QUISIMOS TANTO A ANDREA (ANTE LA MUERTE DE CARMEN LAFORET) (MARÇ 2004) |
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LUIS ARIAS |
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Este domingo polar, el periódico da noticia de la muerte de Carmen Laforet. Es una sacudida. Desde mi primera lectura de su novela, «Nada», Andrea, su protagonista, formó parte de esa larga lista de mujeres admiradas y queridas a las que, como al primer amor, siempre se vuelve, en muchas ocasiones por las causas más insospechadas. Una sacudida, digo, no menor que la que me produjo el primer tránsito por esta novela inolvidable, que vino a ser como una linterna que me iluminó el paso por una época, la década de los cuarenta, que no pude conocer más que por libros y testimonios personales. No debe de ser fácil encontrar una cultura en el mundo que no lleve a cabo un esfuerzo por transmitir a las nuevas generaciones el legado de aquello que ha sido, el conocimiento que nos ha hecho en gran parte tal como somos. Carmen Laforet, con su novela «Nada», nos legó un resto de espejo roto donde se manifiesta lo esencial de la vida de este país en un momento histórico donde el dolor, la sordidez y la derrota protagonizaban el día a día. En efecto, quisimos tanto a Andrea. Era la frescura. Era el paisaje más limpio en medio del meollo de sangre, sudor y lágrimas que protagonizaba el paisaje de la España y de la Europa de entonces. Nada fue un oasis en tiempos de secarrales y de deserciones intelectuales y artísticas, en tiempos de miedos y delaciones. Cuando Carmen Laforet ganó el «Nadal» el mundo era como el Madrid de Dámaso, era «un millón de cadáveres» crecido y multiplicado por doquier. Andrea no era una «hija de la ira» en y por sí misma, pero no pudo evitar que ese aire putrefacto la invadiera. No pudo soslayar lo que había entonces. Y aquella frescura, aquellas ilusiones, que llevaba en su maleta y en su alma, se quedaron, al final, en lo que el título de la novela, con todo el ingenio, dice. En nada. Años cuarenta. España vive una posguerra cercenada por la miseria y por la represión. Europa está sumida en el horror. Es tiempo para el tremendismo literario. Es tiempo para el existencialismo más desgarrador. El profesor Martínez Cachero, hablando de la novela en esta década, escribió: «En la década de los cuarenta, pese a los diversos obstáculos opuestos, la novela española reinició su andadura con una fuerza cuantitativa desconocida anteriormente».[1] A propósito del tremendismo, Antonio de Zubiaurre decía en 1945 que se trataba de «un impresionante estilo hacia lo trascendente y grande, hacia lo fuerte y violento», y señalaba también que era una consecuencia del «clima mundial presente». Hay dos grandes novelas en la España de los años cuarenta, la que nos ocupa y «La familia de Pascual Duarte», de Cela. Esta última es mucho más cruda y no menos sórdida que la de Carmen Laforet. En aquellos años, a pesar de las buenas relaciones que Cela tenía con el régimen, tuvo que defenderse contra muchas de las acusaciones de las que fue objeto su novela. «Es curioso -escribió el autor de «La familia de Pascual Duarte»- lo espantadiza que es la gente, que, después de asistir a la representación de una tragedia que duró tres años y costó ríos de sangre, encuentra tremendo lo que se aparta un ápice de lo socialmente convenido».[2] Es significativo el comentario que la revista «Ecclesia» hizo en 1944 acerca de la primera novela de Cela: «No se debe leer, más que por inmoral, que lo es bastante, por repulsivamente realista. Su nota es la brutal crudeza con la que se expresa todo, incluso lo deshonesto».[3] Por su parte, la poesía en los años cuarenta, aparte de «La Revolución de 1944», de la que habla Víctor García de la Concha, también comparece con el dolor y el desgarro. Irrumpen en el panorama literario Blas de Otero y José Hierro, entre otros. Mientras que, también al final de esa década, Buero Vallejo, represaliado y detenido tras la guerra civil, dignifica el teatro en España con «Historia de una escalera». «Nada» está edificada sobre una idea de Bildungsroman, es decir, novela de aprendizaje. En este caso, aprendizaje de un mundo marcado por la posguerra, por los silencios obligados, y a veces cómplices, y por el dolor. En ese mundo de gentes sin horizontes se desenvuelve Andrea, sin perder en ningún momento su frescura. Su lucha es contra lo invencible, contra el sino de un tiempo en tantos sentidos miserable. Casi 60 años después, Andrea sigue siendo tan joven como la hemos visto en la novela de Laforet. Gracias al talento de la novelista que la creó, hay algo de fáustico en ella que la conserva eternamente joven y eternamente fresca. Quisimos tanto a Andrea, por habernos abierto la ventana, por haber refrescado y limpiado la atmósfera de un mundo asfixiante y represivo. Forma parte, pues, de esa amplia y sublime lista de mujeres que protagonizan literatura de la mejor. La quisimos tanto que, tan pronto abrimos el libro, decidimos acompañarla en su andadura, sobrevenidos de angustia al percatarnos de que no podemos resguardarla de ese mundo de infamia en el que se encuentra. Mujer inmersa en el fatalismo, histórico y literario. Mujer a la que quisimos y queremos tanto. [1] José María Martínez Cachero. «La novela española entre 1936 y 1975». Editorial Castalia. Madrid, 1979. Página 9. [2] Conversaciones con Cela. «Revista de Occidente», número 99. Madrid, 1971. Página 272. [3] «Ecclesia». Número 140. 1944. |
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