| Sobre las ruinas que
dejaron tras de sí las tropas francesas, tras el insoslayable mal trago
sobrevenido del paisaje después de la batalla, doña Emilia Pardo Bazán
reconstruyó aquello para ubicar allí su biblioteca, taller de
orfebrería de la palabra limada que aspira a formar parte del relato y
de la fábula. El Pazo de Meirás, antes que nada, tiene irrenunciables
reminiscencias literarias. Allí moran no pocos de los fantasmas de la
mejor narrativa española que se escribió entre el XIX y el XX. ¿Quién
tiene conocimiento de que Unamuno estuvo allí, visitando a doña Emilia,
en 1903? La torre que mira a Sada fue llamada, como una de las novelas
de la condesa, La Quimera. ¿Cómo pudieron convivir la atmósfera
literaria que dejó intramuros doña Emilia y el ambiente cuartelero del
invicto caudillo que pasaba allí sus veraneos? Que se sepa, no había en
el Pazo un fantasma como el de Wilde con cadenas oxidadas y
chirriantes. ¿Cómo seguirán siendo, a día de hoy, las colisiones entre
unos y otros espectros? Piensa
uno en doña Emilia, precisamente ahora en el 150 aniversario de la
publicación de Madame Bovary. Y es que la condesa, crítica y novelista,
dedicó páginas a la heroína de Flaubert donde hablaba del ambiente
prosaico en que se desenvolvía el personaje flaubertiano que enamoró a
Vargas Llosa. ¿Hubiera podido respirar la propia doña Emilia el mismo
aire que Franco y toda su impedimenta veraniega? Ruinas
reconstruidas por doña Emilia. Decadentismo de la hidalguía convertido
en arte en su novela más conocida, Los Pazos de Ulloa. Y, andando el
tiempo, si hubiera podido ver al caudillo veraneante, seguro que habría
hecho suyo aquel inolvidable verso de Jaime Gil de Biedma donde el
poeta escribía sobre las ruinas de mi inteligencia. Donde
habitó una parte imprescindible de la gran narrativa decimonónica, en
el mismo Pazo, andando el tiempo, se convertiría en su morador estival
alguien que no tuvo una gran relación con la literatura. Sin el guión
de Raza, nuestras glorias literarias no serían menores. Y,
ahora, en pleno agosto, la prensa gallega y nacional decide airear el
asunto del Pazo a resultas de la voluntad del Ayuntamiento de Sada,
gobernado por socialistas y nacionalistas, de convertir tan conocido
inmueble en bien de interés cultural. Como consecuencia de todo ello,
los recordatorios se disparan. Desdichadamente, hablar del Pazo de
Meirás evoca para la mayoría más a Franco que a doña Emilia. Al
término de la guerra civil, parece que la prensa oficial de entonces
publicó la siguiente proclama: "Galicia lo dio todo en la Cruzada del
18 de julio. El mártir, José Calvo Sotelo; el traidor, Manuel Portela
Valladares; el asesino, Santiago Casares Quiroga, y el caudillo
liberador, Francisco Franco". Espeluznante retórica, a decir verdad. En
el mismo orden de cosas, el Pazo fue donado a Franco en 1938. Cuenta la
leyenda que se abrió una suscripción para comprarlo. Dicha suscripción
se alimentaba en parte de descuentos que de las nóminas de funcionarios
del Ayuntamiento coruñés y de la Diputación. Cabe colegir que algo
debió de haber de voluntariado forzoso en esos descuentos. Y,
ahora, cerrado a cal y canto, para que no se contaminen las atmósferas
que puertas adentro se fueron generando. Entre las muchas opciones que
se pueden contemplar con vistas al futuro de tan histórico inmueble,
creo que lo más acertado sería habilitar allí un centro de
investigación para hispanistas. En una torre, que se estudie la
narrativa española del XIX. En la otra, la bisutería del discurso
franquista con sus incontables panegíricos. De torre a torre y tiro
porque me toca. Llegados
a tales extremos, a tan forzadas paradojas, habría que pensar en que
estaríamos ante una arquitectura que haría imposible eso que los
estudiosos llaman la literatura comparada. La
Quimera, publicada en 1905, tiene como protagonista a un pintor
tuberculoso, de nombre Silvio Lago, que aspiraba a la gloria que podía
darle la aristocracia madrileña de entonces. Confieso que me produce
escalofríos confrontar la debilidad física del personaje de doña Emilia
con la voz atiplada del dictador. Exangüe pintor frente a aquella voz
que año tras año hacía balance de la situación del país con tan
deleznable prosa, con un discurso tan exánime de grandeza estética. Frente a frente, la gran novela decimonónica y la orden del día cuartelera. ¿Cabe decadencia mayor? Al
final, va a ser cierto que Galicia lo dio casi todo, por mucho que,
tras la gloriosa cruzada, se ordenase eliminar el nombre de Casares
Quiroga del registro civil. La Opinión de A Coruña - 14.08.2007
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