FRANCESC TRILLAS
El libro de Joaquín Almunia retrata con cierto detalle los últimos veinticinco años de política española, desde el punto de vista de uno de sus destacados protagonistas. Desde luego, la existencia misma del libro desmiente que la historia la escriban sólo los vencedores. A menudo, algunas derrotas allanan el camino para cambios futuros, sobre todo cuando van acompañadas de una actitud honesta y lúcida por parte de los que no consiguen llevar a la práctica lo que se proponen (pienso en Neil Kinnock o Raimon Obiols: otros se llevan los laureles, pero sin su generosa y valiente actitud, sin su abrir camino y señalar el futuro, nadie se los hubiera llevado jamás). Destaca ante todo la sinceridad del autor, lejos de los panfletos auto-exculpatorios que han caracterizado otros intentos similares. Sería deseable que otros protagonistas del auge y caída del socialismo en España dieran también su versión sincera de los hechos, para que entre todos pudiéramos aprender de aciertos y errores y preparar el futuro.
Almunia desvela el contenido de un texto que quería leer en el último Congreso del PSOE, aunque los delegados no llegaron a conocerlo debido a que Manuel Chaves desaconsejó la intervención del antiguo secretario general del partido. Concretamente, en las páginas 396-398 del libro se ofrece un diagnóstico franco de la situación interna del partido, que los actuales responsables harían bien en leer para adquirir conciencia de la tarea reformadora a la que se les ha llamado. En esas páginas se habla sin tapujos de la existencia de prácticas cotidianas de clientelismo y de cerrazón organizativa en el socialismo español de hoy. La mera existencia de una generación joven (aunque formada íntegramente en el partido que describe Almunia) en la dirección salida del último congreso no garantiza que las cosas vayan a cambiar, pero tras la publicación de este libro por lo menos no podrán alegar la ausencia de un diagnóstico.
El autor del libro narra en detalle como luchó por la renovación del socialismo español, protagonizando episodios importantes como la redacción del programa socialista de 1982, los intentos de reforma de la administración durante los años en el gobierno y finalmente la dirección del PSOE desde la renuncia de Felipe González a seguir dirigiendo el partido. Uno se pregunta qué hubiera pasado si en el tercero de estos episodios (la dirección del partido hasta la derrota electoral de Marzo del 2000) se hubieran utilizado métodos que el propio protagonista utilizó en los episodios anteriores (la redacción del programa y el intento de reforma de la administración). Me refiero a la consulta exterior, al debate abierto previo a la toma de decisiones, a la participación de expertos y colectivos interesados. Finalmente los intentos de renovación quedaron reducidos a una lucha por el poder entre facciones, sin que los supuestos renovadores lograsen presentar un proyecto coherente e ilusionante de futuro.
Personalmente, me plantea dudas el tono de la valoración que Almunia hace de los enfrentamientos entre guerristas y renovadores en el PSOE. En primer lugar, me temo que la impresión que desliza el redactado, de que Felipe González era el bueno de la película que se daba cuenta de los problemas, cuyo origen residía en la persona y el entorno de Alfonso Guerra, peca de elevados grados de subjetividad. El antiguo vice-secretario general del PSOE jugó un papel importante en la elaboración de la Constitución española y fue un organizador muy eficaz de la poderosa maquinaria electoral socialista, que tantos éxitos dio a la generación de González. Sin duda que Guerra es un responsable importante también de los aspectos negativos del período, pero es injusto y demasiado fácil buscar en él y su grupo de afines un chivo expiatorio. La hipótesis de que los aparatos regionales reproducen a otra escala muchos de los problemas de la política clientelar, se acerca mucho más, aunque parcialmente, a un diagnóstico objetivo del problema. En segundo lugar, tampoco creo que sea justo decir que a los guerristas sólo les movía el poder y su conservación. Creo sinceramente que esa es sólo una parte de la historia, y que por difusa que sea, sí que existe una asociación entre la antigua maquinaria del partido y una cierta defensa de las ideas y los simbolismos de un socialismo tradicional. Eso será conveniente o no para el éxito electoral e histórico del partido, pero no querer verlo creo que no favorece un análisis objetivo del problema. Por ejemplo, en un momento del libro Almunia describe lo que tienen en común algunos renovadores como Solana, Serra, Solchaga y él mismo. Habla de que todos ellos comparten la concepción de un partido más abierto y menos sectario, la autocrítica ante los casos de corrupción y financiación ilegal, etc. Pero no dice que todos ellos también comparten un cierto origen social, que quizás sea lo que les impida conectar a fondo con ese socialismo más tradicional. Tampoco estoy de acuerdo totalmente en que el partido deba dirigirse por igual a toda la población, como se sugiere en algún apartado del libro, y deba apelar al interés general. Creo que para conectar con la historia e ilusionar a los millones de personas que se necesitan para ganar elecciones de forma continuada, hace falta representar con dignidad a quienes tienen menos, y ser los portadores de políticas redistributivas que sean capaces de competir eficazmente con una derecha que no defiende el interés general, sino que defiende a los ricos.
El clientelismo en el PSOE no es culpa de Alfonso Guerra, sino que responde a incentivos y prácticas seculares que han echado raíces en casi todos los partidos políticos. Centrar la crítica en personalismos ayuda a retratar un período, pero no a encontrar soluciones eficaces. El fenómeno de los abusos de las maquinarias políticas viene de muy lejos y no será fácil de extirpar. Un libro (“Plunkit of Tammany Hall”) sobre las maquinarias políticas en Estados Unidos a principios de siglo, retrata muy bien el comportamiento clientelar, y las dificultades a las que se enfrentan los políticos reformadores:
“Los políticos que no pertenecían a la maquinaria (non-machine politicians) se encontraban claramente en desventaja. Careciendo de redes de apoyo bien desarrolladas, eran incapaces de dirigir beneficios redistributivos a sus militantes o votantes con la precisión y efectividad con que lo hacía el aparato. Los candidatos reformistas se encontraban en clara desventaja: a pesar del atractivo retórico de sus campañas por un gobierno limpio, los candidatos reformistas no podían competir en la redistribución de los beneficios clientelares.”
Estos comentarios espero que no sirvan sino para animar a la lectura de un libro bello y emocionante (ésto último, especialmente el epílogo personal). En sus “Memorias Políticas”, Joaquín Almunia pone el énfasis donde hay que ponerlo si se quiere buscar la causa principal de la crisis socialista en los últimos años: en la realidad interna del partido. Su lectura suscita numerosos elementos de reflexión que deben servir para reformar en profundidad las estructuras existentes. |