Leopoldo Alas y García-Argüelles nace en Oviedo el 12 de septiembre de 1883. Casi cuatro meses después que Ortega, que vino al mundo el 9 de mayo del mismo año. Dos grandes generaciones de españoles lo preceden, la de su padre y la del 98, en la que cronológicamente se encuentra Melquíades Álvarez, nacido, como Unamuno, en 1864. Conviene no olvidar que Melquíades Álvarez es la figura política más importante de la generación del 98, y que su partido, el Reformista, en el que militaron Azaña, Ortega y Augusto Barcia entre otros, fue el principal vivero del único Estado no lampedusiano de la España contemporánea, es decir, de la Segunda República.
Cuando se le dio muerte al rector no sólo se acabó con la vida de un hombre de bien y con un santo laico, sino que se arremetió al mismo tiempo contra la excelencia que representó aquel Estado en el que las dos repúblicas, la de las letras y la propiamente estatal, convergieron más y mejor que nunca, como dejó escrito Marichal en su biografía sobre Manuel Azaña. Podríamos ir en este sentido un paso más allá y poner de relieve que también se dio muerte a la genialidad que Clarín representaba.
Si, como se viene sosteniendo, en la condena a muerte del rector Alas pesó la figura paterna, téngase en cuenta que en tal sentido no sólo habría habido ensañamiento contra el autor de la novela que reflejaba mejor que ninguna otra la atmósfera viciada y mediocre de la Restauración, sino también contra lo que Clarín significaba en tanto intelectual abierto que se oponía a la España que le tocó vivir, al tiempo que fue también uno de los espíritus más abiertos de su época.
Y es que en la historia de la Universidad de Oviedo hay un antes y un después del rector Alas. Un antes en el que se beneficiaron del magisterio de Clarín gentes como Melquíades Álvarez, como Pérez de Ayala y como Fernando Vela, quien declaró en su momento que su vida había transcurrido entre dos muertes: la de Clarín y la de Ortega. Gentes que sintonizarían con el pensamiento de Ortega que prende en Asturias, cuantitativamente, más que en cualquier otro lugar de España, hecho singular que inexplicable y escandalosamente se sigue soslayando. Y ello se debe entre otras razones a que en aquel período la Universidad de Oviedo había formado a sus discípulos más excelsos.
Estamos hablando, pues, no sólo de una infame crueldad contra un hombre de bien. Estamos hablando también del asesinato de todo aquello que Clarín simbolizaba. También del asesinato de una figura que era fiel plasmación de aquella República de las letras, auténtico vivero del Estado que se proclamó el 14 de abril del 1931 Estado del que el rector Alas fue un entusiasta y valioso servidor.
Asturias, y muy particularmente Oviedo, debe meditar acerca de su relación con Clarín, más allá de los tópicos mohosos al uso, planteándose lo que en verdad significó su obra no sólo literaria.
Cuentan que Machado, a la muerte de Unamuno, dijo que los españoles no éramos conscientes de lo que acabábamos de perder. Ortega también se pronunció cuando tuvo noticia del fallecimiento del rector de Salamanca y vaticinó para España «una era de atroz silencio».
Al hilo de esto, sí que cabría preguntarse qué fue de la vida cultural y universitaria tras la pérdida del rector Alas. O más preciso aún: cómo habría transcurrido esa vida nuestra cultural y universitaria si la República no hubiese sido derrocada y, en consecuencia, si el rector Alas hubiese continuado al frente del Alma Máter. Ésta sería, creo, la gran pregunta. Casi todo lo demás es creerse Clarín incurriendo en lo más regentiano.
En febrero de 1937 la excelencia fue condenada a muerte, excelencia que en Oviedo era el alma que acompañaba a Clarín. Y que tuvo en su hijo acaso al principal depositario.
La Nueva España - 23.02.2007 |