¿MONÁRQUICOS POR OBLIGACIÓN? |
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LUIS ARIAS |
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Capítulo primero,
acontece el secuestro de la revista «El Jueves» que incluye la
inevitable escandalera a la que seguimos asistiendo. Capítulo segundo,
Anasagasti, en su página de internet, arremete políticamente sin
contemplaciones contra el jefe del Estado y su familia. Seamos claros y
honestos desde el principio: ni la portada de la revista formará parte
del humor más fino y sutil, ni tampoco las diatribas de Anasagasti
serán incluidas entre las últimas grandes aportaciones a la cultura
occidental. No es esto lo que se discute, sino las reacciones que se
produjeron y se siguen prodigando, propias en muchos casos de una
sociedad que demuestra un servilismo preocupante.
Lo que se dirime en el primer caso es la mayor o menor
pertinencia de la medida contra la revista que puede volverse
propagandísticamente en su favor. Pero no se ha tenido a bien recordar
que viñetas y portadas como la de marras no son inusuales en «El
Jueves». Por tanto, apremia ponerse de acuerdo en algo muy básico:
¿sólo se abre un debate de este tipo si el despelleje se centra en
miembros de la Corona? ¿De veras es apropiado esto para defender que la
España actual viene a ser una especie de República coronada? Nos lo
fían muy largo en este caso.
En cuanto a lo publicado por Anasagasti en su web, sin
prejuicio de que estemos más o menos de acuerdo con sus planteamientos,
ha habido reacciones como mínimo desproporcionadas. Desde quien dijo
que su partido debería desautorizarlo, hasta editoriales de periódicos
que le manifestaron al político vasco que al actual Monarca ningún
político puede darle lecciones de democracia. Así pues, nunca mejor
dicho, el Rey es el demócrata mayor del reino.
Lo llamativo es ver cómo se les desatan los nervios a muchos
tan pronto se pone en solfa o se somete a crítica severa la función
actual de la Corona. No tendría que alterar a sus más entusiastas
defensores si están tan seguros como dicen de la consolidación de la
Monarquía en España.
Durante el franquismo, nos dijeron por activa y por pasiva que
el pueblo español no era apto para la democracia, vistas las
experiencias anteriores, que lo mejor para nosotros era la llamada
democracia orgánica. Pues bien, se diría que ahora -mutatis mutandis-
se sostiene lo mismo si en lugar de democracia decimos República. ¿Algo
así es argumentalmente aceptable e indiscutible? No nos tomen el pelo,
por favor.
Por lo demás, se habla, incluso desde la izquierda, del
sagrado respeto que debemos a las instituciones democráticas. Si
quitamos el adjetivo, estoy de acuerdo, siempre que además se tenga en
cuenta una añadidura nada baladí: la grandeza de las instituciones
viene dada en tanto la ciudadanía se vea representada en ellas. Las
primeras están al servicio de la segunda. Y entre las muchas tareas
pendientes de la democracia mejorable que tenemos se encuentra el
ensalzamiento del concepto de ciudadanía hasta las más altas dignidades
que son exigibles a un Estado que se dice democrático.
Van a permitirme a este propósito que reproduzca unas palabras
de un extraordinario discurso de Azaña: «Atravesaba yo una villa
castellana. Era un día de fiesta o de feria; la plaza estaba llena de
gente. (...) ¡Ah!, pero todo eso que, agradecido, a veces es penoso,
nos hace salir de la plaza, y en la esquina había un hombre magnífico,
un hombre de gran estatura, atezado, seco, que debiera ser, supongo yo,
curtidor, con un enorme mandil de cuero que le caía desde los hombros
hasta los talones. Apenas reclinado en un poyo de piedra, me vio pasar.
Yo iba de pie. Me reconoció, me dirigió una mirada de desprecio sublime
y no se movió. Desde entonces tengo por ese hombre una admiración tal
que digo, éste es el hombre castellano que yo quiero. Pasa el
presidente del Consejo de Ministros y él está con su mandil de cuero
quizá con su hambre, y con su olímpico gesto castellano dice: "Somos
dos iguales". Este tipo sustancial de vuestro país es el que hay que
resucitar y restaurar».
Preguntémonos tan sólo si es éste el ideal de ciudadano que se
persigue en la actual democracia, que, en el mejor de los casos, se
excede en los halagos a la casa real. Preguntémonos también si no es al
cien por cien asumible la aspiración de la que Azaña hablaba para una
democracia plena en España.
De otra parte, digamos sólo como apunte que nadie debe
alborotarse si alguien tiene a bien recordar, como hizo Anasagasti, que
el actual jefe del Estado fue nombrado sucesor por Franco. Algo así es
un dato, no una opinión. Sí puede argüirse, en cambio, que el
referéndum del 78 le dio a Juan Carlos de Borbón legitimidad
democrática. Siendo esto razonable, no lo es menos recordar que el
pueblo español no fue consultado acerca de su parecer a favor de la
Monarquía o la República. A eso, no se tuvo opción.
En cuanto al paso del Rubicón a favor de las libertades y de
la democracia que supuso la actuación del Rey en el 23-F, sin entrar en
otras consideraciones, no sería descabellado replicar que, de haber
habido ruptura en lugar de reforma, puede que los golpistas no hubieran
tenido muchas opciones para intentonas militares.
En definitiva, no es de recibo que la Monarquía sea un asunto
tabú. De cuantas asignaturas pendientes tiene esta democracia, la
discusión que aquí nos trae figura en el primer lugar de la lista.
¿Acaso no estamos de acuerdo en que a la democracia no le debe estar permitido temerse a sí misma? |
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