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Article publicat a La Nueva España, el 17 de abril de 2004
«Donde pongo la vida, pongo el fuego / de mi pasión volcada y sin salida. / Donde tengo el amor, toco la herida. / Donde pongo la fe, me pongo en juego. / Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego / vuelvo a empezar, sin vida, otra partida. / Perdida la de ayer, la de hoy perdida, / no me doy por vencido, y sigo, y juego / lo que me queda: un resto de esperanza. / Al siempre va. Mantengo mi postura. / Si sale nunca, la esperanza es muerte. / Si sale amor, la primavera avanza». Ángel González
Entre las muchas lecturas aún pendientes de la nueva legislatura que comienza se encuentra aquélla que analice la andadura política que se inicia en clave generacional. La venida al mundo de Zapatero, Rajoy y Llamazares se produce entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Pertenecen a la que podría llamarse generación taponada por la sesentayochista anterior, cuyo icono mayor en España fue Felipe González. Si aplicamos la teoría de Ortega, el tiempo dirá si esta generación taponada a la que pertenezco será o no de ruptura. Lo que puede afirmarse ya es que asume el poder en España, al menos, el poder político, la generación del desencanto.
Parodiando el título de una película protagonizada por Verónica Forqué, cabría preguntarse por qué lo llaman cambio tranquilo cuando quieren decir cambio generacional. Es infrecuente que una generación asuma el poder sin llevar en sus alforjas un buen cargamento de sueños y sin exhalar un largo y profundo suspiro de alivio al constatar que por fin llegó la hora de poner en marcha su proyecto, o, como diría Azaña, de ver satisfecho su desquite. Está claro que esto no sucede en el presente caso. Y no puede suceder porque una generación desencantada toma la antorcha, como diría Ángel González, «sin esperanza, con convencimiento».
Zapatero está en un dilema. No puede evitar, por obvias razones biológicas, su pertenencia a la generación del desencanto. Al mismo tiempo, jamás salió de su boca la más mínima crítica hacia la figura de Felipe González, que fue el personaje que se encargó de desmantelar y desbaratar los sueños que forjó en el país entero en general y en la generación taponada en particular. Sabe muy bien Zapatero que si hace del asunto de Irak lo mismo que hizo González con la OTAN, coadyuvará a algo tan poco alentador como sería convencer plenamente a la ciudadanía de que todos los políticos son iguales y de que la política es un feudo de intrigantes especializados en la patraña. Si no incurre en eso, si cumple su palabra, se convertirá con los hechos en la antítesis de González, y veremos llegado el momento en que la generación taponada se tome, en efecto, su desquite.
Quienes no teníamos ni siquiera 10 años cuando tuvo lugar el mitificado mayo francés no pudimos cimentar ahí una forja de futuro. Creímos y sentimos esos sueños a través de lo que nos transmitieron nuestros hermanos mayores sesentayochistas. Y sufrimos el desencanto cuando vimos que la Generación del 68 fue una de esas generaciones que Ortega definió así: «Hay, en efecto, generaciones infieles a sí mismas, que defraudan la intención histórica depositada en ellas. En lugar de acometer la tarea que les ha sido prefijada, sordas a las urgentes apelaciones de su vocación, prefieren sestear alojadas en ideas, instituciones, placeres creados por las anteriores y que carecen de afinidad con su temperamento. ... La generación delincuente se arrastra por la existencia en perpetuo desacuerdo consigo misma, vitalmente fracasada».
Cambio tranquilo. Tiene que ser duro para un político con ambición de gobernar, con ambición de liderar uno de los dos partidos mayoritarios de su país, salir a la palestra pública, como hizo Zapatero, primero ante sus compañeros de partido en el congreso que lo aupó a la secretaría general, y luego ante su pueblo, ofreciendo un cambio sin pretensiones de entusiasmo, de encefalograma plano en el aspecto emocional. Es ésta la muestra más clara del grado de descreimiento y de escepticismo de una generación y de una sociedad.
Sabemos bien que no es momento de revoluciones. Que más de uno de los grandes postulados de la izquierda deberían ser revisados y puestos al día. Siendo esto cierto de forma indiscutible, resulta desolador que la izquierda tenga que comparecer con un proyecto timorato incapaz de entusiasmar a nadie. Cambio tranquilo que significará, entre otras cosas, que para la galería se hable de apoyo a la enseñanza pública, pero que permanezcan intactos los conciertos con la privada que en su día estableció Maravall. Cambio tranquilo que significará que no habrá beligerancia contra los contratos basura, espita que también abrió el PSOE. Cambio tranquilo que significará que el republicanismo de un partido de izquierdas, al menos en sus siglas y en su historia, permanezca abandonado como el arpa de Bécquer, y en su lugar se pretenda pasar por medida progre que una mujer pueda ser reina, no que una mujer pueda presidir la República con los votos de la ciudadanía. Cambio tranquilo que significará una política económica y social que en esencia será la misma que la del PP.
Llega, así, el cambio tranquilo / generacional, con el desencanto como máquina de vapor y como vaporoso convencimiento de no hacer cambios sustanciales en la política, más allá de lo que significa un nuevo talante, que, por lo demás, bienvenido sea.
Cambio tranquilo con la única utopía en la alforja de la próxima efeméride cervantina, que, esperemos, sea algo más que un pretexto para unos fastos que recuerden en algo a aquellos oropeles megalómanos del 92. Cambio sin lugar para la utopía, generación que se estancó en el desencanto y que, ahora, con Zapatero en el Gobierno, y con Rajoy y Llamazares en la oposición, llega al poder sin aliento, con el arsenal de sueños exangüe. Y con una mediocridad creciente en la vida pública. |