HABANERA |
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LUIS ARIAS |
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"En la aldea no hacían más que hablar de Cuba ¡Ave María, en España siempre se habla de Cuba! Antes por la huida de los emigrados como yo y ahora por la Revolución. Por la una o por la otra, el español siempre tiene a Cuba en los labios" (Miguel Barnet. `Gallego´)
Se tambalea de salud del dictador de un pequeño país y, sin embargo, tal acontecimiento se convierte en noticia mundial. El referido evento cobra en España mayor envergadura no sólo mediática, sino también en el sentir y en el pensar del común de la ciudadanía. Por otro lado, que Raúl Castro herede el poder, aunque sea provisionalmente, es prueba, como alguien dijo, de que la isla caribeña es la única monarquía comunista del mundo. Hay quien matiza que semejante singularidad podría ser aplicable también a Corea. Que se pronuncien a tal efecto los expertos.
Habanera. Este anciano es, con todos los pesares que se quiera, uno de los personajes del siglo XX que ocupa y ocupará mayor espacio en las Enciclopedias. Es dudoso que la historia lo absuelva. Sería además injusto, pero resulta innegable que lo acogerá entre los más relevantes.
¿Y ahora? Tras conocerse la noticia, hubo quien habló de que se seguiría en Cuba un modelo de transición semejante al que se llevó a cabo en España. Tal aseveración es, como mínimo, dudosa. En todo caso, la retirada momentánea de Castro parece retrotraernos a aquel verano del 74, cuando el invicto caudillo enfermó, y el entonces príncipe heredero asumió la Jefatura del Estado, llegando a presidir el Consejo de Ministros en el Pazo de Meirás. Por supuesto, Castro no es Franco, ni viceversa. Pero no es imposible conjeturar que la caída de aquel dictador sigue, en cierta medida, la trama de la novela de García Márquez, El Otoño del Patriarca. En esa línea iba el editorial de uno de los principales rotativos madrileños.
Habanera, cuyo ritmo podría acompañar las imágenes históricas de los últimos episodios de aquella revolución que llevaron a Castro al poder, episodios con una carga épica imborrable e irrebatible. Habanera, con el ritmo de un largo lamento por las decepciones que cosechó y sigue cosechando esa revolución, convertida en dictadura asfixiante. (Perdón por el pleonasmo) Habanera, con el ritmo de otro largo lamento premonitorio. Una cosa es desear la democracia para Cuba, que hoy no tiene, y otra muy distinta resignarse a que se convierta en el burdel de su poderoso vecino.
Habanera, como pompa fúnebre del ocaso de un patriarca, que, a la larga, creó un sistema político cerrado al mundo y a las libertades, tiránico con la disidencia. Habanera que aquí nos conmueve más que en otras muchas latitudes del planeta. En algún lugar se refirió Kant a España como la tierra de los antepasados. Pues bien, Cuba forma parte para nosotros de nuestra geografía sentimental, de nuestra genealogía.
Hay quien dice que Moro situó su Utopía precisamente en Cuba. La isla caribeña fue para los españoles de los últimos siglos el lugar donde se brindaba la oportunidad de abandonar la miseria, el paraíso donde era posible desarrollar el arsenal onírico que llevaba el joven, (cuando no, adolescente), emigrante como único asidero y patrimonio. Y es que también nos duele Cuba.
Nos duele ver el resultado final de una dictadura que transmite el poder familiarmente como si se tratase de una casposa saga familiar. Nos duele tener constancia de la miseria que envuelve a ese pueblo, consecuencia, entre otras cosas, de la cerrazón del dictador que parece haber entrado en fase agónica. Y nos duele también la doble vara de medir que muchos utilizan. Somos los primeros en desear para Cuba una democracia plena. Pero resulta inaceptable que gran parte del discurso político ubique sólo en esa isla la falta de libertades y de democracia, cuando se trata de algo lastimosa y apestosamente extendido por la mayor parte de la América de habla hispana. Y ello por no hablar también de Marruecos, tiranía para la que el discurso de lo políticamente correcto no exige democracia y vida digna a sus ciudadanos.
El mundo mundial está a la expectativa de lo que vaya a acontecer en tan pequeño rincón del planeta. Y, a nosotros, tan geográficamente alejados, nos llega un ritmo inquietante con lamentos y dudas. Y es que a Cuba la tenemos en los labios. Y en el corazón.
Abro al desgaire La Consagración de la Primavera, de Alejo Carpentier. Novela extraordinaria que quiere ser la epopeya del siglo XX. Una epopeya que en el caso de Cuba se prolongó tanto y tanto, degeneró tanto y tanto, que dio lugar a algo que estaba en su origen: a lo esperpéntico valleinclanesco que tanto se prodiga en Tirano Banderas.
Así, la literatura atestigua que el periplo de Castro se acomodaría a una singladura tan fraudulenta que, partiendo de Utopía, terminó por emplazarse en Tierra Caliente. La Opinión de A Coruña - 03 d'agost de 2006 |
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