Luis Arias Argüelles-Meres acaba de publicar “Buscando un Ortega desde dentro” (Septem Ediciones), una obra biogràfica sobre Ortega. La voluntat regeneradora d’Ortega superadora de l’esperit de la Restauració, i la seva voluntat de vertebrar Espanya, que avui probablement passaria per vertebrar una Espanya diversa i plural, amb projecte comú, posen d’actualitat un dels grans pensadors espanyols del segle XX. Nou Cicle considera oportú oferir uns fragments del llibre de Arias Argüelles-Meres, escriptor i col·laborador del diari “La Nueva España” de Oviedo, publicats al mateix rotatiu el 18 d’octubre de 2005, en motiu del 50è aniversari de la desaparició del filòsof.
ORTEGA, 50 AÑOS DESPUÉS
LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
Parodiando lo que escribió en su momento acerca de Kant, podría afirmarse que España no sólo fue su casa durante la mayor parte de la vida de Ortega, sino que fue, en un amplio -y dramático- sentido, su prisión. No sólo el empeño orteguiano por la salvación de la circunstancia española lo alejó de la filosofía académica y lo llevó a participar de múltiples maneras en la vida pública. Es que, además, resumiendo en exceso, es el caso que el hecho de ser español significó y sigue significando que no se haya hecho justicia a la enorme categoría de su obra allende nuestras fronteras. Y, para mayor baldón, en nuestro país, para una pandilla de virtuosos profesores universitarios que nunca fueron más allá de unos estropajosos apuntes ennegrecidos, «Ortega estaba superado». Cuando Ortega, según la acertada expresión de Marías, «se da de alta en la vida pública» en 1914, dice estas palabras dentro de un vibrante discurso:
«La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría».
En ese momento en que se da de alta en la vida pública, pocos meses antes de publicar su primer libro, «Meditaciones del Quijote», al que es obligado regresar casi de continuo para un conocimiento siquiera somero de la obra del pensador más clarividente de la historia de España, Ortega asume el liderazgo de su generación, erigiéndose en portavoz de una España distinta a la oficial que agoniza. Y sella desde entonces un compromiso con la vida pública española del que sólo lo apartarán contra su voluntad los trágicos acontecimientos que tendrían lugar décadas más tarde. El joven filósofo que había completado su formación en Alemania y que había obtenido la cátedra universitaria de Madrid cuatro años antes, que se había estrenado como columnista a principios del XX, se implica a fondo en la vida pública de su país. La plenitud española que pretendemos abordar en el libro que el lector tendrá en sus manos unió su destino al de su país y mantuvo ese compromiso durante el resto de su vida. A Ortega no le fue nunca ajeno el devenir de España y puso todo su talento al servicio de su país, en varios frentes. Como catedrático de Universidad, como columnista en los periódicos de mayor prestigio, como alentador de grandes empresas culturales, cuya culminación está representada, como se sabe, por la «Revista de Occidente», que se convertiría también en editorial, con unas colecciones innovadoras en todos los géneros literarios, que, a mayor o menor distancia, estuvieron alentadas por Ortega.
Pero, además de todo esto, o como consecuencia de ello, Ortega llegaría a ser muy pronto la autoridad intelectual más escuchada de España. Así, el mundo de la cultura estaba muy atento a sus dictámenes. Y escribió sobre el arte de entonces, sobre la literatura que hacían Azorín, Baroja, Machado y Valle-Inclán. El arte se deshumaniza, las masas se rebelan, España está invertebrada, el género novela se agota, la filosofía debe concentrarse en el enigma de la existencia y explicar toda su complejidad. El tema de nuestro tiempo es esa estructura de la vida humana, para cuyo esclarecimiento debemos echar mano de la historia, cuyo estudio a su vez ha de pasar por la teoría de las generaciones. Momento es ya de ocuparse de nuestra búsqueda de un Ortega desde dentro, tras esta declaración de intenciones y de ambiciones que hemos venido esbozando en estas páginas introductorias, cuya despedida debe abundar aún más en la importancia del género biográfico y de las biografías para Ortega. Digamos, a modo de colofón, que dejó escrito con contundente claridad que el nacimiento de la Edad Moderna comenzaba con una biografía escrita por un tal Renato Descartes y que llevaba por título «Discurso del Método».
Sale «El Sol». En 1917 aparece el segundo tomo de «El Espectador».
El 13 de julio de 1917 Ortega concluye sus colaboraciones con el diario que había estado en manos de su abuelo y de su padre, es decir, con «El imparcial». Y lo hace con el artículo «Bajo el arco en ruinas». España, tras la huelga del 10 de agosto de 1917, vivía una situación muy conflictiva. Ortega, en el referido artículo, pedía que se reconstruyese la Constitución, lo que generó malestar, por estimar aquello muy duro, en los responsables del periódico.
Nicolás María Urguti, amigo personal de Ortega, funda el diario «El Sol», que nace el 1 de diciembre de 1917. Es un periódico con un espíritu opuesto al de la España de la Restauración, a la vieja política de la que hablaba Ortega.
Apuesta de salida por la calidad literaria y por el alto nivel de sus colaboradores. Y, de más está decirlo, Ortega fue la principal figura de aquel diario. Escribía no sólo artículos firmados, sino también editoriales. Y este diario en el que Ortega adelantaría en artículos sucesivos algunos de sus libros más importantes, como «La rebelión de las masas», fue también el vivero de una importante editorial, Calpe. Dentro de ella, destacaría la Colección Universal, que fue dirigida por Manuel García Morente, amigo de Ortega, filósofo y traductor de Kant. Y esta colección fue por su parte el vivero de la Colección Austral de Espasa-Calpe, cuya importancia en la historia de la cultura española es, como se sabe, extraordinaria. Sería en mayo de 1922 cuando la editorial Calpe se fusionó con Espasa. Y de esa fusión vino la Editorial Espasa-Calpe. Medite el lector por un momento, suponiendo que no lo hubiera hecho ya, acerca de la importancia de Ortega como creador de empresas culturales, en lo mucho que este país le debe también en esa vertiente de gran trascendencia y relevancia.
Antes de concluir este capítulo dejemos constancia de que en 1917 Ortega persuadió a José Ruiz-Castillo, editor de Biblioteca Nueva, para que se tradujeran al castellano las obras de Freud. Y 5 años más tarde el propio Ortega escribió el «Prólogo» a la «Psicopatología de la vida cotidiana», quizá una de las obras más leídas del padre de las teorías psicoanalíticas.
Ortega sigue colaborando en «El Sol» y su meditación sobre España le llevará a escribir una de sus obras cumbres. Como diría Blas de Otero: «trata de España». El libro al que aludimos es «España invertebrada». Como otros títulos de nuestro pensador, apareció publicado primero en una serie de artículos en el diario «El Sol».
Una elegía a Unamuno. Se muere una figura intelectual de primer orden, con quien había mantenido agrias polémicas, pero al que también admiraba profundamente, al finalizar 1937. Se trata de Miguel de Unamuno. El texto que Ortega escribe, más que una necrológica, viene a ser una elegía, si bien escrita en prosa, nada prosaica ciertamente. En efecto, el artículo «En la muerte de Unamuno», publicado en el diario «La Nación» el 4 de enero de 1937, puede considerarse como una elegía a Unamuno.
Señala en primer lugar: «Estoy seguro de que ha muerto de "mal de España"» [1].
En esta elegía a Unamuno, Ortega define la muerte de forma antológica:
«Ha inscrito su muerte individual en la muerte innumerable que es hoy la vida española... Se ha puesto al frente de 200.000 españoles y ha emigrado con ellos más allá de todo horizonte» [2].
La muerte como un tránsito que está más allá de cualquier horizonte conocido. No es fácil definirla mejor.
Al final de este texto elegíaco, habrá una profecía tan cierta como estremecedora:
«La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio». En efecto, Unamuno, como advirtió Juan Marichal, es, en lo cronológico, quizá el primer gran intelectual europeo. Su voz, independiente siempre, clarividente con frecuencia, sonó y resonó en España durante la práctica totalidad de su trayectoria docente y literaria. Se fue de la vida pública advirtiendo a los que se intuía ganadores que «vencer no es convencer». Fue un luchador en solitario. En lo literario, más que nada, un poeta. En lo público, un guerrillero de sus ideas, un intelectual insobornable.
El Instituto de Humanidades. Cuando se funda, por parte de Ortega y Marías, el Instituto de Humanidades y Ortega pronuncia la sesión inaugural, la prensa es demoledora contra el filósofo. Según el diario «Informaciones» el público estaba formado por «marquesas, toreros y otros intelectuales». Y se añadía: «El mayor milagro de don José ha sido poner de moda la filosofía y hacer que las marquesas hablen de la nueva interpretación de la historia a la hora del té, y que los toreros lean a Dilthey».
En el año 1955, en verano, Ortega sintió molestias a causa de unas dolencias. En septiembre, cuando le operan, le encuentran un cáncer en el estómago. Su empeoramiento es noticia en Madrid y el Ministerio envía el día 15 de octubre la siguiente circular a la prensa: «A la vista de la posible muerte de don José Ortega y Gasset, y suponiendo la contingencia de este evento, la prensa publicará sobre este acontecimiento un máximo de dos columnas, y, se desea, un panegírico en el que se eludirán menciones a sus errores políticos y religiosos y, en cualquier caso, se eliminará siempre el término "maestro"» [3]. Ortega muere el 18 de octubre de 1955 a las 11.20 de la mañana. El entonces titular de Educación, Ruiz-Jiménez, convocó en nombre de la Universidad de Madrid una misa por el alma de Ortega. Sus hijos no asistieron y enviaron la siguiente nota:
«Nuestro angustioso cuidado, una vez descartada la posibilidad de restablecer su salud, se centró en respetar su conciencia, que, ya obnubilada, no nos podía decir nada correcto. Que nuestro padre puso toda su vida... el más pulcro cuidado, dentro del máximo respeto, de que todos sus actos, aún los que pudieran parecer más nimios, mostrasen su voluntad de vivir acatólicamente, es cosa que no quepa a nadie la menor duda. Y de que, aun horas antes de su operación, seguía en el mismo sentimiento y en semejante actitud no nos cabe duda tampoco a nosotros por cosas que nos dijo en esos momentos. Después de la operación sólo Dios lo sabe. Atendimos el deseo ferviente de nuestra madre... la absolución sub conditione» [4].
El funeral tuvo una asistencia masiva. Muchos alumnos madrileños se concentraron en la antigua Facultad de Filosofía y Letras. Llevaron una corona de flores que tenía impresas las siguientes palabras: «Ortega y Gasset, filósofo liberal de la juventud española».
[1] Ortega y Gasset: «Ensayos sobre la generación del 98», Op cit., página 56. [2] Ibídem nota anterior, páginas 56 y 57. [3] Esta circular viene reproducida en los libros de Morón y de Rockwell Gray. [4] Soledad Ortega: «José Ortega y Gasset: Imágenes de una vida», MEC/ Fundación Ortega y Gasset, Madrid, 1983, páginas 58 y 59 |