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LA REFUNDACIÓN DE LA IZQUIERDA POLÍTICA EN MARRUECOS

 

PAU SOLANILLA

 

Las elecciones legislativas del 7 de septiembre de 2007 en Marruecos arrojaron unos resultados que han removido los cimientos de la mayoría de los partidos políticos marroquíes. El primer gran mensaje de los ciudadanos y las ciudadanas fue dar la espalda a los diferentes proyectos políticos en liza, ya fueran éstos de derechas o de izquierdas, laicos o de orientación islámica. La participación electoral según los propios partidos fue del 23%, aunque las estadísticas oficiales lo sitúan en el 37%, aunque el 19% de las papeletas fueron declaradas nulas. Eso equivaldría a afirmar que entre tres y cuatro de cada cinco marroquíes en edad de votar se quedaron en casa, ofreciendo un escandalosamente bajo resultado de participación que puede suponer un freno y una señal de la falta de confianza en el largo y lento proceso de reforma política e institucional iniciado en los últimos años del reinado de Hassan II.

 

Muchos pronósticos auguraban la victoria de los islamistas del PJD (Partido de la Justicia y el Desarrollo), a pesar del proceso de ingeniería electoral que modificó las circunscripciones para evitarlo.

Aunque el PJD fue el partido más votado con 500.000 votos, fue superado por los nacionalistas del Istiqlal en número de escaños. Tanto los unos como los otros, apenas representan cada uno al 2,5% de los electores marroquíes. Tras los comicios, el rey Mohamed VI respetó el resultado electoral, nombrando primer ministro al líder del partido con más escaños –el Istiqlal–, y designando al nacionalista Abbass el Fassi para concertar un amplio gobierno de coalición siempre tutelado desde el Palacio Real. El Fassi preside, así, un Gobierno de treinta y cuatro ministros con mayoría de partidos de la derecha, donde finalmente se integró el partido socialista –USFP–, uno de los perdedores de las elecciones, consiguiendo retener siete puestos en el Gobierno con su primer secretario El Yazghi al frente pero como ministro sin cartera. El resultado de esta nueva concertación ha dado como resultado la formación de un Gobierno con amplia mayoría parlamentaria, pero que solo representa en torno al 8% del electorado del país.

 

Los efectos colaterales de los resultados no se hicieron esperar, y los partidos políticos han iniciado, en la mayoría de los casos con tensiones internas, el proceso de revisión de sus estrategias y liderazgos. Entre éstos, especialmente intenso e importante para el futuro del país, destaca el debate en el seno de la izquierda marroquí, y muy especialmente en el socialista USFP. Tras la formación del nuevo Gobierno, la dirección colegiada de los socialistas marroquíes forzó la dimisión de su secretario general Mohamed el Yazghi y de su secretario general adjunto Abdelouahed Radi, forzados a elegir entre su permanencia al frente del partido o conservar sus ministerios en el seno del gobierno de El Fassi.

 

La dimisión precipita el partido hacia un nuevo Congreso, y tras meses de discusiones y numerosos movimientos internos de los diferentes grupos y corrientes, el Consejo Nacional de los socialistas marroquíes celebrado los días 12 y 13 de enero en Rabat, ha decidido la convocatoria del octavo Congreso del partido para el mes de junio. Un “Congreso ordinario pero con contenido extraordinario”, según destacados militantes socialistas, que deberá debatir a fondo la reforma global del partido. El proceso, en realidad, podría definirse como una nueva refundación del partido, mediante la renovación de la dirección y la presentación de un nuevo proyecto, una nueva organización, una nueva línea política y una política de alianzas más coherente para los próximos años. Parece que hay unanimidad entre los socialistas en cuanto a la necesidad de un cambio en profundidad, pero no lo van a tener fácil. Será éste un reto de envergadura que debe iniciar sin demora, y con la presión añadida de otra cita electoral, las próximas elecciones municipales previstas para el año 2009, donde la USFP se juega mantener o perder numerosas alcaldías que ahora todavía retiene.

 

La reforma del proyecto y del liderazgo de los socialistas marroquíes es una necesidad ineludible para una formación que ha pasado, en apenas diez años, de ser la primera fuerza política y la gran esperanza para la evolución política, social y económica del país, al quinto puesto en el Parlamento. La USFP ha mantenido una línea política y ha sido liderada por una generación de dirigentes

que han permanecido al frente del partido desde el Congreso extraordinario de 1975. Un Congreso que marcó las líneas directrices de los socialistas tras la desaparición a manos del régimen del histórico líder Mehdi Ben Barka. Ahora, ante el desastre electoral, El Yazghi ya ha anunciado que no se presentará a la

reelección al frente del Partido, pero que permanecerá como militante activo en el seno del Consejo Nacional para sacar adelante el proyecto socialista. La realidad es, sin embargo, que los militantes socialistas están furiosos con algunos de sus dirigentes, a los que consideran los primeros responsables de la crisis actual. Unos y otros son conscientes de que hay que mantener un debate

en profundidad, intenso y sereno para no erosionar más la imagen del Partido, y parece que están dispuestos a ello.

 

La tendencia a la baja de los socialistas marroquíes no es nueva. La situación actual podría considerarse el punto y seguido de la crisis originada tras las elecciones legislativas de 2002, donde Abderrahmane Youssoufi se vio forzado a dimitir como secretario general del partido al perder el puesto de primer ministro tras la primera experiencia de un gobierno liderado por un socialista.

Éste fue sucedido por El Yazghi, que mantuvo la línea política y a la mayoría de los dirigentes que han liderado el partido durante los últimos treinta años.

 

La gestión y resolución de la crisis es compleja. Los socialistas y la izquierda marroquí se enfrentan al doble reto de renovar su proyecto político para ofrecer una alternativa creíble y coherente a los ciudadanos marroquíes, continuando con el esfuerzo democratizador y modernizador del país, al tiempo que existe una cada vez mayor implicación directa o indirecta de la monarquía en los grandes temas socio-económicos del país. Ello tiene como consecuencia el descrédito permanente de la política y de sus dirigentes, incapaces de ser percibidos como los actores de la reforma, el desarrollo y del cambio. Y éste solo puede venir

tras una reflexión en profundidad de la izquierda plural marroquí, que probablemente no han sabido comprender e integrar en sus programas y actitudes las mutaciones a las que está sometido Marruecos en un mundo globalizado.

 

Igualmente, son especialmente preocupantes los movimientos y el tutelaje político ejercido desde el Palacio Real por Fuad Ali Himma, íntimo amigo del monarca Mohamed VI y apodado “el Virrey”. Himma compartió pupitre con él en el colegio real, fue su director de Gabinete La reforma del proyecto y del liderazgo de los socialistas marroquíes es una necesidad ineludible para una formación que ha pasado, en apenas diez años, de ser la primera fuerza política y la gran esperanza para la evolución política, social y económica del país, al quinto puesto en el Parlamento cuando era príncipe heredero y ejerció de número dos del ministerio del Interior en los primeros años del reinado del joven rey. Éste ha impulsado un movimiento que se convertirá en una nueva formación política muy cercana al ideario del rey, y sorprendió a propios y extraños cuando dimitió como ministro para presentarse a las elecciones legislativas de septiembre, logrando que “toda su lista de candidatos resultase elegida”. El siguiente paso fue la creación de un grupo parlamentario de 36 diputados, tras rechazar muchas “adhesiones” procedentes de todos los partidos deseosos de arrimarse a él. Todo ello parece confirmar la tendencia hacia un nuevo “autoritarismo con rostro humano”, como denuncia Moulay Hicham, primo hermano díscolo del rey Mohamed VI, segundo en la línea de sucesión y autoexiliado en los EEUU: “un autoritarismo legalizado que ha renunciado a la represión como sistema de gobierno, que concede márgenes de libertad bastante holgados, pero que no se ensambla en ninguno de los mecanismos capaces de impulsar el cambio”.

 

A pesar de ello, hay motivos para el optimismo. Hace apenas unas semanas, la Fundación Abderrahim Bouabid organizó en Rabat un encuentro de las fuerzas políticas de la izquierda marroquí. En ella estuvieron presentes la totalidad de las formaciones que componen la izquierda plural del país (el USFP, el PPS, el PSU, el PS, el Partido Laborista, el CNI y el FFD). Todos coincidieron en hacer autocrítica y en la preocupación por el vacío político generado tras el fracaso de la izquierda tras las elecciones, con los consiguientes riegos que conlleva para la transición democrática. La solución pasaría probablemente por la unión de las diferentes corrientes de la izquierda marroquí para ir más allá que un mero discurso y generar un proyecto común capaz de ilusionar de nuevo a los ciudadanos marroquíes y que se traduzca en una participación masiva en las elecciones municipales de 2009. El reto es complejo, pero la izquierda marroquí debe enfrentarse con coraje y sabiduría a sus propias responsabilidades para ser un actor de cambio en el desarrollo y consolidación de la democracia en el país.

 
 
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