvable
-estructural, diríamos hoy- ya que el amo sólo se puede saber y sentir amo en
la medida en que doblega la libre voluntad del siervo. La única cura de las
vejaciones que desde niños hemos sufrido -añadiría Canetti- es transferirlas
a un tercero. Sólo humillando a otro nos aliviamos de las humillaciones que
arrastramos y que, de otro modo, nunca acabaríamos de digerir. De ahí la
importancia de encontrar un sujeto paciente o recipiente (el hijo, la mujer, el
subalterno) en quien transplantar esas banderillas que nos siguen escociendo
los lomos. La
casualidad hizo que el tiempo en que yo leía a Hegel y a Canetti visitara casi
cada noche la casa de Jordi Maragall. Y la experiencia en aquella casa dio al
traste con todos mis intentos de verificar la teoría hegeliana. En mi propia
familia aún se podía decir, quizás, que mi padre era el
amo. En casa de Maragall, en cambio, la especie no existía. Ni se olía.
Allí no había amos. Y como la propia teoría de Canetti sugiere, eso del amo
es un virus de transmisión exosomática. El
caso es que Pasqual Maragall no conoció la imagen o modelo del amo y su
"voluntad de poder". En el margen de un libro de Nietzsche, que yo
guardo, su padre había escrito estas palabras: "¿Voluntad de poder... o
de saber... o de querer? ¡Qué va, eso no son voluntades, son afecciones! Y
Dios nos libre de que la primera se nos coma a las demás hasta hacerse monográfica".
Yo
creo que Pasqual Maragall guarda esta especie de temor y de pudor frente al
poder, al propio y al de los demás. A menudo le he oído decir que, más que
prodigar leyes, convendría favorecer usos, códigos de conducta, sistemas de
convivencia, convenciones tácitas... De ahí, quizás, que los mandatos de
Maragall a su gente tengan siempre algo de elíptico o de subjuntivo. Por eso
dicen algunos que no le entienden. ¡Pues claro que no le entienden!
Acostumbrados como están a oír y obedecer órdenes o consignas, no caen en la
cuenta que los imperativos de Pasqual son más bien meditaciones o reflexiones
que exigen precisamente eso: ponerse en disposición de reflejar las cosas
mismas; de sintonizar las geodésicas políticas con las necesidades más
cotidianas de la gente. A eso se refiere cuando habla de su "nacionalismo
práctico". A eso y a su empeño en crear un escenario donde el eventual
sentimiento español de los catalanes deje de estar secuestrado, como los
papeles del 36, en los archivos de la meseta, y donde la asociación con España
sea no sólo libre y creíble, sino también querible.
Aunque todo esto, claro está, es todavía como pedir la luna de Madrid, más
fantástica aún que la propia luna de Valencia. Decía
que la casualidad -por no decir el destino- parece estar poniendo delante del
país a ese hombre voluntarista y tozudo a quien, sin embargo, no le gusta el
poder puro y duro; un hombre que no lo ha buscado, sino que más bien ha huido
de él, hasta encontrárselo entre las piernas y obligado a jugarlo; un hombre
que no necesita mandar, pero, eso sí, que una vez puesto, quiere ganar. ¿Y
para qué quiere ganar alguien que no es precisamente adicto al mando? Yo diría
que para dejarse conducir por la propia realidad del país con la intención de
impulsarla más que estampillarla, de darle ímpetu más que dejar en ella su
impronta. Éste es, en todo caso, su destino, si es cierto aquello de que el
destino es el carácter. Ese mismo carácter o "gracia" que, según
Simone Veil, "es lo único que puede dar coraje dejando la ternura
intacta, o dar ternura dejando intacto el coraje". ¿Que
esto es imposible? ¿Que tanta delicadeza es cosa de pusilánimes? Quizás sí,
pero yo os aseguro que, como se dice de ciertas personas, en apariencia
enfermizas, que "tienen una mala salud de hierro", de Pasqual
Maragall puede afirmarse sin duda que es un "pusilánime de hierro". La
izquierda nacional debe ayudarle en este empuje hacia una Cataluña más como
es, más de todos, más parecida también a lo que puede llegar a ser (con un
AVE, por ejemplo, entre los puertos de Bilbao y Barcelona, para lo que faltarían
sólo 60 kilómetros a la red entre Logroño y Miranda del Ebro, y que tendría
quizá sobre la Península un efecto análogo al del canal de Suez en África).
Hemos de ayudarle, si más no, con la esperanza de que será luego Maragall
quien deberá echarnos una mano en la construcción de nuestra soberanía: de
esa "pequeña soberanía" que les queda aún a los Estados no hegemónicos
luego de que la Internacional Financiera devaluara las soberanías y el Corte
Americano las pusiera definitivamente en rebajas. No
soy un iluso: me estoy refiriendo a una soberanía
mínima, sin duda. Pero una soberanía que sirve a los pueblos para
proyectarse o protegerse, y que Cataluña necesita para responder a los específicos
problemas que nos plantea desde la globalización hasta la inmigración o la
educación. Se trata de retos que no podemos enfrentar con un brazo atado al
federalismo del "máximo común denominador" español, y con el otro
apartado de toda representación vinculante en las instituciones europeas. De
ahí que para ser competitiva (y
solidaria) no le baste ya a Cataluña seguir regateando competencias
(y transferencias): necesita un marco político propio, solvente, competente, y
desde ahí, sólo desde ahí, tan asociado a España como sea posible. Y también
a la Hispanidad, ¡qué caramba! Por
mi parte, sólo espero que esas divagaciones políticas no sean tan de
baratillo como las psicológicas por las que he comenzado. Y que se entienda
por qué, en vez de reclamar la máxima
autonomía que aquí nos regatean, aspiramos algunos a esa mínima
soberanía que hoy en el mundo se prodiga y a la que Maragall deberá
acercarnos.
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