Nou Cicle
 
 
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EL PSOE Y EL FEDERALISMO (SETEMBRE 2003)

 

LUIS ARIAS

 
 

Artículo publicado en La Nueva España, el 5 de septiembre de 2003

La angustia española de los subnacionalismos y los separatismos no tendrá alivio mientras los capítulos de agravios y dicterios no cedan el paso al examen estricto de cómo y por qué fue lo acontecido. El convivir de los individuos y las colectividades se basó, en Occidente, en un almohadillo de cultura moral, científica y práctica, pues en otro caso hay opresión y no convivencia. Castilla no supo inundar de cultura de ideas y cosas castellanas a Cataluña, como hizo Francia con Provenza y luego con Borgoña» (Américo Castro, «Cervantes y los casticismos españoles»).

Verá usted, señora Alberdi, su partido no es históricamente centralista. Eche un vistazo a las proclamas del PSOE en la transición y se encontrará con un fuerte desmentido a sus palabras llamando el otro día al orden al plan de Maragall. La forma en que se estructura el PSOE como partido tiende más al federalismo que al centralismo. No pretendo con esto erigirme en defensor del plan Maragall, entre otras razones, porque desprende un indisimulable e inevitable electoralismo. No obstante, a estas alturas, usted debería saber ya que el llamado Estado de las autonomías no ha resuelto el problema de los nacionalismos, y, así las cosas, atrincherarse en la negación de la evidencia nunca es la mejor política posible.

Mire, doña Cristina, le pediría un mínimo de sutileza. Usted fue ministra del Gobierno González cuando éste pactó con vascos y catalanes. En aquellos años, el PP les acusaba de poner en peligro la sacrosanta unidad de España por un puñado de apoyos parlamentarios. En el 96, tras la victoria pírrica de Aznar, era el PSOE el que hacía la misma crítica. Luego, llegó Zapatero con su «patriotismo constitucional», al que usted parece adherirse. Pablo Iglesias fundó y concibió esta formación política por patriotismo, y no como instrumento de una sociedad más justa. ¡No me hagan reír!

Patriotas constitucionales con respecto a una Carta Magna que se aprobó con ciertos condicionamientos, en especial, sobre la forma de Estado, de los que ustedes nunca quisieron acordarse. Hablo, por ejemplo, doña Cristina, de republicanismo, asunto sobre el que se pronunció el PSOE cuando se elaboraba la Constitución, aunque fuese con la boca pequeña y luego lo retirase.

Doña Cristina, ¿por qué hay tantas preclaras personalidades socialistas entre las que usted se encuentra que tienen tanto miedo al federalismo? Se cumplirán en diciembre 25 años de esta Constitución monárquica. ¿Republicanismo y federalismo siguen siendo anatema para ustedes, continúan entonando el vade retro tan pronto se pronuncian semejantes palabras irreverentes a más no poder?

Ahora que la religión católica pasa a ser materia evaluable en la Enseñanza Secundaria, ahora que el llamado Estado de bienestar está cada vez más en peligro, ahora que el PP se está mostrando cada vez más derechista, su mayor desvelo es que todo siga como está en el Estado de las autonomías. Antes una España del PP que una España rota. De roja, no hablemos ya, desde «el abrazo aristocrático» de los primeros años del felipismo.

Me gustaría vivir en un país donde la vertebración territorial y política no fuese un conflicto permanente. Pero eso no se logrará desde posturas como la suya. La tozudez más estúpida de todas es la de oponerse la realidad, que es lo terco por definición. Y ustedes están instalados en ella desde hace ya demasiado tiempo.

Doña Cristina, no permita, por favor, que su afán de notoriedad le juegue tan malas pasadas. Y si tanto es su empeño en el bien de su partido y de su país, ponga sobre el tapete lo que hay. Porque cada vez parece más obvio que «el café para todos» es una fórmula agotada, fórmula que ustedes no inventaron, ni se sumaron a ella con entusiasmo en un primer momento.

Para terminar, voy a recordarle unas palabras de Suárez acerca del tema que nos ocupa: «Recuerdo -escribe Armas Marcelo- cómo Adolfo Suárez fue explicando, mecanismo a mecanismo, error a error, y pieza a pieza, a un Benet absorto y curioso ante la magia verbal de Suárez (al menos en esa noche la tuvo) las razones de alta política que hicieron necesario ese camino de las autonomías por donde al final se han colado las más excelsas mediocridades de la vida española en la actividad política contemporánea. Clavero Arévalo no había sido más que un instrumento sintáctico de Suárez para cerrar el puzzle sorprendente de las autonomías y el mapa de la España política de las décadas posteriores. Suárez dijo que los socialistas mantuvieron la teoría contraria de las autonomías antes del año ochenta. Eran, recuérdese, federalistas y, por tanto, todo lo contrario de lo que fueron después: autonomistas. Dijo que el centralismo español era, como todos sabíamos, el responsable máximo de los desequilibrios constantes entre las regiones y las reivindicaciones históricas de los distintos territorios de España. Dijo que todo se había cerrado mal, que España era una gran cicatriz a la que había que intervenir con una cirugía de guantes de seda. Y dijo que la autonomía, en todo caso, era un artefacto que iba a funcionar algunos años, quizá más de lo que pensábamos, pero que tal vez habría que "refundar" en futuro a España como Estado federal. "Depende de las circunstancias y de cómo vayan funcionando las autonomías, no sólo en la política, sino en la mentalidad de la gente", dijo Suárez». [1].

¿Qué me dice ante esto? ¿Saldrá a la palestra con la España una, grande y libre? ¿Cuántos libros pasan por sus manos y por sus ojos, señora mía?

[1] J. Armas Marcelo. «Los años que fuimos Marilyn». Espasa-Calpe. Madrid, 1995. Página 97.

 
 
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