Nou Cicle
 
 
Pàgina d'inici
 

QUÉ HACER CON INTERNET  (FEBRER 2000)

 

JOAQUIN ALMUNIA

 
 

Jornada "Sociedad de la información: un derecho para todos"
Madrid, 29 de octubre de 1999

Una semana más, me encuentro con amigos, militantes y simpatizantes del Partido Socialista decididos a colaborar con nosotros en la elaboración de nuestro programa electoral.

La forma en que estamos abordando esta elaboración ya asegura que el resultado superará, con mucho, el mero trámite en que, en tantas ocasiones, se han convertido los programas que los Partidos ofrecemos a los electores.

Nos hemos propuesto que sea el resultado de la combinación de nuestra experiencia de gobierno y de la ambición de conquistar nuevos espacios; de nuestro sentido de la responsabilidad y de nuestra capacidad de cambiar el mundo; de nuestro conocimiento de las posibilidades colectivas que tenemos y de nuestra voluntad de dar un salto adelante sobre lo que ha sido la experiencia más apasionante e intensa de transformación y modernización de nuestra sociedad.

Para lograrlo, estamos contando, con la opinión de mucha gente. De gente del Partido y de gente ajena a él. De gentes que viven la realidad. De gentes que son expertos en problemas pero que lo son más en soluciones. De gentes dispuestas a participar con nosotros en la anticipación del futuro. De gentes decididas a hacerlo compartiendo nuestros valores.

Quiero que nuestro horizonte se sitúe, siempre, adelante. Quiero que lo mejor de nuestra capacidad y de nuestra atención se dedique a imaginar el futuro, a anticiparlo y a proponer las mejores formas para afrontar los nuevos retos que encontraremos en nuestro camino colectivo.

Quiero que los españoles conozcan las propuestas que contendrá nuestro programa. Quiero que conozcan mi compromiso de llevarlas a cabo si nos confían el gobierno.

Os agradezco vuestro trabajo y vuestra presencia y os animo a todos a seguir, con tesón y confianza, en la tarea que estáis haciendo. Es, os lo aseguro, una tarea importante.
Porque estamos intentando, efectivamente, abordar las grandes cuestiones que afectan a la determinación y desarrollo de nuestro marco de convivencia. Pero no nos debemos quedar ahí.
Si la política para nosotros es, como es, el instrumento para lograr un cambio de nuestro modelo de convivencia, nuestras propuestas programáticas deben abordar, con tanta o más intensidad que las anteriores, los problemas que afectan a la gente en su vida cotidiana.


Nuestro acento debemos seguir poniéndolo en la gente. Para proporcionarles apoyo; para dotarles de confianza, para fortalecerlos con la seguridad de que pueden enfrentar los problemas de cada día en su afán de lograr una vida mejor para ellos y para sus hijos.

Un mundo nuevo

Hoy, en esta jornada, seguimos apostando por la gente. Porque en los últimos diez años, y casi sin darnos cuenta, hemos empezado a vivir un mundo nuevo, distinto del que conocíamos.

Es un mundo en que globalización, mundialización, sociedad de la información, sociedad del conocimiento, crisis del Estado, orden multipolar, desgobierno mundial, inmigraciones masivas, nacionalismos excluyentes, sentimientos identitarios... se han convertido en los argumentos para explicar lo que está pasando sin ser capaces, todavía, de predecir qué va a ocurrir, cómo pueden evolucionar los acontecimientos, cuáles las nuevas transformaciones de la sociedad, la ciencia y la cultura, cuáles las posibilidades, cuáles los riesgos.

Todos asistimos, en tiempo real, a lo que está ocurriendo. No siempre podemos comprender por qué esta ocurriendo.
La información tiene como uno de sus efectos transformar la naturaleza del trabajo y la organización de la producción. Los trabajos rutinarios, hasta ahora mayoritarios entre los asalariados, van desapareciendo en beneficio de una actividad cada vez más autónoma y variada. Pero, al tiempo, el trabajador se vuelve más vulnerable a los cambios en la organización, convirtiéndose en un simple individuo atrapado dentro de una organización compleja: de ahí la necesidad de que cada uno pueda adaptarse no sólo a las nuevas técnicas y máquinas, sino también a las nuevas condiciones de trabajo.

La información incrementa el conocimiento, aumenta las posibilidades de comprensión de la realidad, facilita la extensión de la cultura y el ocio. Pero también exige atender nuevas dimensiones en la necesidad de educación so pena de caer en la banalización, en la subordinación, en el aislamiento.

La globalización ha cambiado el modo de circulación de los capitales, ha favorecido el comercio mundial, ha flexibilizado el acceso a muchos mercados de bienes y servicios. Pero también ha cuestionado el alcance de la acción del Estado. Pero también ha trastocado los datos de la creación de empleo. Pero también ha favorecido la deslocación. El mercado mundial de empleo es ya una posibilidad que empieza a entreverse. El problema en Europa radica en poder mantener en estas condiciones su modelo social. Lo cual implica un crecimiento generalizado de las cualificaciones profesionales, so pena de agrandar la fractura social y la inseguridad.

El desarrollo de la civilización científica y técnica está disminuyendo la necesidad de esfuerzo de los hombres, alarga su vida y mejora las condiciones en que la viven. Contrastando con su efecto benéfico, el progreso científico produce un sentimiento de amenaza o de miedo irracional pese a que, al menos por ahora, parezca descartado el riesgo nuclear.

En numerosos países europeos se han iniciado respuestas a ese malestar, promoviendo la cultura científica desde la escuela y definiendo reglas éticas, especialmente en los campos de la biotecnología y de la información. Todo provoca miedo, incertidumbre, retraimiento. Todo ello provoca reclamo de seguridad, solicitud de protección, riesgos de conflictos y estallidos.

Nuestra obligación, pero también nuestro deseo, es responder a esta demanda de los ciudadanos. Nuestra obligación, pero también nuestro deseo, es, asimismo, esclarecer qué se puede hacer, desde las instituciones públicas, para asegurar que el proceso de transformación irreversible de la realidad que hemos conocido comporta el inicio de una nueva era de bienestar para todos y no se convierte en una nueva y más profunda fuente de desigualdades, de marginación, de frustración de proyectos vitales completos.

La sociedad de la información

Entre todos esos fenómenos, el impacto mayor, el más visible, el de consecuencias probablemente más profundas y duraderas, es el que va ligado a la llamada "sociedad de la información".

Desde finales de los años ochenta, nuestras sociedades han iniciado de forma casi espontánea una nueva etapa de desarrollo caracterizada por el fácil acceso a la formidable fuente de riqueza que representa la acumulación del conocimiento humano. El uso y el acceso a la información se han convertido en elemento clave para el crecimiento de las economías y la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos.

La "sociedad de la información" comienza a ser ya una realidad. Su desarrollo irreversible está siendo permanentemente alimentado e impulsado por el cambio tecnológico que está transformando las industrias de la información: las telecomunicaciones, la informática y el sector audiovisual, en un proceso de convergencia que no ha hecho más que empezar.

Las implicaciones de esta transformación son evidentes y las oportunidades que este cambio genera deben ser aprovechadas para garantizar el desarrollo sostenible de nuestras economías y avanzar más rápidamente en la reducción del desempleo.

A las puertas del siglo XXI, el desarrollo de un sector en el que confluyen telecomunicaciones, informática y audiovisual debe sustentarse en el mercado y en la competencia. Una competencia que debe garantizar que, frente a la formación de grupos oligopolísticos, favorezca la entrada de nuevas empresas, dote de la máxima transparencia al mercado y elimine intervencionismos y burocracias innecesarios. Puestas así las cosas, es evidente que la sociedad de la información genera un sinfín de nuevas oportunidades. Pero es evidente que genera un doble riesgo: el de la dualización, y el de la concentración de un poder inmenso en pocas manos, y fuera de todo control democrático.

Se corre el riesgo de crear un mundo dividido entre los que tienen acceso a las nuevas tecnologías, y por tanto conocimientos, y aquellos que no los tienen. Una nueva división, una división digital, que puede agudizar la exclusión social y los desequilibrios regionales. Porque los individuos, las organizaciones o los países que se resistan a adaptarse a la nueva sociedad y a los instrumentos que permiten el acceso e integración en la misma, los que se queden atrás, verán que se les pasa factura rápidamente, que quedan descolgados, que se sumen en un retraso difícilmente recuperable.

Un riesgo, pues, de falta de igualdad de oportunidades. De nuestro país frente al resto; de los españoles frente a los ciudadanos de otros países; de los españoles entre sí.

Para asegurar la igualdad de oportunidades no hay sino una receta, un instrumento: la política. Hace falta política. Esto es, hace falta la voluntad y la posibilidad de utilizar la acción pública para corregir e impedir desigualdades.

Frente a la concentración de poder en muy pocas manos, hay que garantizar la existencia de un mercado verdaderamente competitivo.
Al Gobierno le corresponde El Gobierno debe establecer las reglas del juego para impedir que ninguna empresa con presencia dominante abuse de su posición. Y a nivel supranacional, le corresponde a la Comisión Europea y a otros órganos reguladores que habrá que establecer a escala mundial. Y en las instituciones democráticas, hay que inventar mecanismos de control.

No es posible confiar en que sólo el mercado repartirá los dones de la nueva época. Estoy convencido de que el desarrollo de este sector debe ser liberado por el sector privado. Pero los Gobiernos no pueden quedar al margen del mismo. Al contrario, deben tener un papel clave en su desarrollo.

Al Gobierno le corresponde también y sobre todo garantizar que los beneficios de la sociedad de la información llegan a todos. Debemos conseguir que la era de la información beneficie a la mayoría y no sólo a unos pocos. Porque una sociedad de la información con incluidos y excluidos no sólo sería injusta; sería, además, ineficiente y vería limitadas, en consecuencia, las posibilidades que ofrece de incidir en la calidad de vida de los hombres.

Qué hacer con Internet

Hablar de la Sociedad de la Información es hablar de Internet. Hoy, con vosotros, me quiero centrar en este tema. Porque Internet se está convirtiendo en la infraestructura de una nueva economía del conocimiento.

A estas alturas, todavía no sabemos cómo acabará afectando la red a la forma en que la sociedad hace negocios, trabaja, aprende y vive. Pero es evidente que ya está cambiando nuestras vidas.
Internet nos abre nuevas oportunidades para la participación, para el ocio, para el aprendizaje, a lo largo de toda la vida. Con la red se crea valor, de una forma que nadie antes era capaz de imaginar.

Estamos ya asistiendo al nacimiento de nuevas formas empresariales que sin la red no existirían. Estamos ya asistiendo al nacimiento de un nuevo tipo de comercio, el comercio electrónico, que hará más competitivas a las empresas y mejorará el servicio a sus clientes.

Puedo pensar en un mundo en el que los recursos al alcance de cualquier escuela de la zona rural más alejada sean equivalentes a los de un alumno de la mejor escuela de una capital. Puedo pensar en una nueva forma de concebir la sanidad, con nuevas posibilidades de diagnóstico y tratamiento, con contactos permanentes entre los profesionales, con servicios de atención domiciliaria las 24 horas del día.

Sé que no todo es idílico. Se que hay otros riesgos. Sé que, en su fase inicial, la sociedad de la información y el uso de Internet está generando desempleo masivo en sectores económicos tradicionales.

Sé que la avalancha de información que se suministra puede ocultar la intención de fomentar la incomprensión o el desdén.
Sé que las posibilidades que la red ofrece pueden usarse para poner en cuestión elementos centrales de la democracia representativa.
Pero también sé, por esto mismo, que el temor a los riesgos no nos puede conducir a la inactividad, a la pasividad, a la pereza, al abandono en el mercado.

Pero también sé que yo quiero que España esté en cabeza de la nueva civilización que se está alumbrando; sé que España tiene que aprovechar las posibilidades que la sociedad del conocimiento ofrece; sé que, desde el Gobierno, hay que dar todos los impulsos necesarios para la incorporación a una nueva Revolución que no podemos permitir que pase a nuestro lado sin hacernos sus protagonistas.

Pero ¿en qué situación nos encontramos? Mal. Muy mal. Según todos los estudios, España ocupa el furgón de cola en el número de usuarios de Internet. Da igual quién haya elaborado la estadística. Todas indican lo mismo. Que estamos en la cola.

Y como una de las causas principales de este bajo nivel de desarrollo todos señalan el alto coste de las tarifas telefónicas. Desde la Comisión de Mercado de las Telecomunicaciones, la española, si, hasta los analistas internacionales. Todos señalan lo mismo. Los internautas españoles también. Ellos lo saben bien, que son los que más han sufrido las elevaciones de los costes telefónicos.

Pero quiero señalar que esto no es un problema que nos afecte exclusivamente a los internautas. Afecta a todos. Como país. Como colectivo. Las posibilidades de conexión a Internet se deben ofrecer a todos. Ricos y pobres. Vivan en grandes ciudades o en pequeños pueblos.

Por esto es por lo que hemos llevado al Parlamento la reivindicación de una tarifa plana asequible y disponible para todos. Después de varios intentos, hemos conseguido que se aprobase. Pero el Gobierno ha sido incapaz de ponerla en marcha en las condiciones en que le fue requerido por el Congreso. En este aspecto, como en tantos otros, parece más preocupado por mantener el nivel de beneficios de la cuenta de resultados de Telefónica que en los intereses generales del país y en las demandas del Parlamento.
El Gobierno o no quiere o no sabe ponerla en marcha. Pero es relativamente fácil. Sobre todo si se tiene la voluntad y la determinación política para hacerlo.

Algunos compromisos

Desde el Gobierno, yo os garantizo que sí lo haré.
No podemos perder tiempo.

Dicho gráficamente: Mientras en España haya profesores de Universidad que ni siquiera saben lo que es Internet y en Estados Unidos se exija saber manejarse en Internet para matricularse en una Universidad, algo no está funcionando bien en España.
Tengo un objetivo: Quiero que Internet llegue a todos los españoles. A sus hogares, a sus escuelas, a sus hospitales, a sus empresas.
Quiero que los tres millones de españoles que hoy están conectados a Internet se multipliquen. Quiero que los españoles que al final de la próxima legislatura, estemos conectados realmente a Internet, no sean menos -en proporción- que la media de la Unión Europea.

Se puede y se debe hacer. Porque nos jugamos el futuro como país. Porque todos nos jugamos nuestras posibilidades de empleo. Porque todos nos jugamos nuestras posibilidades de bienestar y desarrollo.

Se puede si se adoptan, con urgencia, las medidas necesarias para lograrlo. Os enunciare algunas.
- estableceré la competencia en las llamadas locales;
- implantaré una tarifa plana asequible para todos;
- conectaré en tres años todas las escuelas españolas a Internet; garantizaré que todos los alumnos de Bachillerato, FP y Universidad disponen gratuitamente de acceso a Internet en sus centros;
- abriré aulas de informática para los ciudadanos en las bibliotecas públicas;
- conectaré los hospitales y los centros de atención primaria mediante redes de banda ancha;
- extenderé el uso de Internet en las PYMES, el comercio electrónico y el teletrabajo;
- impulsaré estas medidas comenzando por aplicarlas en las Administraciones Públicas para que, al final de la Legislatura, los ciudadanos puedan resolver todas sus solicitudes y reclamaciones a través de Internet.

Quiero, también, asegurar que este acceso significa un incremento de sus libertades y derechos efectivos y que, por ello, los derechos y libertades de los que son titulares van a tener reconocimiento y eficacia también en este campo.

Por ello, mi Gobierno asegurará la no discriminación en el suministro de servicios de telecomunicación; preservará la protección de los datos personales y de las vidas privadas en las redes; adaptará las normas de la transacción electrónica; garantizará la propiedad intelectual en la red; luchará contra los contenidos y los comportamientos ilícitos en ella; y adaptará la reglamentación de la comunicación y de los servicios en línea a los fenómenos de convergencia entre la informática, lo audiovisual y las telecomunicaciones. Sociedad de la información es, realmente, sociedad del conocimiento. El Gobierno de un país debe demostrar con los hechos que coincide con ese diagnóstico. Solo lo hará si garantiza que todos los que lo necesiten o lo deseen reciban la formación precisa.

Tenemos, pues, un reto: realizar un esfuerzo educativo semejante al que hicimos para acabar con el analfabetismo.
Desde luego, tendremos que empezar por nuestros hijos.
Proporcionándoles nuevo material didáctico.Disponiendo de profesores formados en el uso de las nuevas tecnologías. Impartiendo una educación que prepare para el nuevo estilo de vida y de trabajo que se abre con la sociedad del conocimiento. Para la creatividad, para la versatilidad, para los cambios rápidos, para la producción de servicios.

Pero no sólo con nuestros hijos. Esto también nos afecta a nosotros. A quienes todavía piensan que basta con que la secretaria sepa manejar el ordenador, o a muchos de los que creen que en su puesto de trabajo no lo va a necesitar. Porque no es cierto. Antes o después todos necesitarán manejarse en este mundo nuevo que abre Internet. Si no en su trabajo, que seguro que sí, lo necesitarán para su hogar, para sus relaciones, para su propia diversión.
Algunos podrán pagarse un curso en alguna de las academias existentes, o tendrán algún amigo que les pueda enseñar. Pero mi Gobierno tendrá el compromiso de garantizar que no sólo estos, sino todos, dispongan de la oportunidad para poder formarse.
Hace pocas semanas hablaba de mi proyecto de que las escuelas estuviesen abiertas 11 meses al año, 12 horas al día, 7 días a la semana. Ahora hablo de que estén dotadas de aulas informáticas con conexión a Internet y con monitores capaces de enseñar el uso de las nuevas tecnologías. No sólo para que sean usadas por los alumnos. También para que puedan ser utilizarlas por sus padres, por los adultos.

Mi Gobierno no intentará reemplazar a la iniciativa privada, pero tendrá un papel activo para ganar estos desafíos en beneficio de todos: Aseguraremos el acceso a Internet para todos, transformaremos la educación y la formación, impulsaremos la calidad del servicio a través de la competencia y la competitividad, garantizaremos los derechos y libertades en la red, modernizaremos el Gobierno y el conjunto de las Administraciones Públicas.

Así, podremos decir que no es un sueño vivir de verdad en el siglo XXI. Así, podremos seguir diciendo a los ciudadanos que la política, la política socialdemócrata, es profundizar en la democracia.

 
 
Pàgina d'inici
Arxiu |  Escriu-nos |  Qui som