¿Qué puede estar ocurriendo para que los afanes antimonárquicos se escenifiquen con las llamas purificadoras tan del gusto durante siglos y siglos de lo más arcano de nuestro más recio y rancio reaccionarismo? ¿Están permitiendo los medios de comunicación la discusión sosegada, civilizada y argumentada al respecto? ¿La Monarquía es un asunto tabú en la discusión política, hasta el extremo de que un senador vasco, severamente crítico con ella, se manifiesta al respecto casi siempre en su página de internet, más que en las instituciones parlamentarias y más que en la opinión publicada?
¿De quién se está defendiendo la propia institución monárquica en sus últimos discursos? ¿Acaso de periodistas que no se caracterizaron nunca por su progresismo? ¿También de jóvenes independentistas crispados?
Me llamó mucho la atención una pancarta que hablaba de que en Cataluña no tenían rey. Como si tal cosa fuese una cuestión puramente territorial. ¿No puede haber republicanos fuera de las llamadas «nacionalidades históricas»? Se puede constatar que sí.
Si la nación es, según la celebre sentencia de Renan, una especie de refrendo cotidiano, ¿tanto les cuesta a los paladines de lo políticamente correcto caer en la cuenta de que, sin entrar en otras consideraciones, cosa que podría hacerse, el papel del actual Monarca durante el 23-F no garantiza para siempre jamás del mundo la aceptación de ese marco político?
Cierto es que la democracia, manifiestamente mejorable, que tenemos arranca con la actual Monarquía. Tal cosa es insultantemente obvia. ¿Pero eso quiere decir que no hay otra forma posible de democracia, aún más profunda y plena?
Si, de otro lado, se acepta, soslayando la discusión, oceánica bibliográficamente, que las dos experiencias republicanas resultaron fallidas, ¿acaso se puede negar que hubo reinados nefastos al menos desde Carlos IV en adelante? ¿Lo que vale para negar la viabilidad de una futura República es inservible para plantear lo mismo con respecto a la Monarquía? Débil argumentario esgrimimos, señores míos. Por lo demás, siguiendo con lo incendiario, lo que hay al propósito son cortinas de humo. Tiene bemoles que un periodista como don Luis Herrero, al que no se le conocen veleidades izquierdistas, publique un libro cuyo título es una parodia de un conocido volumen que en su momento firmó Josefina Carabias hablando de Azaña: «Los que le llamábamos don Manuel». Tan lejos está don Luis de Josefina Carabias como el señor Suárez de don Manuel Azaña. En el mismo orden de cosas, que el radiofonista de la emisora episcopal le envíe andanadas al actual Monarca parece un episodio propio de eso que se conoce como el mundo al revés. Tanto como que Zapatero, republicano confeso, sea tan entusiasta con la Monarquía. Pablo Iglesias estaría encantado con que su partido evolucionase de esta guisa.
Y lo cierto es que, por mucho que quiera obviarse, los hechos demuestran que la Monarquía nunca estuvo tan discutida como ahora, al menos desde el año 78 a esta parte, les guste o no a los partidos mayoritarios y a los principales medios de comunicación.
Y, por lo demás, las cortinas de humo de las que venimos hablando no son más que la inevitable consecuencia de una discusión que se quiere soslayar, de un debate que se quiere posponer indefinidamente. No es éste un país que tenga la Monarquía tan asentada como en otras latitudes. Y aquel debate que no se consideró oportuno tener en la tan santificada transición llama a la puerta de los foros de discusión de una sociedad que se dice libre y democrática. Y a eso no se le puede cerrar el paso. Y cuanto más se prorrogue, mayores y más hediondas serán las cortinas de humo. Son cosas de democracia. |