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Article publicat a La Vanguardia, 2 de novembre 2001
El estallido de la actual crisis entre Marruecos y España nos ha pillado por sorpresa, ahora que parecían remitir las tensiones, los agravios y los desplantes que caracterizaban las relaciones bilaterales en los meses precedentes. Piqué se había entrevistado dos veces en octubre con el rey Mohamed VI, y se anunciaba la celebración de una cumbre entre los dos gobiernos justo antes del comienzo de nuestra presidencia de la Unión Europea. Todo se ha ido abajo, y lo ha hecho con estrépito.
Un editorial del diario "Le Matin", considerado cercano al entorno del monarca alauí, ha interpretado la decisión de retirar al embajador en Madrid como "una señal fuerte hacia el Gobierno Aznar, que disfruta jugando con fuego". ¿Qué ha podido llevar a las autoridades marroquíes a esa situación límite? ¿Cuál ha sido la gota que ha colmado el vaso? ¿Quiénes han ido llenando de agua el recipiente que ahora se ha desbordado? ¿Qué factores han contribuido de nuevo a enquistar posiciones, cegar las vías de diálogo y crispar las actitudes?
Los medios han manejado varios argumentos y motivos para la confrontación. Ceuta y Melilla, por supuesto, aparecen en el trasfondo de cualquier análisis sobre nuestras relaciones bilaterales. Pero se alude sobre todo al conflicto pesquero y a las advertencias de Aznar sobre las consecuencias de no firmar el acuerdo con la UE; a los rifirrafes dialécticos en torno a la inmigración; a nuestra posición sobre el Sahara en las Naciones Unidas; a la celebración de un simulacro de referéndum sobre el Sahara organizado por una ONG, a unas desafortunadas declaraciones de Federico Trillo, a la actitud de la prensa española para con el rey Mohamed VI, etcétera. En relación con la situación política en Marruecos, se ha especulado con el interés de exacerbar la tensión exterior justo cuando el proceso de democratización choca con resistencias internas; o con posibles intentos de contrarrestar mediante esa tensión, con la vista puesta ya en las elecciones del próximo otoño, el ascenso de los islamistas, quienes podrían capitalizar el rechazo generado en la opinión pública por los bombardeos de Afganistán. Sea cual sea la chispa que ha provocado este incendio diplomático, existen en todo caso heridas abiertas que se han infectado en los últimos meses y que necesitan de cuidados intensivos y urgentes. Más aún, después del 11 de septiembre.
Con independencia de las razones que asistan a Rabat -y creo que su actitud es claramente desproporcionada-, parece una torpeza y una irresponsabilidad que España adopte, como respuesta a la crisis, una actitud de doncella ofendida. Piqué ha llegado a decir que "España no ha hecho nada mal" y que "hace siempre lo que tiene que hacer". ¿Está convencido de ello, pese a ser el autor de unas penosas declaraciones que hirieron profundamente a nuestros vecinos? Aznar, por su lado, no se ha quedado atrás al afirmar que no veía ninguna situación de crisis con Marruecos, cuando el embajador Baraka ya había abandonado Madrid. ¿No es capaz de reconocer siquiera alguna insuficiencia en su acción de gobierno? ¿No debiera haber prestado mucha más atención en estos años a su relación con el nuevo rey y con el primer ministro Yusufi? En esta misma línea, situada entre el desdén y la frivolidad, el ministro portavoz ha calificado la situación de "simple puesta a punto". ¿A punto, para llegar a dónde?
O el Gobierno corrige su tono altanero, o ayudará con su actitud a prolongar y profundizar un desencuentro que nos conviene a todos superar cuanto antes.
Se esté o no de acuerdo con la postura marroquí, hay que exigir a la Moncloa que cambie de registro y que medite bien los pasos que dar para salir de esta situación, pues de seguir así las cosas se podría convertir esta crisis en un grave problema de Estado. Un cambio de registro que no supone asumir responsabilidades que no le corresponden, pero que sí pasa por detectar las que sí están justamente anotadas en el debe de su política. Máxime teniendo en cuenta que uno de los grandes objetivos estratégicos de nuestra acción exterior sigue siendo el establecimiento de relaciones de cooperación con Marruecos lo más estrechas, estables y fructíferas posibles.
Nos conviene, desde todos los puntos de vista, tener en el sur un vecino amigo, políticamente estable, respetuoso de los derechos humanos, dotado de unas instituciones democráticas arraigadas entre sus ciudadanos, económicamente moderno y socialmente equilibrado. ¿Alguien cree que ello es posible si se abandona a su suerte a quienes impulsan hoy, junto al rey Mohamed VI, la transición de Marruecos? ¿No está España obligada, y sobre todo interesada, en apostar a fondo a favor de ese proceso? ¿Y no nos exige esa apuesta realizar algún esfuerzo en términos de políticas de cooperación económica y de apertura gradual de nuestros mercados, incluido el mercado de trabajo? Aznar dijo recientemente en Madrid, ante un nutrido grupo de líderes políticos de todo el mundo, que España hubiese necesitado más apoyos y más ayudas en los momentos cruciales de nuestra transición. Es verdad que se estaba refiriendo a la lucha contra el terrorismo. Pero debiera aprovechar su propio razonamiento para enfocar con menos soberbia, y mayor altura de miras, nuestra relación con Marruecos.
JOAQUÍN ALMUNIA, diputado del PSOE por Madrid joaquin.almunia@diputado.congreso.es |