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«La angustia española de los subnacionalismos y los separatismos no tendrá alivio mientras los capítulos de agravios y dicterios no cedan el paso al examen estricto de cómo y por qué fue lo acontecido. El convivir de los individuos y las colectividades se basó en Occidente en un almohadillo de cultura moral, científica y práctica, pues en otro caso hay opresión y no convivencia. Castilla no supo inundar de cultura de ideas y cosas castellanas a Cataluña, como hizo Francia con Provenza y luego con Borgoña». (Américo Castro)
«Ciudadanos y ciudadanas catalanas sienten Cataluña como una nación y ese sentimiento democrático es plenamente compatible con la pertenencia a un Estado, cuya Constitución, en el Artículo 2, establece los principios esenciales de unidad y Autonomía». Reparen, se lo ruego, en las palabras que acabamos de reproducir. Era la propuesta socialista para resolver la presencia del término «nación» en el Estatuto. Tras el pacto entre Zapatero y Mas, el preámbulo del Estatuto dirá: «El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de los ciudadanos, ha definido de manera ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación. Esta realidad nacional tiene su traducción en el artículo 2 de la Constitución Española, que define a Cataluña como nacionalidad».
Todo un galimatías. El texto que proponían los socialistas ponía, creo que sin saberlo, el dedo en la llaga de una frustración de siglos. Venía a hacerse eco de un afán nunca conseguido. Lo que figura en el Preámbulo, tras el pacto entre Zapatero y Mas, es recoger en apartados diferentes anhelos distintos, cuando no contrapuestos. Peor aún que el desconocimiento de la Historia es carecer de voluntad -y acaso también de capacidad- para interpretarla. Yo tengo la impresión de que los ponentes de este Estatuto plantean, con mayor o menor desconocimiento de causa, que Cataluña es un pueblo frustrado que busca su sitio en la Historia para la voluntad de una geografía. Y percibo asimismo el pálpito que, por parte de los políticos e instituciones españolas, se manifiesta otra frustración que no es de menor calado. No saber cómo vertebrar lo catalán en ese proyecto común, aún sin definir, al que nos gustaría llamar España.
Ahora que tanto se cita, sin ni siquiera pararse a reflexionar en ello, la polémica entre Azaña y Ortega acerca del Estatuto del 32, son pintiparadas estas palabras de Azaña: «Para el señor Ortega, Cataluña es un pueblo frustrado en su principal destino... El pueblo catalán, un personaje peregrinando por las rutas de la historia en busca de un Canaán que él sólo se ha prometido a sí mismo y que nunca debe encontrar».
Ortega hablaba de que el problema catalán era irresoluble, que su malestar sería perenne en la medida en que tenía que «conllevarse» con el resto de España. Bien es cierto que no iba del todo descaminado. No lo es menos que el discurso de Azaña, muy largo y no menos brillante, constituye una magnífica -y hasta deslumbrante- lección de Historia, como, por cierto, el propio Ortega le reconoció.
Sería deseable que los que se declaran mentores de Cataluña dejasen de ver en su tierra la historia de una frustración. Sería no menos deseable que por parte de quienes representan a las instituciones españolas se percibiese un afán de resolver esta vertebración con la bandera de la democracia por delante y con la voluntad ciudadana como estandarte.
Si hay en el sentir catalán, históricamente hablando, una frustración que parece inacabable, puede existir en el sentir español otra frustración no menor, la de no haber conseguido que Cataluña asumiese un papel de protagonismo en la gobernabilidad de España. Cada vez que hubo -no muchas- iniciativas de implicación de fuerzas políticas catalanas en el devenir político de España (la llamada «operación Roca», por poner un ejemplo), se produjo un rechazo al otro lado del Ebro.
Si es muy deseable para los catalanes sentirse como tales conocidos y reconocidos, no lo es menos, para quienes están movidos por el afán democrático desde el resto de España, que Cataluña deje de ser un ámbito de difícil y anclaje dentro del famoso proyecto común que se supone que es una nación. Y no es cuestión de concesiones mal entendidas como advertía Azaña en su discurso, sino de reconocimientos desde una óptica inequívocamente democrática.
La democracia, más que geografía e historia, es ciudadanía. Los partidos están para canalizar los clamores ciudadanos más democráticos. Y su papel sería dar cumplida respuesta a esto con voluntad de ir más allá de lo que es un mero parche.
Frustración por ambos lados en tanto una falta de entendimiento que viene muy de atrás. Frustración a la que sería muy bueno hacer frente con planteamientos democráticos hasta la osadía. Confieso que me revienta oír tópicos anticatalanistas que son de una chabacanería intragable. Confieso que me inquieta saber que la política de más baja estofa se convierte en insultos tribales desde tertulias radiofónicas y otros ámbitos similares. Yo quisiera oír todas las voces desde Cataluña, también las no nacionalistas, manifestándose sobre lo que se está dirimiendo. Yo quisiera que toda España no olvidara nunca el coraje de un pueblo que salvaguardó su lengua contra una dictadura que la perseguía. Me sentiría muy dichoso si en cualquier discurso nacionalista se recogiese sin reservas que todo el lote de derechos que reivindican está al servicio del concepto de ciudadanía, la madre de todas las batallas democráticas.
Y, en cuanto a todo lo demás, a los impuestos solidarios e insolidarios, a los asuntos financieros, a las agendas tributarias dobles y hasta trinas, por mucho que se diga que esto es lo esencial, y que los restantes asuntos hacen de teloneros del vil metal, que se nos abrume menos con datos que sirven para justificar todos los argumentos imaginables.
En todo caso, se pone al descubierto, una vez más, esa doble frustración de una convivencia que hasta ahora no supo hacerse y que en estos momentos es manifiestamente mejorable.
Para hacerle frente están, en primer término -y éste es uno de los principales problemas-, unos políticos que distan mucho de encontrarse a la altura de los tiempos y de las circunstancias.
Al menos, uno hace votos para que se viva esta doble frustración con altura de miras enfocada y focalizada en torno a eso que queremos seguir llamando democracia. A la que no queremos ni debemos abandonar.
La Nueva España - gener 2006 |