Nou Cicle
 
 
Pàgina d'inici
 

DÍGANOSLO USTED, SEÑOR RAJOY (MARÇ 2006)

 

LUIS ARIAS

 
 

Quiero creer, don Mariano, que no he leído bien una información que daba cuenta de unas declaraciones suyas donde, según usted, las palabras del militar Mena eran la consecuencia de «que algo está pasando», para que ese buen señor se mostrase presto y dispuesto a la salvación de España. Díganoslo usted, señor Rajoy, qué está pasando, qué nos está pasando. Preguntarse algo así, se lo aseguro, es muy orteguiano. Sólo que esta vez sí que sabemos lo que nos pasa. Distinta cosa es que queramos obviarlo.

Mire, yo no quiero creer en fantasmas, en historias que se repiten, etcétera. Pero hay algo que, sin necesidad de ser un erudito en el conocimiento de lo que fue la España de entonces, resulta inequívoco. Si cuando se produjo el Pronunciamiento de Primo, el desprestigio de los partidos era alarmante, en estos momentos la cosa no está mejor. Entiéndame bien, por favor. No hablo de peligros de nuevas dictaduras, afortunadamente impensables, sino de un descrédito de los partidos que es muy, pero que muy inquietante. En los años veinte se desprestigió el liberalismo, no tanto la ideología en sí como las formaciones políticas que lo abanderaban al abrigo de la Restauración canovista. Algo similar sucede ahora con el sistema de partidos, que no con la democracia en sí. Si son máquinas electorales, si no hay una voluntad demostrada legislativamente de modificar la financiación de las formaciones políticas, si estamos convencidos de que se nos obliga a convivir con la corrupción, etcétera, la cosa no es para tirar cohetes.

Pero, verá señor Rajoy, la cosa no se queda ahí. Tampoco hace falta ser un lince para percatarse de la retórica guerracivilista entre los dos grandes partidos. Hay quien dice que el PSOE, tras perder las elecciones en 1996 y en 2000, desenterró los viejos fantasmas de los años treinta. Hay quien dice que en su formación política hay franquistas tanto confesos como inconfesos. Es decir, mutuas acusaciones de utilización de la Historia. Lo que nadie se puede creer, señor Rajoy, es que haya un partido santo, puro y casto que no utiliza torticeramente la Historia, y otro que sí lo hace. Porque incurrir en excesos maniqueos es, además de otras cosas, atentar contra la inteligencia de los ciudadanos.

Díganoslo usted qué nos está pasando, señor Rajoy. Explíquenos por qué en el PP llevan casi dos años sin aceptar que han perdido las elecciones. Ilústrenos acerca de la actitud crispada y crispante de gentes de su partido como los señores Zaplana y Acebes, entre otros. Aclárenos por qué no condena usted sin paliativos la intervención del señor Mena, en lugar de elaborar casuísticas cuyo dedo apunta al Gobierno de Zapatero.
Ve usted terribles peligros para la Constitución, para la unidad de España, para qué sé yo cuántas cosas. Díganos usted por qué no entran en la negociación del Estatuto catalán. Negociar, como bien sabe, no es capitular. No pongo en duda que hay en ese Estatuto cosas inaceptables. ¿Pero de veras considera usted que en ese texto aprobado por el Parlamento de Cataluña abrumadoramente no hay más que despropósitos de principio a fin? Si es así, ¿por qué no se lo explica al país pausadamente? Usted sabe hacerlo, estoy seguro.
¿Qué nos pasa, señor Rajoy, para que busquemos en Azaña y en Ortega entre otros, las referencias principales para el discurso de este presente? ¿Sabe? A figuras así, dada la gazmoñería que vivimos, las vemos de rodillas en la actitud que, según Valle-Inclán, adoptaban los escritores de la Antigüedad con sus héroes y con sus dioses. No hay un solo parlamentario que sepa darnos una lección de Historia como hicieron Ortega y Azaña, cada cual a su modo, en su polémica acerca del Estatuto de 1932.

Desconozco cuáles son sus ideas básicas acerca de la política exterior de España, aunque quiero creer que no son las mismas que las que sostenía nuestro hombre en las Azores, sostenido ahora en una especie de púlpito ideológico que podría definirse, poniéndonos un poco existencialistas, como «la nada siendo».

Me descorazona que acerca del sistema de enseñanza no tenga usted otro discurso que la obligatoriedad de la religión católica como materia evaluable. ¿De veras piensa usted, señor Rajoy, que es ése el principal caballo de batalla para que, también en materia de enseñanza, dejemos de estar en el furgón de cola de Europa?

España es la historia de una angustia, según Américo Castro. Nuestro devenir es una continua anormalidad, al decir de Ortega. La transición no resolvió la cuestión territorial. Dudo que ahora se solucione haciendo su partido de Agustina de Aragón frente a los temibles y anunciados peligros que nos acechan.

Lo que nos pasa, señor Rajoy, no es ni mucho menos achacable exclusivamente a su partido. También al PSOE actual, también al lastre del felipismo, lerrouxismo en estado puro. Pero no es sólo atribuible al Gobierno de Zapatero. Y, en ningún caso, eximente, ni siquiera casuística, de que un militar se pronunciase de la forma en que lo hizo el señor Mena. Ítem más, si el país estuviera al borde de tan infernales abismos, habría que confiar en el entramado jurídico e institucional como contrapeso a desmanes de los actuales gobernantes. Porque no habrá querido decirnos usted que ese «algo que está pasando» debe llevarnos también a desconfiar de los mecanismos de este Estado de derecho que consagra la Constitución de 1978, de la que ustedes dicen ser ahora sus máximos valedores, y a la que, desde su ámbito político, se le pusieron en su momento grandes y graves reparos.

Señor Rajoy, la intervención del señor Mena fue intrínsecamente condenable. Todo lo demás es ambigüedad. Y yo no creo en los demócratas ambiguos y tibios.

Quiero creer que usted y su partido tampoco.

Editorial Prensa Asturiana - 22-01-2006

 
 
Pàgina d'inici
Arxiu |  Escriu-nos |  Qui som