Nou Cicle
 
 
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UNA PROPUESTA PARA EUSKADI  (FEBRER 2002)

 

JOAQUIN ALMUNIA

 
 

Cualquier interesado en conocer una descripción clara, honesta y creo que objetiva de lo sucedido en el País Vasco durante los últimos años, y de averiguar la manera más razonable de salir de una situación cada vez más preocupante, va a encontrar mucha información y un puñado de ideas útiles en la ponencia que Ramón Jáuregui ha elaborado con miras al próximo congreso del Partido Socialista de Euskadi (PSE-EE). El autor conoce como pocos la política vasca. Desde los comienzos de la transición, ha ocupado numerosos puestos de responsabilidad, tanto en su partido como en las instituciones, y en todos ellos ha dado cumplida muestra de su inteligencia, de su vocación de diálogo y de la firmeza de su compromiso con las ideas socialistas y con su tierra.

No es habitual recomendar la lectura de un texto pensado para el debate interno de un partido. Normalmente, su estilo es bastante espeso -los franceses hablan de la "langue de bois"- y sus contenidos oscilan entre la obviedad y los asuntos de orden interno, sin solución de continuidad. Empero, en esta ocasión las cosas son diferentes, y no sólo por la especial calidad política y formal del trabajo de Jáuregui. Lo que está en juego en ese congreso es algo más que la línea que seguir por la tercera fuerza política vasca bajo un nuevo liderazgo. Voluntaria o involuntariamente, la dimisión de Nicolás Redondo ha provocado que el debate haya desbordado las fronteras partidarias y esté ocupando un lugar preferente en los medios, en las tertulias y en muchas conversaciones privadas. De lo que ocurra en el PSE-EE, se van a derivar importantes consecuencias para todos nosotros, vascos o no.

La ponencia insiste en algo evidente, pero que incomoda por igual a todos los nacionalistas: afirma que el País Vasco es "un mosaico de identidades y sentimientos políticos". Si algo caracteriza a la sociedad vasca es, efectivamente, su enorme pluralidad interna, ideológica y territorial. Por eso, y por la persistencia del terrorismo, es tan necesario abrir allí grandes espacios de encuentro. En cambio, como dice Jáuregui, "la política vasca ... está paralizada, bloqueada en la incomunicación y en el desencuentro entre sus fuerzas políticas". Y, continúa: "...seguirá bloqueada mucho tiempo si cada partido se aferra a sus posiciones y, sosteniéndolas como inquebrantables, se cierra a todo diálogo con el adversario".

¿Dialogar sobre qué? El texto desmonta de manera contundente muchos de los argumentos sobre los que el PNV basa su visión del diálogo. Por ejemplo, es de una claridad meridiana sobre la autodeterminación: "...es radicalmente falso que los ciudadanos y ciudadanas vascas no tengan derecho de autodeterminación. Lo han poseído desde que tenemos una Constitución que garantiza las libertades, los derechos humanos y la democracia." E insiste: "Los socialistas nos negamos a considerar otra forma de ejercicio de la determinación libre de los vascos que los que contempla nuestro ordenamiento, incluso para modificarlo y sujetarse a otras reglas". Con la misma rotundidad, Jáuregui desmonta todo el tinglado argumental en torno al "ámbito vasco de decisión". "Nunca tuvo el pueblo vasco un ámbito de decisión tan extenso", llega a afirmar. Y lo demuestra con hechos.

Pese a su dureza argumental, no cae, sin embargo, en ninguna caza de brujas contra el PNV. Es más, la denuncia de la estrategia de Estella va acompañada de otras críticas -expresadas con la misma claridad y dureza- en torno a los errores cometidos por el Gobierno del PP. Uno de ellos fue previo a las elecciones del pasado mayo: "La ausencia de un pacto de fondo entre el Gobierno vasco y el Gobierno del Estado, en la estrategia contra el terrorismo, facilitó la ruptura del pacto de Ajuria Enea y la fuga del nacionalismo vasco del consenso democrático contra ETA". Aznar nos debe, en efecto, una explicación sobre el porqué de haber excluido precisamente este asunto -el más importante de todos- de sus pactos con el PNV entre 1996 y 1999. El texto también se refiere a otro gran error de Aznar, más reciente: "...el Gobierno del PP ha decidido mantener todos sus postulados de enfrentamiento al nacionalismo a la espera de una segunda vuelta electoral en el 2005". ¿Acaso puede esperar hasta entonces la sociedad vasca para afrontar sus problemas más acuciantes?


El más urgente de todos es el terrorismo. La violencia, y la falta de libertad que acarrea a sus víctimas reales y potenciales, lleva a Jáuregui a comprender muy bien a quienes esgrimen "razones poderosas de épica por la vida y por la libertad". Pero los políticos debemos advertir al mismo tiempo que "este esquema (...) y estas actitudes (...) nos llevan a un peligrosísimo escenario de división y fractura de nuestra comunidad". Impecable.

¿Cuál es la solución? "La sociedad vasca no tiene más solución que la transversalidad y la integración." (Pero) "mantener ese proyecto no significa pactar hoy con los nacionalistas. No es posible. No es posible entendernos con un gobierno que no comparte ni método ni principios en los que basar una unidad democrática contra el terrorismo". ¿Qué hacer entre tanto? Frente al pesimismo y el derrotismo, la alternativa del PSE-EE se define así: "Debemos convertirnos en el partido de la esperanza. (...) somos el único partido capaz de pactar con todos los demócratas, de lograr así mayorías de gobierno sólidas y estables, y de hacerlo sobre todo basándonos en los principios que definen el futuro del país: unidad democrática contra ETA, respeto a los proyectos democráticos de cada partido en el marco del Estatuto y de la Constitución y construcción social de Euskadi desde el pluralismo y la libertad".

Amén.

 
 
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