Energúmeno de las letras hispanas, según Ortega. Don Quijotesco Unamuno, al decir de Machado. Fue la disonancia y la disidencia. La voz que elevó más la protesta entre los intelectuales españoles contra la dictadura de Primo de Rivera, lo que le costó un destierro, muy fecundo literariamente. Así, los libros «Paisajes del alma» y «La agonía del Cristianismo». Disonante su decir poético que rompía ritmos y rimas. Y, a pesar de eso, acaso el rector salmantino haya sido, ante todo y sobre todo, un poeta, como bien sugirió Luis Cernuda.
Pocos hombres de su tierra arremetieron tanto contra Sabino Arana: «Aquel ingenuo, aquel hombre abnegado llegó a decir en un momento: "Si un maqueto está ahogándose y te pide ayuda, contéstale 'Eztakit erderaz' ('No sé castellano')". Y él apenas sabía otra cosa, porque su lengua materna, la que aprendió de su madre, era el castellano».
Se cumplen hoy setenta años de uno de los episodios más deplorables de la historia contemporánea de España, como fue su incidente con Millán Astray, aquel 12 de octubre de 1936. Un militar dando mueras a la inteligencia y vivas a la muerte, frente a un Unamuno anciano, pero lúcido, que, ni siquiera en un momento así, se calló. Se cuenta que lo sacaron de allí y que los tres meses de vida que le quedaron hasta la Nochevieja del 36, en que falleció, fueron un silencio agónico, contrario al sentido que don Miguel le daba a la vida y al propio término agonía como lucha.
Alguien escribía recientemente sobre él adscribiéndolo con reservas a eso que se ha dado en llamar la «tercera España». No, don Miguel era al tiempo la España entera y, sobre todo, como en su momento escribió: «Yo, Miguel de Unamuno, como cualquier hombre que aspire a conciencia plena, soy especie única».
Desde el advenimiento de la República, el intelectual más heterodoxo de la España de las décadas anteriores se fue distanciando del nuevo Estado. En su momento, llegó a manifestar su simpatía por los que se sublevaron, hasta que llegó aquel militar que lo hirió en sus más sagradas convicciones. Se cuenta que, entre los asistentes a aquel acto en el Rectorado salmantino, estaba Pemán. Por mucho que se pretenda forzar la historia, la España de Unamuno y la de Pemán se oponían entre sí. Pudiera decirse que se repelían.
Una vida entre guerras, entre las carlistadas últimas y la guerra civil española, que acaso, como se apuntó, fue, entre otras, una de las últimas derivas de aquel delirio decimonónico tan fraticida.
¿Se imagina alguien a Unamuno callado en la España franquista, de haber vivido más años? ¿Se imagina alguien a Unamuno complaciente con las derivas de la extrema izquierda de entonces? ¿Se imagina alguien a Unamuno enmudecido?
Tras su muerte, sobrevino en España «una era de atroz silencio», como vaticinó Ortega. La España franquista venció, pero no convenció como clamó Unamuno en su Rectorado. Vivió y escribió siempre «contra esto y aquello» y «contra éstos y aquéllos».
En todo caso, la independencia de criterio, la libertad de expresión hecha clamor, el individualismo convertido en himno, y así un largo etcétera, emplazan a Unamuno a ser una figura sin sitio, sin acomodo posible. Lo que no puede ni debe llevarnos a olvidar que si sobre algo se manifestó siempre entusiasta fue sobre el liberalismo nacido en las Cortes de Cádiz, nada que ver con el liberalismo económico, al que también combatió.
Primer gran existencialista de la Europa del siglo XX, según señaló Gabriel Marcel. Hombre «con ideas de lechuzo», tal y como lo definió Blas de Otero, negando un ascendiente innegable.
¿Qué vino tras Unamuno? El silencio de la dictadura. El dolor del exilio. ¿Qué vino después? ¿Qué hay ahora en los ámbitos frecuentados por don Miguel? Oigámosle: «Los bárbaros exigen que cada uno de nosotros se aliste en sus bárbaras mesnadas; pero una vez que se ha instalado uno en una de ellas le hacen allí imposible toda vida de libertad. Exigen que se barbarice».
En cierta ocasión le dijeron: «Don Miguel, aquí tiene usted a los cinco jabalíes de la Cámara». Cuentan que Unamuno respondió: «Imposible, los jabalíes van solos o en pareja; los que van en piara son los cerdos».
El sitio de Unamuno es la soledad, título de un ensayo suyo, en el que su prosa alcanza el lirismo más sublime y logrado. La soledad del liberalismo español, tan olvidado, tan ultrajado, tan manoseado por sus enemigos más acérrimos. El sitio de Unamuno es la heterodoxia. Frente a él, don Marcelino. Con don Miguel, el Quijote que, a golpes de lirismo conmovido y conmovedor, forjó y se inventó más allá de Cervantes. Su figura está donde señaló Ortega a su muerte: «más allá de cualquier horizonte conocido».
Repárese en que es el único gran maestro de las letras hispanas contemporáneas que jamás tuvo discípulos. Y, hablando de paradojas, tan queridas por don Miguel, su «sitio» pudiera estar retemblando en la Sociedad El Sitio, de su amado Bilbao, templo por excelencia del liberalismo español.
“La Nueva España” de Oviedo |